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Abu Bakr al Bagdadi, el satán del ISIS que el mundo decente necesita para sentirse mejor

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Los yihadistas egipcios, en una encrucijada

Al Bagdadi, en su aparición como presunto califa en la Gran Mezquita de Mosul.

¡Qué huérfana sería nuestra vida occidental si no tuviéramos un malo a mano! Alguien terrible con el que asustar a los niños y a los adultos respondones. Que viene Sadam Hussein, o Muamar el Gadafi, o Vladímir Putin, o Podemos en bloque. El asunto es que la población esté acongojada y en posición de obediencia. Sadam interpretó el papel de malvado universal con gran éxito de público y crítica desde el final de la guerra del Golfo, en 1991, hasta marzo de 2003, cuando una invasión liderada por EEUU, y basada en mentiras como lo ha confirmado el informe de la CIA que Barack Obama acaba de desclasificar, le expulsó del poder y de la vida.

En Irak no había armas químicas, las que llamaban de destrucción masiva para que sonara rotundo. Bien que lo debían saber EEUU y Reino Unido que se las habían vendido durante la guerra del Chat el Arab, que le enfrentó a Irán entre 1980 y 1988 para que pusiera piedras en los zapatos políticos del imán Jomeini. Entonces, Sadam era un buen chico: acataba las sugerencias pese a que se le fuera la mano en una brutal represión interna y gaseara en marzo de 1988 la aldea kurda de Halabja, en la que murieron 5.000 personas. ¿Quién no tiene un desliz cuando su tarea ímproba es matar a todos los que se opongan? A un aliado útil no se le afean estas cosas.

Con el nuevo Irán en fase de moderación nuclear bajo el presidente Hasán Rouhaní a cambio de dinero (levantar sanciones) y ante la imposibilidad de mostrar como el malo de la película a amigos como Binyamín Netanyahu, se ha creado uno nuevo y misterioso, de quien apenas existen imágenes e informaciones fidedignas, y que sirve para jugar una nueva Guerra Fría en la que solo hay que reemplazar comunistas por islamistas y sirven las mismas fichas del Risk. El nuevo Belcebú global es el iraquí Abu Bakr al Bagdadi (Samarra, 1971), autoproclamado califa del Estado Islámico, eso que antes llamábamos Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, en sus siglas inglesas, que son las que importan, al menos en Google).

Aunque Al Bagdadi no se muestre con la asiduidad que demandan los tiempos de la imagen, pues le va la vida en ello, sabemos de su malignísima existencia a través de los atentados. Los dos últimos en Túnez, con una matanza de turistas, entre ellos dos españoles, y en Yemen, con otra masacre, esta vez en dos mezquitas chiíes. Es curioso: lo que antes reivindicaba Al Qaeda, ahora lo reclama como propio el ISIS. Incluso en el doble atentado de París, contra la revista satírica Charlie Hebdo y el supermercado judío, los atacantes -que parecían miembros de una misma célula- dijeron pertenecer a Al Qaeda y al ISIS, un asunto raro pues ambas organizaciones criminales andan, en teoría, a la greña. Me viene a la memoria el juez Baltasar Garzón, que dijo que Al Qaeda no existía, que era solo una franquicia que los grupos usaban a conveniencia. Quizá el ISIS exterior sea algo parecido.

En la fabricación de la maldad intrínseca de Al Bagdadi y de un ISIS que amenaza a Occidente hay unas cuantas falsedades, bien por ignorancia, bien por estupidez o cálculo político. Aparte de las bravatas de reconquistar Andalucía colgadas en Facebook por algún entusiasta, algo que está por ver tras las elecciones de este domingo, el ISIS solo mata, de manera mayoritaria, a musulmanes que considera infieles. Como son musulmanes los que le combaten en Siria, Irak, Libia, Líbano, Argelia o Nigeria, en su versión de Boko Haram. Occidente es un actor secundario. Pero funciona el mismo mecanismo del ébola, del que esta semana se cumple un año de su estallido en África: si afecta a blancos, es un problema de salud internacional; si afecta a negros, las vacunas y el negocio pueden esperar.

Es cierto que Al Bagdadi ayuda mucho en la construcción del papel adjudicado. Solo se le ha visto una vez en la Gran Mezquita de Mosul, embutido en un negro negrísimo que daba miedo. Era julio de 2014. Habló como los iluminados: voz grave, gesto adusto, teatral; es de esos tipos que miran a un lugar del cielo desde el que reciben las verdades absolutas, una tras otra. Trató de mostrarse piadoso y en su coreografía califal quiso conectar con los tiempos del Profeta a través de los símbolos, como la rama de olivo. Le falló estrepitosamente el Rolex que llevaba en la muñeca, algo fuera de la época que intenta representar. Parecía el personaje de Peter Sellers en la película El guateque. Los medios de comunicación occidentales se quedaron atrancados en un debate de fondo: ¿era un Rolex auténtico o falso? Para los estándares del ISIS, es mejor que sea falso y robado.

Nuestro tipo inquietante ni si quiera se llama como dice que se llama, ni como he titulado este texto. Su nombre real es Ibrahim Awad Ibrahim al Badri, que tampoco está nada mal. Lo de Al Bagdadi debe ser por Bagdad, la ciudad que el califa Harún Al Rashed, el de Las mil y una noches, convirtió en el centro de su imperio, o por simpatía con su predecesor, Abu Omar al Bagdad, que pasó a mejor vida por intercesión de los norteamericanos. Sus seguidores, que son cada vez más numerosos, según nos cuentan las crónicas del susto, le llaman Amir al Mu'minin que significa Califa Ibrahim. Los que no son tan seguidores, el Departamento de Estado de EEUU, por ejemplo, le llaman terrorista y ofrecen 10 millones de dólares por la información que permita su captura o muerte. En esto, el ISIS sigue por detrás de Al Qaeda. Por su líder, Ayman Al Zauahiri, pagan dos veces y media más: 25 millones.

Al joven Al Bagdadi le gustaba el fútbol. No sé si era seguidor del Manchester United, como Osama bin Laden, o del Real Madrid, como la mayoría de los iraquíes más preocupados por el fichaje de David Beckham que por la captura de Sadam Hussein. Entre 1994 y 2004 vivió en una diminuta habitación junto a una mezquita en Tonchi. Allí aprendió las lecturas sagradas de memoria y el valor de la radicalidad y de la paciencia. La invasión del trío de las Azores, aunque el tercero no aportó tropas, solo telediarios, le terminó de formar.

Líder religioso

En esa época de la Universidad Islámica de Bagdad era tímido, reservado, de esos que se pasan los recreos separados del grupo pensando en sus cosas. El líder del Ejercito Islámico de Irak, una de las insurgencias que surgieron a partir de julio de 2003, Ahmed al Dabash, no tiene demasiada memoria del guerrero Al Bagdadi, un hombre irrelevante en la lucha. Al menos terminó su doctorado en estudios islámicos en 2014, justo a tiempo para convertirse en el líder del precursor del ISIS.

Tras la invasión de 2003, Al Bagdadi formó parte del grupo Jamaat Jaysh Ahl al Sunnsah ea I Jamaah, un nombre que no dejó huella por la imposibilidad de memorizarlo. En él fue jefe de la sharía, quien decidía lo que era legal e ilegal y miembro del Concilio de Guerreros Santos, que reunía a siete grupos yihadistas, un precursor del ISIS. Ese conocimiento de la ley islámica y de los tiempos de Profeta le han sido útiles, pues trata de emular algunas de las costumbres y conectar con la esencia de sus enseñanzas. Siempre ha cultivado el misterio. El secretismo le mantiene vivo, de momento, porque en otoño resultó herido en un ataque a su convoy. Ese aura y su suerte le han granjeado un aura de invencibilidad. Le llaman también el “jeque invisible”.

Esa actitud de no hacerse notar le viene de 2004, cuando fue capturado por los marines en Faluya, una ciudad a 50 kilómetros de Bagdad que se había transformado en la capital de los yihadistas, y encerrado en Camp Bucca. No se le consideró un combatiente enemigo, lo que refuerza la teoría de Al Dabash de que no era nadie. En diciembre de ese año, los estadounidenses le pusieron en libertad al considerarle un civil sin peligrosidad alguna. De ahí viene una de las pocas fotos que existen de él.

La cadena Fox News informó de que en realidad estuvo preso entre 2005 y 2009 y que en esa estancia entró en contacto con los jefes del embrión del Estado Islámico de Irak, grupo que había declarado su fidelidad a Al Qaeda. Ningún dato de su biografía es absolutamente cierto y menos si viene de esa cadena de noticias ultraconservadora. En mayo de 2010 fue proclamado líder de ese grupo tras la muerte de Al Bagdad. Dejaba la sharía y pasaba, por fin, al poder ejecutivo y militar.

Tras la muerte de Osama Bin Laden en Pakistán en mayo de 2011, Al Bagdadi prometió una sangrienta venganza. Es responsable de dar la orden de numerosos asesinatos y de enviar decenas de coches bomba en Irak en una campaña del terror que hacía recordar a los años terribles de Abu Musab Al Zarqaui, otro de sus referentes. En aquellos tiempos de lucha se educó en el odio al Ejército del Mahdi del clérigo chií Muqtada al Sáder, y en general a todo lo chií, a los que considera heréticos. En la guerra contra el ISIS que ahora se libra en Irak, las milicias chiíes llevan todo el peso militar bajo asesoramiento directo de Irán, su patrocinador y guía espiritual. En esta guerra, que aquí se vende como antioccidental, se libra otras dos: suníes contra chiíes; Teherán contra Riad.

Beneficiado por la guerra de Siria

En 2013 se expanden a Siria gracias a una nueva intervención occidental, que tomó como excusa una primavera árabe en Damasco para quitarse del medio a Basar el Asad y su régimen (que son alauíes, una secta del chiísmo y con buenas relaciones con Irán y Hezbolá en Líbano). Aunque Asad es un dictador, tan sanguinario como Sadam Hussein, se ha convivido con él sin excesivos problemas, como se convive con el régimen de Arabia Saudí. La voladura de Siria termina por favorecer al ISIS, que adopta el nombre. Reciben dinero del los países del Golfo y termina por ser la insurgencia dominante.

La ruptura con Al Qaeda se produce cuando choca con el Frente al Nusra en Siria, un grupo vasallo de Bin Laden. Al Zauahiri quería fusionarlo al ISIS. Al Nusra, que en su mayoría son sirios, se negó; pidió que Al Bagdadi retornara a Irak. La respuesta del ISIS fue robarle los combatientes extranjeros y hacerle la guerra en Siria. Hoy, la mayoría de los actuales voluntarios extranjeros van a ISIS, no a las filiales de Al Qaeda. Al Zauahiri parece un jubilado, o peor: un moderado.

En junio de 2014 creó el califato y empezaron las victorias militares. Los bombardeos de EEUU y otros países en apoyo a las milicias que combaten al ISIS en el terreno, sea en Siria o en Irak, han tenido un impacto limitado. Los kurdos lograron conservar Kobani tras meses de lucha. Y poco más. Hay un empate militar sobre el terrero. En Tikrit, la patria de Sadam Hussein, sus habitantes suníes preferían al ISIS (que es suní) antes que a las milicias chiíes, a las que tienen pavor.

Donde nosotros vemos un grupo terrorista, otros ven un eslabón más de una guerra que empezó tras la muerte del Profeta hace ya unos cuantos siglos. Con aviones y propaganda no se ganan las guerras. El ISIS tiene petróleo, voluntarios y dinero. No solo por lo que exportan en el mercado negro turco, sino porque se lo dan nuestros aliados y amigos de las monarquías moderadas del Golfo. Una de las teorías de la conspiración sostiene que EEUU creó el ISIS. Es una exageración. Pero sí es verdad que EEUU ha creado las condiciones para que nazca con sus guerras y alianzas. Y aquí, en España, tenemos un ministro del Interior preconciliar que aprovecha el ruido que no comprende para mezclar ISIS, yihadismo e inmigración. Las mentiras y la irresponsabilidad política tampoco ganan guerras, solo pierden elecciones. In sa Allah.

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