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OPINIÓN

En este mundo peligroso, el periodismo debe defenderse

Nos enfrentamos a una crisis existencial, a una amenaza a la mismísima importancia y utilidad de nuestra profesión. La honestidad y veracidad pueden ganar si nos mantenemos juntos para defenderlas

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Las rotativas cada vez imprimen menos periódicos por el auge del periodismo digital.

A continuación, el contenido de un discurso pronunciado en el Comité para la Protección de Periodistas el 22 de noviembre de 2016 en Nueva York:

Nunca, ni en un millón de años se me hubiese pasado por la cabeza la idea de que un día estaría aquí, en este escenario, pidiendo la libertad y la seguridad de los periodistas en Estados Unidos.

Damas y caballeros, sobre las palabras del candidato Trump, esperaba que una vez que se convirtiera en presidente electo, todo cambiaría. Todavía lo espero. Pero me quedé helada cuando su primer tuit tras la elección era sobre “manifestantes profesionales instigados por los medios de comunicación”. Se retractó sobre lo que dijo acerca de los manifestantes, pero no sobre lo que dijo sobre los medios.

Todavía no estamos a ese nivel. Pero fíjense en el resto del mundo: así es cómo funciona con presidentes autoritarios como Sisi, Erdoğan, Putin, los ayatolas y Duterte, entre otros.

Como bien saben todos los periodistas internacionales a los que honramos esta noche y todos los años en este salón: primero se acusa a los periodistas de incitar, luego de simpatizar y después de ser cómplices. Hasta que, repentinamente los acusan por terrorismo y subversión, con todas las letras. Luego vienen las esposas, las celdas, los juicios injustos, la prisión y, después, ¿quién sabe?

Solo por poner un ejemplo: Erdoğan le acaba de decir a mi colega israelí Ilana Dayan que no entiende  por qué hay gente protestando en EEUU y le dijo que debe ser porque no aceptan (o no entienden) ¡la democracia! Y encima piensa que EEUU, como todos los grandes países, necesita un hombre de hierro para hacer que funcionen las cosas.

Para que EEUU sea un gran país, se necesita un periodismo excelente, libre y seguro. Esto es, sobre todo, un pedido para proteger el periodismo. Comprometámonos una vez más a cubrir las cuestiones clave con bases sólidas sustentadas en los hechos, sin temor y sin favorecer a nadie. No toleren que los llamen deshonestos, mentirosos o fracasados. Resistamos juntos porque sólo resistiremos si nos mantenemos unidos.

El historiador Simon Schama, presente aquí esta noche, me dijo hace tiempo que esta no sería una elección más y que no debíamos tratarla como tal. Schama cree que si hay un momento para homenajear, honrar, proteger y movilizarse por la libertad de expresión y el buen periodismo, es este. Es ahora.

A comienzos de esta campaña, el presidente de una cadena de noticias dijo que el fenómeno Trump podría no ser lo mejor para EEUU, pero que sería bueno para nosotros, los periodistas.

Este verano, durante una entrevista en mi programa, el historiador y director de cine Ken Burns me preguntó: “¿Qué hubiera hecho Edward R. Murrow?”. En primer lugar, como mucha de la gente que observaba desde donde yo estaba, desde el extranjero, admito que me sorprendió el listón tan alto que le pusieron a un candidato y el listón tan bajo que le pusieron al otro. Al parecer, gran parte de los medios se hicieron un lío tratando de distinguir entre imparcialidad, objetividad, neutralidad y, lo más importante, la verdad.

No podemos repetir el paradigma que usamos con el problema del calentamiento global y darle al 99,9% de la evidencia científica y empírica el mismo valor que a una pequeña minoría de negacionistas.

Creo en decir la verdad y no en ser neutral

Hace mucho aprendí, mientras trabajaba como periodista en la limpieza étnica y el genocidio de Bosnia, a no equiparar nunca a la víctima con el agresor, a no crear nunca una falsa moral o una equivalencia de hechos. Hacerlo es convertirse en cómplice de los crímenes más atroces y de sus consecuencias.

Creo en decir la verdad y no en ser neutral. Y creo que debemos dejar de trivializar la verdad. Y tenemos que estar preparados para luchar muy duro por la verdad en un mundo donde el Diccionario Oxford acaba de anunciar la palabra 'posverdad'  (post-truth) como el vocablo del año 2016.

Tenemos que aceptar que las mismas redes sociales a las que tan servilmente nos hemos consagrado nos han dado una buena lección.

El candidato ganador hizo una maniobra muy ingeniosa con nosotros y la utilizó para conectar directamente con la gente. Esto se combinó con el acontecimiento más increíble de todos: el tsunami de portales de noticias falsas (es decir, mentiras) que aparentemente la gente no podía o no quería reconocer, verificar o desestimar.

Uno de los principales escritores de esos artículos falsos (esas mentiras) dice que la gente se está volviendo cada vez más tonta al distribuir información falsa sin antes verificarla. Debemos preguntarnos si la tecnología ya ha sobrepasado nuestra capacidad para seguirle el paso. Facebook tiene que hacerse cargo. Los anunciantes tienen que boicotear los sitios que divulgan mentiras.

Wael Ghonim, uno de los padres de la Primavera Árabe, también llamada la revolución de las redes sociales, dice: “El mismo medio que con tanta eficacia transmite un clamoroso mensaje de cambio también parece socavar la capacidad de hacer dicho cambio. Las redes sociales amplifican la tendencia de las personas a vincularse con los de su propia clase. Suelen simplificar los problemas sociales más complejos y presentarlos como lemas movilizadores que se repiten insistentemente por las personas que piensan de la misma manera, en lugar de tratar de persuadir, dialogar y lograr un consenso. La incitación al odio y las mentiras aparecen junto a las buenas intenciones y las verdades”.

Siento que estamos ante una crisis existencial, una amenaza a la mismísima importancia y utilidad de nuestra profesión.

Ahora, más que nunca, debemos comprometernos a dar información verdadera para todo un país real, y para un mundo real en el que el periodismo y la democracia corren peligro de muerte. Entre estos peligros se encuentran naciones extranjeras como Rusia, que paga por producir y publicar noticias falsas en grandes cantidades. Además,  hackea sistemas democráticos y también lo hará, según se dice, en las próximas y tan importantes elecciones de Alemania y Francia.

Les contaré una anécdota muy corta: en las elecciones iraníes de 1997 ganó el candidato reformista y pilló totalmente por sorpresa a los ayatolás, la élite dominante. Uno de esos ayatolás me preguntó luego por qué estaba tan segura de que Khatami iba a ganar y desde cuándo lo sabía. ¡Le dije que fue en cuanto aterricé y empecé a hablar con la gente!

Tenemos que luchar contra el mundo de los “posvalores”. Y permítanme responderle a este contragolpe elitista al que tanto nos está costando acostumbrarnos. ¿Desde cuándo los valores estadounidenses son valores elitistas? Los valores no son de izquierda o de derecha, ni de ricos ni de pobres ni de los olvidados.

Como tantos otros extranjeros, he aprendido que los valores son universales. Son los valores de todos los estadounidenses, desde el más humilde hasta el más rico. Los valores forman los pilares fundamentales de este país y son la base del liderazgo global de EEUU. Son el símbolo de EEUU. Son el mayor producto de exportación de este país y su regalo al mundo.

Contra la normalización de lo inaceptable

Por eso, sí, como mucha gente en todo el mundo, me sorprendí. Muy pocos se imaginaron que tantos estadounidenses ejerciendo su deber sagrado, en la santidad de la cabina de votación, mediante el voto secreto, estarían tan enojados como para ignorar todo ese lenguaje vulgar, ese comportamiento de depredador sexual, la marcada misoginia y las opiniones ofensivas y llenas de prejuicios.

El gobernador Mario Cuomo dijo que se hace campaña con poesía y se gobierna con prosa. Tal vez, esta vez haya sucedido lo contrario.

Si eso no sucede, voy a pelear desde mi lugar de periodista (como todos deberíamos hacerlo) para defender y proteger el único sistema de valores que da forma a estos Estados Unidos y con el que busca influir en el mundo.

El presentador de radio de derechas que puede convertirse en el próximo secretario de prensa de la Casa Blanca dice que los principales medios de comunicación son enemigos de los valores tradicionales.

Yo diría que es todo lo contrario. Además, ¿leyeron sobre la reunión donde se dijo “Heil, victoria” el fin de semana pasado en Washington DC?

¿Por qué no hay más noticias sobre el peligroso ascenso de la extrema derecha aquí y en Europa? ¿Desde cuándo el antisemitismo dejó de ser la prueba de fuego en este país? Debemos luchar contra la normalización de lo inaceptable.

Una semana antes del discutido referéndum del Brexit en el Reino Unido, Jo Cox, una compasiva, idealista, optimista, hermosa y joven miembro del parlamento, una de las que estaba a favor de permanecer en Europa, fue asesinada. Un loco le disparó y la apuñaló mientras gritaba “El Reino Unido primero”. Cox era particularmente sensible a la difícil situación de los refugiados de guerra sirios. En el juicio, se le dijo al tribunal que el acusado había buscado información sobre las SS y sobre el Ku Klux Klan.

Solo hace unas pocas semanas, Brendan, su esposo, que ahora cría a sus dos hijos pequeños, me ilustró con un artículo de opinión: “Los líderes políticos y la gente en general deben aceptar la responsabilidad de denunciar la intolerancia. A menos que el centro se mantenga firme frente al extremismo arrastrado y traicionero, la historia nos muestra lo rápido que se normaliza el odio. Lo que empieza como un morderse la lengua por conveniencia política o delicadeza social, pronto se convierte en complicidad con algo mucho peor. Antes de que uno se dé cuenta, ya es demasiado tarde”.

¡Ahora las soluciones!

De alguna manera, la guerra de desgaste de este país debe terminar. Todos hemos visto los resultados de estas elecciones. Sucedió hace muy poco. El país está muy dividido y enojado.

¿Vamos nosotros, los medios de comunicación, a seguir alimentando esa guerra? ¿O vamos a respirar hondo para, tal vez, volver a empezar? También nos importa a nosotros, los que estamos en el extranjero. Para bien o para mal, esta es la única superpotencia del mundo. También culturalmente.

El ejemplo que dan la política y los medios de comunicación aquí es copiado rápidamente y dado a conocer en todo el mundo. Nosotros, los medios de comunicación, podemos contribuir a un sistema más funcional o a intensificar la disfunción política. ¿Qué mundo queremos dejarle a nuestros hijos?

De la misma manera, la política ha sido llevada a los rincones tóxicos partidistas y paralizantes, donde las diferencias políticas son penalizadas, donde el juego de suma cero implica que, para ganar, uno tiene que destruir al otro. ¿Qué pasó con el compromiso y los intereses comunes?

La misma dinámica ha infectado a segmentos poderosos de los medios de comunicación estadounidenses.

Ya ocurrió en Egipto, Turquía y Rusia, donde los periodistas han sido arrastrados al partidismo. Deslegitimados, acusados de ser enemigos del Estado. El periodismo se ha convertido en un arma. Tenemos que detener eso.

Todos tenemos un enorme trabajo que hacer: investigar delitos, hacer responsable al poder, hacer posible un gobierno honesto, defender los derechos básicos y cubrir de verdad las noticias de todo el mundo: Rusia, Siria y las bombas nucleares de Corea del Norte.

¿No podemos tener diferencias sin matarnos unos a otros? Como profesión, luchemos por lo que es correcto. Luchemos por nuestros valores. Cuando la gente buena no hace nada, pasan cosas malas.

Como dijo el gran líder de los derechos civiles, el congresista John Lewis, “la gente joven y la no tan joven también tiene la obligación moral, la misión y la autoridad para meterse bien en problemas”. Así que salgamos y hagámonos oír.

Y, especialmente, luchemos por seguir siendo útiles e importantes. Tal vez, como reflexión de este fin de semana largo, ¡tomemos la decisión de no ser pavos que votan por el Día de Acción de Gracias!

Felices fiestas a todos.

Traducido por Francisco de Zárate

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