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Mercado de trabajo y economía real

La producción de dinero en una economía financiera autonomizada necesita cada vez menos procesos productivos que la soporten, lo que se traduce por una menor necesidad de la mercancía trabajo

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El dinero y el trabajo son mercancías especiales: según Varoufakis, son "'gremlins' problemáticos en la maquinaria capitalista", son "diferentes de todas las demás mercancías: nadie las quiere por sí mismas" (en 'El Minotauro global, Estados Unidos, Europa y el futuro de la economía mundial', edición Debolsillo, junio de 2015). Y, citando a Marx en 'El Capital', añade:

"El proceso de producción aparece simplemente como un vínculo intermedio inevitable, como un mal necesario para hacer dinero. Todas las naciones con un modo de producción capitalista son por ello asediadas periódicamente por un febril intento de hacer dinero sin la intervención del proceso productivo."

Tenemos ya una razón de peso para entender el distanciamiento, acelerado durante los últimos años y que genera actualmente una extrema tensión, entre economía financiera y economía real.

De manera simplificada, se puede decir que en la economía financiera es el dinero la mercancía principal, cuya producción necesita subsidiariamente del trabajo humano. En la economía real, la que está formada por procesos productivos como los que refiere Marx, el trabajo es la mercancía principal, tanto el trabajo pasado (maquinaria y otros componentes del capital) como el trabajo presente (la mano de obra en acción), con la necesaria contribución del dinero como mercancía subsidiaria.

La producción de dinero en una economía financiera autonomizada necesita cada vez menos procesos productivos que la soporten, lo que se traduce por una menor necesidad de la mercancía trabajo. La maquinización aporta también lo suyo, alterando la composición trabajo pasado-trabajo presente. En definitiva, la demanda de la mercancía trabajo va presentando una clara tendencia decreciente, que además, como señala el mismo Varoufakis, se mantiene con independencia de la caída de su precio, puesto que se trata de una 'mercancía especial'.

El dinero a bajo precio, en cambio, tiene un efecto perverso. Los nuevos instrumentos que esa economía financiera autonomizada e impulsada por el bajo precio del dinero ha ido creando, no solo facilitan un crecimiento exponencial sino que éste se basa en la inversión especulativa mucho más que en la inversión productiva, con lo que se termina perdiendo cualquier noción del riesgo y facilitando la prosecución de este juego suicida.

Mercado de trabajo y demanda

En un momento dado, coinciden una enorme descompensación entre las economías financiera y real y una caída brutal de los precios del dinero y del trabajo. Y en ese momento se descubre que la extrema desregulación de los mercados ha impuesto una lógica de funcionamiento que las autoridades no son capaces de revertir. Por ejemplo, y sobre todo, se encuentran desarmadas para romper la inercia del mercado de trabajo e incluso sufren el espejismo de ver en él una mercancía corriente: 'si baja el precio aumenta la demanda'. Y la política económica apunta muy particularmente hacia el objetivo de bajar el precio del trabajo, perdiendo por completo de vista la lógica de la economía real: el bajo precio no estimula el empleo productivo, y es precisamente este empleo el que generaría rentas que se gastarían muy principalmente en la compra de las mercancías que salen de esos procesos productivos.

De esta manera, la demanda interna se ahoga.

Pero es que una economía como la española no tiene ni ha tenido una vocación exportadora capaz de soportar el crecimiento económico. Es una economía de demanda interna, en la que muy ocasionalmente la demanda externa tira del carro. De hecho, es una economía normalmente obligada a financiar un significativo déficit exterior. Y lo que es peor, los sectores exportadores más importantes de esta economía (el automóvil, sobre todo) obedecen a una lógica de decisión que tiene poco que ver con las necesidades y los equilibrios de su propia estructura, de forma que ni siquiera es posible incidir sobre las estrategias de estas empresas transnacionales desde una política económica nacional: deprimir el mercado laboral, eximirlas de impuestos, proporcionarles suelo a bajo precio, dotarlas de infraestructuras dedicadas, etc. aporta poco o nada a favor de la localización de las inversiones en el territorio propio (ejemplo muy a propósito: Volkswagen, deprimida por las consecuencias de su trampa, seguramente deberá comprimirse y abandonará sus proyectos de inversión en España, concentrando sus esfuerzos en sobrevivir bajo la protección del estado alemán).

Mercado de trabajo: precariedad y exclusión

La mayor condena al funcionamiento corriente de la economía viene de las condiciones impuestas al mercado de trabajo, condiciones que emanan de la evolución de una economía lastrada por la hegemonía del mercado financiero y aletargada por la aplicación de una política económica manifiestamente pro-cíclica.

En la actualidad, el mercado de trabajo en España avanza sin freno hacia un empobrecimiento extremo, expulsando y precarizando de manera masiva. Algunas pinceladas bastan para reflejarlo:

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que en los próximos 10 años el 40% de los empleos en España estarán sometidos a un régimen de auto-explotación (trabajo más independiente y por cuenta propia), en detrimento del trabajo asalariado. Se verificará un aumento del empleo parcial, independiente y temporal, incluso de muy corta duración.

El número de empleados públicos en España se redujo en más de 138.000 entre enero de 2011 y el mismo mes de 2015, según los datos del Registro Central de Personal publicados por el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas.

España es el país de la OCDE que tiene una mayor tasa de jóvenes trabajando de forma involuntaria en empleos a tiempo parcial.

En España hay más de 3,1 millones de parados de larga duración, cuya situación se hace extrema: con el paso del tiempo, estos parados reducen su probabilidad de encontrar empleo y, simultáneamente, dejan de cobrar prestaciones.

La estructura salarial española, según la encuesta del INE referida a 2013, muestra que ha aumentado la desigualdad: ligero descenso del salario medio y, sobre todo, aumento del peso relativo de los empleos temporales y descenso significativo de las retribuciones correspondientes.

Los contratos de hasta siete días suponen el 22,5% del total, en julio de 2015, contra el 13,5% de julio de 2007.

España es el único país de la OCDE que ha reducido su ‘hucha’ de las pensiones desde 2012: el Gobierno ha sacado el 38% del Fondo de Reserva en tres años, mientras el resto de los países aumentaron los suyos una media del 7,1% en 2013

Todo esto quiere decir, en los términos del modelo económico vigente, que un número elevado de personas dejan de ser productores y consumidores o lo son de forma cada vez más marginal a causa de su precariedad y de su menor poder adquisitivo, y que problemas actuales como la financiación de las pensiones se están resolviendo a costa de las cuentas futuras.

No es la salida de la crisis lo que está en juego, sino la reestructuración de la economía de esa periferia europea de la que España forma parte: un mercado de trabajo empobrecido puede facilitar decisiones de relocalización europea de producciones que en una época todavía reciente se trasladaban a países emergentes, pero desde luego no va a ayudar a generar esa presunta 'salida de la crisis'. Sin consumo privado, en España no hay crecimiento económico.  

A escala global, la conclusión es inevitable: sobra población y faltan mercados. De manera que nos asomamos a un precipicio: así como la Gran Depresión encontró su salida a través de una "carnicería a escala industrial (también conocida como Segunda Guerra Mundial)", en frase de Varoufakis (misma fuente citada), "para sacar del desplome a la economía mundial", ahora estamos cada vez más cerca de una intervención de cirugía mayor.

Puede pensarse en las palabras del papa Beroglio, en Sarajevo, junio de 2015, aludiendo a lo que define como “una tercera guerra mundial combatida ‘por partes'”, para señalar que en la actualidad “se percibe un clima de guerra” en el mundo.

También se puede aludir a un informe de la Universidad de Princeton, cuyos autores son Angus Deaton —ganador del último Nobel de Economía— y Anne Case, reflejado por Cristina Pereda, en El País del 3 de noviembre de 2015, que señala que la mortalidad de los estadounidenses blancos de mediana edad se ha disparado en las dos últimas décadas. La mayoría de las muertes se deben al suicidio, la cirrosis y el envenenamiento por alcohol y el consumo de drogas. Esta epidemia silenciosa ha quitado la vida a casi medio millón de personas. Los autores relacionan este fenómeno con otro paralelo, que es el empeoramiento de la salud de este grupo de población, tanto física como mental, sus dificultades para “llevar a cabo tareas diarias”, el aumento del dolor crónico y la imposibilidad de trabajar. Mientras que las muertes por sobredosis empezaron a disminuir entre afroamericanos e hispanos, aumentaron entre los blancos a partir de 1999. En 2006, por primera vez, las muertes por causas relacionadas con el consumo de drogas y alcohol entre blancos superaron a las de negros e hispanos. ¿La recuperación económica norteamericana no es percibida por la clase media blanca de los Estados Unidos? ¿O es que realmente no le llega y sufre sin capacidad de reacción el deterioro de su situación?

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