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Opio y democracia

Román Delgado

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Muchas veces me dejo llevar y obtengo como castigo el hecho de sentirme incapaz de escapar de esta habitual, anodina y cansina partida de ping-pong, de este juego maligno que es el diálogo de besugos que se activa desde primera hora de la mañana, llueva, truene o escampe, y se prolonga hasta la mismísima madrugada servido como intercambio encadenado de mensajes falsos, tramposos, impuestos y a veces hasta repugnantes.

Esta fórmula hoy tan extendida de lo que representa la democracia en el escalafón de los representantes de los ciudadanos me aburre, me agota y hasta me llega a envenenar del todo, pues resulta, y esto claro que queda pendiente de comprobación empírica, que es el método más eficaz de aparentar que se hace algo, que se sabe algo, que se aporta algo, que se avanza en algo..., y luego total que pamplinas (que nada de nada, que no salimos de esta mierda ni con misiles en la espalda).

El panorama de la política en España es oscuro, triste, malévolo y cabrón, y poco contribuye a algo tan subrayado en la filosofía e ideología, al menos en la teoría, de los verdaderos comunistas: la dialéctica. La escena política en esta España caótica, desvergonzada y deprimida se desarrolla levantado el telón, pero luego hay que tener en cuenta que solo unos momentos antes del inicio de la función, en la línea de transición hacia el patio de butacas, se alza un cristal acorazado, doble o triple y de gran grosor, que funciona como trinchera: deja ver, y bien nítido, aunque lo que hay detrás, en esa especie de urna, se convierte en algo intocable y lejano, con lo que se coarta cualquier comunicación, intercambio y, por lo tanto, crítica con idéntico armamento amplificador, ventajas y soportes con el que la otra parte (la conservada en la urna o la que engaña) elude responsabilidades y pastelea, día sí y día también, algo a lo que tanto ya nos tienen acostumbrados.

Por mucho que le doy vueltas, no hallo la manera de zafarme de ese remolino que conduce a los fondos abisales, que son sinónimo de mierda. Estos días, y así jornada tras jornada, lo volví a comprobar: en la radio, en los parlamentos, en las televisiones... No hay manera de finiquitar esta calamidad, que ya está extendida cual metástasis, que ya tiene totalmente contaminada a esta seudodemocracia y que además nos deja mudos, sordos y parados: sin reacción alguna.

A ver si al final resulta que esta farsa de democracia es hoy el verdadero opio del pueblo.

Artículo incluido en el libro de cuentos y otros textos llamado Policromía.

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