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Ramo de flores, en el lugar del atentado con camión en Berlín

Ramo de flores, en el lugar del atentado con camión en Berlín

El otro día, al llegar de trabajar después de 15 horas fuera (soy profesora, me lleva dos horas y media llegar al trabajo por las colas de la TF-5, y hemos estado en evaluaciones. La última sesión empezaba a las 19.45. Por si habían pensado otra cosa, los profes no siempre estamos de vacaciones), como no puedo pasar desconectada del mundo, miré un ratito por las redes sociales y por ahí me enteré de que un camión se había estrellado contra un mercado navideño en algún lugar de Alemania, dejando a su paso un reguero de cadáveres y heridos de diversa consideración.

Debe ser por cansancio o costumbre que ya no me sorprenda de los errores del ser humano. En ese momento solo pensé qué estaría haciendo ese loco de conductor para salirse de la carretera. Al día siguiente, cuando supe que había sido un atentado, entonces sí me sorprendí… ¡Como para no hacerlo, vamos!

O sea, que tú puedes estar tranquilamente en un mercadillo comprando una baratija cualquiera para quedar bien en Navidad con tu suegra y de pronto puede venir un convoy y acabar con tu vida. O puedes estar en una enorme cola del cine de un centro comercial cualquiera esperando el estreno de la segunda parte de Cincuenta sombras de Grey y que venga un tarado con una bomba adosada a la cintura y te deje los sesos desparramados por las lustrosas baldosas de un centro comercial…

O una mañana de un día de septiembre cualquiera vas tú tan tranquilo a pagar un recibo del agua en un edificio de oficinas y un avión de pronto puede atravesarlo y venirse abajo con todos sus oficinistas y demás usuarios… O un día estás esperando ilusionado en una estación de tren para ir a ver a tu prima de Cuenca que acaba de tener un bebé y en un segundo explota una mochila y todo se vuelve rojo…

Nos están asesinando a toda velocidad. Van a acabar exterminándonos como sigan así, y me parece que esto solo acaba de comenzar: ya no vamos a poder ir a un concierto a escuchar a Maluma cantando lo de las “cuatro babies”

Dios, ¿qué está pasando? Y es que cuanta más gente junta se llevan por delante, mejor, más llamativa y divulgada en los medios es la masacre y más valiente se siente quien la reivindica. ¡Y aquel yihadista suicida, pobrecico mío, mira que irse al paraíso con las vísceras desparramadas, sin al menos ponerse un algodón con Betadine y unas vendas en las heriditas…!

¡Qué pena de humanidad! Por lo visto, se está imponiendo a gran velocidad el desprecio por la vida en cualquiera de sus manifestaciones: humana, animal, vegetal… Me pregunto si siempre fue así, con esa misma intensidad y ese ensañamiento porque, por supuesto, me consta que a lo largo de la historia siempre ha habido guerras por diferentes motivos, pero da la sensación de que en vez de evolucionar, con todo lo que tenemos a nuestro alcance para ello, lo que estamos haciendo es volviéndonos cada vez más brutos. Nos estamos matando unos a otros como perros. Nos están asesinando a toda velocidad. Van a acabar exterminándonos como sigan así y me parece que esto solo acaba de comenzar: ya no vamos a poder ir a un concierto a escuchar a Maluma cantando lo de las “cuatro babies”, porque puede que a ellos también les enfade ese adefesio de canción. Ni tampoco a la primera comunión de un sobrinito porque obviamente no es cosa que tenga que ver con su religión. Acaba uno dudando si quedarse en casa en lugar de salir a hacer algunas compras navideñas y llevar a los peques a una cabalgata…

Pero ¿y si ahora me encuentran escribiendo y no les gusta lo que escribo?

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