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‘Turdus merula’

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Todas las tardes viene a visitarme. Se acerca al jardín con su vuelo ligero y atolondrado hasta posarse en el seto de mi terraza. Su vigor puede hacer pensar que se trata de un jovenzuelo, pero este mirlo ya alcanza más años de los que deberían haberle permitido sus experiencias. Pasea su negro azabache con elegancia, sin permitir que nadie se acerque donde está, siempre pendiente de cualquier amenaza. Se le oye cantar como si fuera la última vez que lo hiciera.

Turdus Merula

Turdus Merula

Con el paso de los días hemos ido ganando confianza. Al principio lo veía por el patio danzando de rama en rama en busca de alimento. No era el único que merodeaba por la zona. Había más, pero con el tiempo aprendí a diferenciarlo de sus congéneres. Tenía algo especial, no sabría decir qué exactamente, pero había algo embriagador en su manera de moverse, en el timbre de su canto. Cuanto más se ha ido acercando a mí, más he podido notar su mirada penetrante, oscura pero amable.

Ahora vuela hasta mí. Justo cuando los rayos de sol de la tarde alcanzan las plantas de mi pequeño mirador, él se acerca dejándose ver lo suficientemente cerca como para poder comunicarnos. Sostenemos largas charlas sobre poesía, arte, música y hasta política.

Aunque no siempre surge la conversación. A veces una sola mirada nos basta para saciar nuestras ansias de reposo. Por unos instantes rompemos la barrera entre especies, él ave, yo humano, y saltamos al abismo de lo que pueda no tener sentido o parecer una locura, pero que no es otra cosa que viajar al mundo de los sueños, de lo imaginario.

A un lado dejo la pesada pantalla del ordenador, el azote incesante del teléfono móvil, la carga social y todas las pesadumbres

Este es el mejor momento del día. A un lado dejo la pesada pantalla del ordenador, el azote incesante del teléfono móvil, la carga social y todas las pesadumbres. Cuando traspaso el umbral de la puerta que da a mi terraza, consigo conectar conmigo mismo y con lo que soy.

Me siento en mi rincón y degusto la brisa de la tarde, sin prisas y con la pausa del que abandona todo lo que tiene a sus espaldas. Es entonces cuando por unos minutos el desasosiego desaparece y mi respiración fluye. Es entonces cuando surgen melodías, ideas y palabras. Es entonces cuando mi amigo alado y yo soñamos mundos posibles.

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