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INTERNACIONAL

La caída de Dilma Rousseff repercutirá también fuera de Brasil

El mundo necesita de Brasil geográfica y políticamente, pero su reputación y su capacidad de diplomacia progresista se resienten con cada paso hacia el impeachment, cada citación judicial a cargos políticos y con el rumor cada vez más extendido de elecciones anticipadas. ¿Los diputados y senadores recordarán que Brasil no es una isla, sino parte de Latinoamérica?

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Una de las multitudinarias manifestaciones que se han sucedido en Brasil en el último año. EFE

Vale la pena detenerse un momento y despegarse del proceso de destitución con inminente cambio de régimen en Brasil, para preguntarse: "¿En qué medida todo esto cambia el lugar de Brasil en el mundo?". Tristemente célebre es la caracterización de Brasil adjudicada a Charles de Gaulle: un país poco serio de samba, carnavales y mujeriegos. 

Hasta la década de 1980, cuando concluyó la dictadura militar, y la década de 1990, cuando Fernando Henrique Cardoso solucionó el problema de la moneda y terminó con la inflación, Brasil no tenía las condiciones necesarias para convertirse en una potencia mundial. Si hoy ya no es así se debe en gran parte a los Gobiernos de los presidentes del Partido de los Trabajadores (PT) Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y a la acosada Dilma Rousseff (2011 en adelante). El principal promotor del cambio fue el gobierno de Lula, que llegó a la presidencia tras perder tres elecciones y abandonar un socialismo más manifiesto. Lula viajó incansablemente, en especial por África, para construir alianzas de Estados en desarrollo y una distintiva línea independiente. Eran relaciones de Sur a Sur, marcadas por un fuerte rechazo a la ideología imperialista de los EEUU. 

La política dio sus frutos. Brasil fue reconocido como uno de los miembros importantes del G20 y varios de sus ciudadanos tuvieron la oportunidad de ocupar cargos internacionales: en 2012, José Graziano da Silva se convirtió en secretario general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO); en 2013, la Organización Mundial del Comercio (OMC) nombró a Roberto Azevedo como su director general. 

Por la publicidad en torno al escándalo de Petrobras y por la forma en que la derecha sacó adelante el proceso de destitución, un cínico podría decir que un grupo de delincuentes conspiró para echar a otro.

En Shanghái se estableció el Nuevo Banco de Desarrollo para el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con la idea de desafiar el dominio del Banco Mundial en temas de desarrollo internacional. Haberse asegurado tanto la Copa del Mundo como los Juegos Olímpicos con una diferencia de dos años fue una recompensa a la habilidad de Lula para movilizar organizaciones deportivas, a la sociedad civil y a los medios de comunicación. El hecho de que algunos de los estadios deportivos se hayan convertido en 'elefantes blancos' ha atormentado a su sucesora.

En Latinoamérica, los Gobiernos del PT trabajaron para unir a los grupos de la región, los que conforman el Cono Sur y los Estados andinos. Durante una reunión de 2008 en Brasilia se acordó crear la Unión de las Naciones Suramericanas (Unasur), una adaptación libre de la Unión Europea (UE). Con sede en Quito, el organismo tendría 12 consejos ministeriales, una asamblea parlamentaria y su propio banco. Como la UE, la Unasur también ha sufrido los dolores del crecimiento. 

Desde el exterior, se percibía una marea roja fluyendo por toda Sudamérica: el fallecido Hugo Chávez en Venezuela; Evo Morales en Bolivia; los Kirchner en Argentina; Rafael Correa en Ecuador; y por supuesto, Lula en Brasil. Pero aunque todos compartían el compromiso por la soberanía nacional, sus políticas distaban mucho de ser similares y había fricciones entre los mandatarios, como cuando Morales nacionalizó el petróleo y el gas natural poniendo en riesgo el abastecimiento de Brasil. Lula tenía relaciones estrechas con Chávez. Dilma, pese a apoyar al sucesor, Nicolás Maduro, nunca tuvo el mismo tipo de relación.

¿Qué pasará ahora? La economía brasileña está en declive, amenazando con destruir el logro obtenido por el PT de conseguir que los sectores pobres se convirtiesen en una "nueva clase media". Por la publicidad en torno al escándalo de Petrobras y por la forma en que la derecha sacó adelante el proceso de destitución, un cínico podría decir que un grupo de delincuentes conspiró para echar a otro. 

Mientras tanto, la reputación internacional y la capacidad de Brasil para desarrollar una diplomacia progresista se han visto dañadas. No parece evidente que el país vaya a ganarse el respeto con una limpieza interna, a menos que se deshagan de los políticos corruptos en todos los bandos. Si bien es cierto que en todos los lugares con presidentes inadecuados es difícil librarse de ellos antes del fin de su mandato, el esfuerzo en Brasilia parece dirigido contra un solo partido.

Pero el mundo necesita de Brasil. Durante años se ha admirado la aptitud de sus diplomáticos, concentrados en el hermoso edificio Niemeyer en Brasilia frente al que ahora se unen los manifestantes contra Rousseff. Geográfica y políticamente, Brasil es el soporte en el que se apoyan sus vecinos, predominantemente de habla hispana. Hay problemas que Brasil puede ayudar a resolver. 

Por ejemplo, en 2015, Venezuela reivindicó, sin previo aviso, su derecho a anexar casi la totalidad de las aguas marítimas cercanas a Guyana, poniendo en peligro las zonas económicas exclusivas de otros ocho países, entre los que figuraba Colombia. Aunque luego dio marcha atrás con Colombia, Venezuela ordenó a su Armada que detuviera a las embarcaciones que salieran de Guyana, entre ellas, un buque de exploración petrolera perteneciente a la empresa Exxon-Mobil que buscaba petróleo y gas natural en aguas reconocidas como guayanesas. Venezuela reactivaba así la reclamación de dos tercios del territorio de Guyana. Unas tierras que ni Venezuela ni el Imperio español que estuvo antes habían ocupado jamás. 

El vicepresidente de Guyana, Carl Greenidge, lo definió como un claro caso de intimidación. La frontera original entre Guyana y Venezuela se sometió a un arbitraje a comienzos del siglo XX, siendo Brasil el país garante de la línea resultante. Lo último que quiere Brasil es el regreso de disputas fronterizas en su periferia, alimentadas por la ambición por el petróleo y los minerales. Una política exterior activa puede ayudar a calmar estas diferencias.

En el estado de inmovilidad en el que se encuentra hoy Brasilia, ¿los diputados y senadores centrados en sí mismos recordarán que Brasil no es una isla, sino parte de Latinoamérica? No hay duda de que, en particular gracias a la energía y habilidad de Lula, los brasileños son ahora considerados ciudadanos del mundo. Las consecuencias de lo que ocurre en Brasilia también tendrán impacto en el mundo.

Traducción de Francisco de Zárate

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