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Tribulaciones de una opositora

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Y nuevamente se convocan oposiciones por parte de la Consejería de Educación. Debería estar dando brincos pero esta vez no es así.  Últimamente, más resignada que ilusionada, me entero de que sacan un aluvión de plazas con la idea, digo yo que será, de acabar con la interinidad de los docentes. Y es verdad que jamás he visto en lo que llevo en esta profesión sacar tal cantidad de plazas y verme a mí misma con menos ilusión y capacidad. Recuerdo en una ocasión que solo había trece plazas y estaba pletórica, aun cuando se presentaban millares de personas a optar por ellas.

Sin que sirva como crítica me pregunto para qué sirve hacer oposiciones, aparte de para desilusionar al personal y empeorar su situación.

Para empezar, tienes un temario de más de setenta temas. Se pasan la vida amenazando que si cambian el temario que si no lo cambian. Yo me pregunto, si por casualidad lo cambiaran, si aparecería en el nuevo que Lorca no fue asesinado en Granada y siguió escribiendo hasta ganar un Nobel de Literatura, si apareciera por fin con nombre y apellidos el autor del Poema de Mio Cid, o si los verbos “ser”, “estar” y “parecer” dejarán de regir atributo. ¿En qué aspectos podrán cambiar los temarios como para que uno no pueda tirar de un temario cualquiera o incluso sin él hacerse con una idea amplia de la teoría, por ejemplo, de mi especialidad de Lengua Castellana y Literatura? ¿No será un mero trámite de cambio de editoriales, que ya unas han mamado bastante y ahora les toca a otras? Porque lo que son las leyes educativas, puedes bajártelas tranquilamente de las publicaciones oficiales que están en internet para el consumo abierto del público en general.

Pues estaba deseando que se hubieran olvidado de convocarlas. Pero no, esta vez es la vez, a juzgar por ese chaparrón de plazas que nos van a llover. En la última ocasión, hace poco más de un año, conseguí por primera vez aprobar la primera parte de la oposición.  Para mi sorpresa, compañeros de profesión que llevaban la vida entera dando clases y más en contacto con la profesión que yo, que apenas habían estudiado durante un par de semanas, se quedaron con un cero raso, mientras yo me colocaba en los dieciocho aspirantes de mi tribunal que pasaban a la segunda parte. La expresión “situación de aprendizaje” no me sonaba porque es un concepto bastante novedoso y, sin embargo, superé con mi planteamiento a mucha gente que en teoría debería poner en práctica a diario estos conceptos.

La segunda parte había que prepararla en un tiempo meteórico, pero es que tampoco sabía muy bien en ese entonces lo que era una programación y los vericuetos que tiene, cuando menos defenderla con fundamento cuando acababa de ocurrirme un percance personal y encima no tenía dinero ni para comprar unas gafas, que de haberlas tenido hubiera vigilado con más rigor los números de gran tamaño en la tablet de uno de los miembros del tribunal ( miembra en este caso) que me alertaban de que se acababa el tiempo de exposición.

Pero aun así, con esa expectativa esperaba colocarme en un buen puesto de las listas de sustituciones y tener trabajo pronto como compensación a ese pequeño esfuerzo antes nunca logrado y muchas veces acariciado. Pues no, tras hacer baremos con los cursos y los años trabajados en el sector, perdí ochenta puestos. Ya en las anteriores oposiciones había perdido casi doscientos. Las personas que se quedaron en los primeros puestos ni siquiera habían aprobado en muchos casos, algunas incluso tenían un cero.

¿Cuál es entonces el aliciente para estudiar tanto para una profesión en la que eres el culpable de todo lo que suceda, donde no te apoyan ni los de arriba ni los de los lados y los de abajo te machacan, donde te mandan al quinto pino a hacer una sustitución que en el mejor de los casos no es de año completo y, si lo es, te van ampliando el contrato a cuentagotas para que ni te hagas ilusiones; donde, si apruebas, tienes peor posición que aquel que no ha sacado ni una décima, donde a veces apruebas y te quedas sin plaza? ¿Para qué sirve estudiar tanto si en tu vida vas a poder poner en práctica tantos conocimientos que a los alumnos ni les interesan y tantas técnicas docentes que ni por asomo son aplicables en un aula real?

Y si a eso añadimos que hace diez años, aparte de más joven, más ilusionada y con más capacidad de estudio, cobraba más, trabajaba más cerca de mi casa, el alumnado era encantador y menos numerosos por aula y me sobraban horas para hacer vida de persona normal…, dígame alguien cuál es el incentivo. Y no me contesten que ganar una plaza fija, que te la puedan dar en otra isla más allá y que tienes que acumular puntos de por vida para optar a que te den un destino cerca de tu casa, para que encima este sea en un centro donde los alumnos amenazan a los profes con darles un navajazo.  Es que ya una tiene una edad…

Creo que mejor sería vender kleenex en un semáforo. Y, sin embargo… voy a mirar si hay por ahí algún cursito de veinte horas para hacer online estos días mientras espero entre una y otra sesión de evaluación.

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