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Hay que acabar con el abuso en internet, pero quién decide dónde está el límite

Mientras que los periódicos de derechas son los que piden una mejora del control de la red, la historia muestra que los peores ataques online los recibe la izquierda

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La Fiscalía británica pedirá sanciones más duras en delitos de odio en internet

Las minorías son las que suelen recibir más mensajes con amenzas en Internet EFE

Pocos negarían la importancia de abordar la incitación al odio en Internet o los contenidos de abusos infantiles. Después de todo, internet se ha convertido en un arma clave para aquellos que quieren expandir e incitar al odio y a la violencia contra las minorías. También lo es para aquellos que representan una amenaza horripilante para los niños.

Sin embargo, es complicado no sentir desasosiego al leer a los tres periódicos de derechas – the Sun, the Daily Mail y the Times– cuando se dedican a alertar sobre los peligros de las redes sociales.

Este es el dramático titular que publicó el Daily Mail: 'FACEBOOK HACE AÑICOS LA SOCIEDAD'. Y esto viene del periódico que a diario incita al odio contra minorías y denuncia a aquellos que considera opositores llamándoles " enemigos del pueblo", "saboteadores" y "colaboradores". Sin embargo, existe otro temor. ¿Hasta dónde llegará el crescendo de la regulación en internet?

Tal y como publica the Times, el órgano de control ético independiente del gobierno recomienda multar o enjuiciar a las compañías de redes sociales si fracasan a la hora de eliminar contenidos racistas, de abusos infantiles o "extremistas".

La política del doble rasero de Facebook a la hora de eliminar ciertos contenidos no ha pasado desapercibida. La empresa, por ejemplo, borró la famosa imagen de la Guerra de Vietnam en la que una niña corre quemada por el napalm, mientras permite todo tipo de publicaciones misóginas, antisemitas y racistas. Está claro que hay que tomar algún tipo de acción. Pero ¿dónde está la línea divisoria?

Merece la pena señalar precedentes del pasado. Tras la  batalla de Cable Street –cuando los antifascistas se enfrentaron al cuerpo fascista paramilitar de Oswald Mosley, apodado como camisas negras, bajo el lema "No pasarán"– los tories aprobaron la Ley de Orden Público. Introducía, por ejemplo, la necesidad de obtener el permiso policial antes de las manifestaciones y prohibía el uso en público de "uniformes políticos". Y, aun así, esta legislación acabó utilizándose contra la izquierda, también durante la  huelga de mineros que se celebró 50 años después.

Del mismo modo, hemos visto cómo se ha aprobado una legislación antiterrorista de gran alcance pese a la oposición de críticos preocupados por las libertades civiles y que han sido tachados de progresistas hippies, sentimentalistas y amigos de los terroristas. Y, aun así, esta legislación se ha utilizado en repetidas ocasiones contra activistas pacíficos, mi hermana melliza entre ellos.

Otro ejemplo: cuando un escándalo de lobby golpeó a los tories en 2013, David Cameron propuso la llamada Ley de Lobby. Se acabó conociendo como Ley Mordaza: en lugar de ir a por las personas y empresas ricas sobre las que dependen los conservadores, la ley fue a por las organizaciones no gubernamentales y sindicatos.

Todas esas campañas de represión se vendieron como si fuesen intenciones loables, pero observen lo que ha pasado en la práctica. Ya tenemos al periodista Toby Young –una imitación cutre de Katie Hopkins, aunque muy presente en la televisión– que comparó de forma deplorable el movimiento socialista y democrático Momentum con los matones ultraderechistas de Britain First, cuyos líderes tienen condenas por sus delitos. Una prensa que a menudo agita el odio y el fanatismo ha descrito en repetidas ocasiones a la izquierda como la autora de los abusos en la red, ignorando la cloaca del odio derechista. No hace falta tener una bola de cristal para saber cómo puede acabar todo esto.

Sí, necesitamos acciones para abordar el odio y el abuso en la red, pero asegurémonos de que hay garantías claras o, de lo contrario, se repetirá la historia y los oponentes pacíficos a un statu quo injusto sufrirán las consecuencias.

Traducido por Javier Biosca y Cristina Armunia

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