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El reto de Pedro Sánchez: ¿acercarse a Podemos o a los votantes de Podemos?

El mayor desafío político al que se enfrenta Pedro Sánchez es cómo atraer a los votantes de Podemos sin acercarse demasiado a Podemos

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en su reunión en el Congreso de los Dipuatdos esta semana. EFE

El sistema político español, tras la irrupción de los partidos de nuevo cuño, puede caracterizarse a través de tres órbitas políticas: la de las izquierdas (donde PSOE y Podemos pugnan por encontrar su acomodo), las denominadas (con cierto voluntarismo) "fuerzas del cambio" (PSOE, Podemos y Ciudadanos), y lo que podríamos llamar las "fuerzas de la estabilidad", garantes de la seguridad política y económica, o de lo "menos malo conocido" (PP, PSOE y Ciudadanos). Huelga decir que hay una cuarta mayoría potencial de gobierno, la formada por PP y Ciudadanos. Como objeto de análisis tiene sin embargo menos interés, debido a su previsibilidad: el centro-derecha gobernará si entre ambos partidos alcanzan la mayoría absoluta. Las otras órbitas, en cambio, no solo dependen de la aritmética parlamentaria, sino de los movimientos (a veces caóticos) de los partidos involucrados.

Durante el mandato de la gestora, el PSOE se había escorado hacia las posiciones más favorables a la "órbita de la estabilidad", adoptando en aras de la misma decisiones como la abstención en la investidura de Rajoy o la tácita aceptación del disputado voto del señor Quevedo en la votación de los presupuestos. En cambio, tras la elección de Pedro Sánchez, el PSOE se ha escorado hacia la izquierda, mientras intenta revitalizar las pulsaciones de la "órbita del cambio". Que los socialistas ocupen un lugar central en las tres combinaciones de parejas de baile explica el convulso periodo que han vivido desde que se celebraron elecciones en diciembre de 2015. Para los despistados, conviene recordar que durante estos dieciocho meses ha habido una investidura fallida de Pedro Sánchez, repetición de elecciones, investidura fallida de Rajoy, dimisión de Pedro Sánchez, investidura de Rajoy y elecciones primarias en el PSOE. En el ojo del huracán siempre han estado los socialistas.

Pedro Sánchez parece haber optado por un indisimulado cortejo del espacio político de Podemos: era lo previsible de acuerdo con el perfil adoptado desde su derrocamiento como secretario general socialista; también en esta dirección apuntaba el equipo de colaboradores del que se ha rodeado, todos ellos procedentes del ala más izquierdista del socialismo; en tercer lugar, es probablemente la única salida política que le quedaba.

A la espera de que el CIS vuelva a preguntar por Sánchez, otras encuestas (la más reciente la de Sociometrica de hace apenas unos días) sugieren que su divorcio no solo de los votantes del PP sino también de Ciudadanos (con los que vivió una dulce luna de miel después del denominado "pacto del abrazo") es, si no definitiva, difícilmente reversible. Sánchez tendría muy difícil un acercamiento a los partidos de la órbita de la "estabilidad", incluso si lo pretendiese, ya que sus contrapartes (Rajoy y Rivera) tienen poderosos motivos para resistirse, a riesgo de poner en peligro su predicamento entre sus propios votantes.

Y, finalmente, debe reconocerse que el acercamiento a Podemos es una estrategia que, aunque no exenta de riesgos, tiene una sólida motivación electoral: según mis cálculos, de los 5 millones de votantes de Podemos en las últimas elecciones, alrededor de 3,5 millones habían votado al PSOE en 2008. Es, sencillamente, una pecera bastante llena como para resistirse a tirar la caña.

Para implementar esta estrategia con éxito, el mayor conundrum político al que se enfrenta Pedro Sánchez es cómo atraer a los votantes de Podemos sin acercarse demasiado a Podemos. El siguiente desafío en importancia es cómo articular un "plan B": es decir, cuál debería ser la relación política del PSOE con Podemos si el partido morado detiene la embestida de Sánchez y mantiene la fidelidad de su votantes (para entendernos, si Podemos mantiene un apoyo en el entorno del 20%).

Si se me permite, lo segundo no es solo una encrucijada para el PSOE, sino para el conjunto de nuestro sistema político. De la capacidad de Podemos de evolucionar hacia un partido mainstream, capaz de llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas, depende en gran medida cuál de las tres órbitas señaladas será la preponderante: en definitiva, la posibilidad de formar una alternativa de gobierno a la mayoría de centro-derecha durante los próximos años. En este artículo, se abordará tan solo la primera cuestión.   

¿Por qué digo que el principal reto de Sánchez es acercarse a los votantes de Podemos sin hacerlo demasiado al partido morado? Digamos que la estrategia contraria es la que aplicó, con bastante poco éxito, Alberto Garzón: acercarse demasiado a Podemos y bastante menos a sus votantes. Tantas horas emplearon los dirigentes de Izquierda Unida en negociar su ubicación en las listas de Podemos, que les pilló por sorpresa cuando por el camino se dejaron casi un millón de votantes.

En esta época líquida, nadie debería dar por hecho que los votantes sigan la estela de las siglas políticas como los ratones caminaban detrás del flautista de Hamelín. Quizás Garzón se haya asegurado un hueco político en el futuro, pero no parece arriesgado apostar a que Izquierda Unida nunca volverá a existir como tal, esto es, a presentarse de forma autónoma a unas elecciones de ámbito nacional, sino siempre diluida en una amalgama de siglas para esconder su irreversible pérdida de influencia.

Sánchez ha decidido comenzar el cortejo de los votantes de Podemos a través de los más jóvenes. Una de sus primeras medidas ha sido anunciar un "plan de rescate juvenil". Es también una estrategia convencional. Los jóvenes, generalmente, son el flanco electoral más vulnerable, el más proclive a cambiar una afiliación política por otra. Adicionalmente, pueden tener un efecto reflejo en otros colectivos, actuando como un difusor político: los jóvenes marcan tendencia con frecuencia (también en lo político), y las propuestas sobre la población juvenil no solo interesan a esta franja de edad, sino también a las más adultas. Los padres tienen la mala costumbre de preocuparse por sus hijos mucho más que estos por sus mayores.

Sin embargo, hay dos elementos que Sánchez parece estar pasando por alto en esta estrategia: uno, lo que verdaderamente preocupa a los más jóvenes. Dos, su peso real entre los votantes de Podemos.  

Sobre lo primero, el último barómetro del CIS, de mayo de 2017, incluía un interesante ejercicio: además de las tradicionales cuestiones sobre el posicionamiento político e ideológico, preguntaba sobre la importancia concedida a diversos factores "para ser feliz". Como habría predicho el inefable Navalón, efectivamente los millennials (entendiendo por tales los menores de 35 años), conceden una importancia mucho mayor a "tener tiempo libre". También lo hacen, para sorpresa de algunos, a "hacer algo por los demás, ser útil a la sociedad". Quizás uno de los hallazgos más curiosos es que los millennials han tenido ya más parejas estables a lo largo de su vida (una media de 1.85) que la media de la población (1.37), pese a tener bastante más recorrido por delante. Definitivamente, además de coleccionistas de clicks, es una generación rica en experiencias vitales.   

La larga lista de preocupaciones de los millennials la encabeza el paro, la corrupción, los políticos y el sistema educativo. Hay, sin embargo, dos cuestiones que destacan por su ausencia: en el eje izquierda-derecha, el efecto edad es casi imperceptible (los millennials se sitúan en un 4,4, muy cerca del 4,63 de la media de la población). Lo más llamativo es que los millennials se encuentran más a la derecha, por ejemplo, que la franja de entre 55 y 64 años -4.38-. Este resultado es extraordinario: los menores de 35 años generalmente era el segmento de la población más escorado a la izquierda (hace diez años, por ejemplo, estaban 0.6 puntos más a la izquierda que sus "padres" –la población de entre 55 y 64 años–). Curiosamente, este resultado es transversal a todos los votantes: con independencia del partido al que votaron en las elecciones, los baby boomers se declaran a día de hoy más a la izquierda que los millennials.

Una segunda ausencia también llamativa entre las preocupaciones de los millennials es la cuestión nacional: un 41.1% se declara partidario de un "Estado con CCAA como en la actualidad" (el mayor porcentaje entre cualquier grupo de edad), apenas un 0.3% menciona la "independencia de Cataluña" entre sus principales preocupaciones y un 53.3% de los millennials se siente tan español como de su comunidad autónoma (por encima de la media de la población, 50.0%). En resumen, por tanto, no parece que los millennials tengan una singularidad propia ni en el eje izquierda-derecha ni en el nacional. No debería extrañarnos: es una generación cuya autonomía personal les impide aceptar de forma autómata las dimensiones colectivas en cuya definición no han participado.

La falta de singularidad política y nacional de los millennials hace más difícil de entender que el PSOE haya dedicado gran parte de su reciente Congreso a dos cuestiones identitarias: la cuestión (pluri)nacional y el "somos la izquierda". Como diría un ilustre parlamentario, tanto lo uno como lo otro, sencillamente se la "refafinfla" a los millennials. Estas cuestiones, como también el acuerdo comercial con Canadá (CETA) parecen interesar más a los dirigentes de Podemos que a sus votantes, al menos los más jóvenes.

El segundo elemento que parece ignorar la estrategia de Sánchez es el verdadero peso de los millennials, debido a las características de nuestra pirámide poblacional. Los votantes menores de 35 años son 7.8 millones; por encima de esta edad, hay 27 millones. Hace quince años, estos números eran muy diferentes: 10.4 y 21.8 millones respectivamente. En consecuencia, el peso de los menores de 35 años ha descendido desde el 33% hasta poco más del 20%. Es cierto que el apoyo de Podemos entre los más jóvenes es mayor. Pero es que cada vez hay menos jóvenes. Según mis cálculos, poco más de uno de los 5 millones de votantes de Podemos, tiene menos de 35 años.

En definitiva, así dicho, podríamos concluir que ni los millennials son tan importantes ni la estrategia de Sánchez sería la adecuada para cortejarlos. La estrategia de Sánchez parecería cocinada por alguien que habría dejado de consultar los barómetros electorales y la evolución de la población hace 20 años. Queda, eso sí, una última derivada: centremos la atención por un instante en la franja de edad de entre 55 y 64 años –que podríamos ensanchar por debajo hasta los 45 años–. Los baby boomers. Son cerca de 12.5 millones de votantes (bastantes más que los millennials). Las encuestas indican que excepcionalmente se manifiestan muy de izquierdas. ¿Qué puede movilizar a esta franja? Quizás, curiosamente, que el PSOE sea capaz de ofrecer un proyecto ilusionante para sus hijos. El verdadero campo de batalla son los baby boomers, aunque tal vez los millennials sean el mejor camino para llegar a ellos. Desconozco si esta es la estrategia socialista, o si son dos errores compuestos que pueden convertirse en un acierto. Habrá que estar atento a los próximos movimientos para saberlo.  

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