Opinión y blogs

eldiario.es

Arrivederci

Me enamoré de alguien por el que habría muerto, y eso es una verdadera droga, ¿no crees?

Amy Winehouse

Seguir leyendo »

Acoso

Manifestación 'El machismo es violencia'. | JUAN MIGUEL BAQUERO

1 de junio de 2010

Hoy cumplo 22 añazos. Por fin, voy a celebrar algo sin el capullo de Ander. Después de cinco meses saliendo con él, lo único que me ha quedado claro es que no me tenía ningún cariño y que lo único que quería era follarme. El muy jeta me sacaba todos los kalimotxos y, luego, se gastaba su dinero con los colegas.

Ya ha vuelto con su ex novia y..., la verdad, mejor para mí. Eso que me he quitado de encima. Creo que voy a estar mucho tiempo sin pareja. ¡Qué descanso!

Seguir leyendo »

Ia

Afaltzetik jaitsi nintzen apur bat beranduago eta ikusi ahal izan nuen ez zeudela gauero geratzen ginen jesarlekuan; beraz, hondartzako pasealekura joanak zirela imajinatu nuen. Udako gau zoragarria zen, baina iparraldean gertatu ohi den bezala, ezin ginen jertserik gabe irten. Ez da harritzekoa madrildarrak honaino igotzea uda igarotzera.

Halaxe nindoan ni: fraka luzeak, mahuka luzeko alkandora, nire jertsea eta –xehetasun garrantzitsua– aitarekin erosi nituen takoidun zapatak jantzita. Egia esan, harekin erosi ditudan bakarrak dira. Ez galdetu zergatik aukeratu nituen zapata horiek. Ezin hobeto gogoratzen naiz aitarekin La Palmara sartu nintzela,  besaulki tzar horietariko batean jesarri nintzela eta aurrean zapata piloa nuela...

Geroago, etxera iritsi eta zapata horiek kutxatik atera nituen. ‘Krema’ koloreko zapatak ziren, nolabaiteko puntua zutenak eta takoi fina. Tira, normalean jantzi ohi nituenez oso bestaldeko zapatak ziren. Astirik izango banu, beharbada psikologoren batekin edo antzeko batekin kontsultatuko nuke, baina ez nau asko kezkatzen zergatik hautatu nituen. Bide batez, zapata horiek beltzez tindatu eta ‘ahalik eta gehien’ erabili nituen.

Seguir leyendo »

El arca de Matilde

Mis hijos han vaciado toda la casa. En la residencia, sólo tendré un pequeño armario para la ropa y poco más. Me pare­ce lógico. Trato de imaginar cómo serían las residencias, si los ancianos se instalaran allí con todas las cosas que han acumu­lado a lo largo de la vida. Harían falta edificios mastodónticos y parecerían un gran museo. Se podría pasar de habitación en habitación y ver los recuerdos de uno que fue marino, de otra que fue soprano o de aquella que colgó los hábitos para irse con un portero de fútbol. Y todo estaría lleno de fotos de personas ausentes. Y de nostalgia. Por eso, me parece bien que no nos dejen llevar nada más que lo mínimo. Los afortunados que aún podemos recordar bastante tenemos con el peso de la memoria. No hizo falta insistir mucho para convencerme. Y, aunque nadie asocie nada bueno con las residencias de an­cianos, me hace ilusión la novedad. Resulta paradójico que un lugar para viejos sea, ya, lo único que me puede ofrecer algo nuevo en la vida. Tengo la sensación de que es como estrenar un cuaderno. Aunque sea el último de mi vida, nada me pue­de privar de esa emoción que produce una página en blanco, limpia y sin tachones. Otra oportunidad para escribir algo sin borrones de tinta, sin manchas de la vida. Y, para eso, lo mejor es llevar a cuestas lo menos posible. Antes de que me arre­pintiera de la decisión, mis hijos ya habían empezado a des­plumar la casa. Primero, los objetos que podían tener algún valor. Me ha dado pena decir adiós a la esclava que me regaló su padre y al reloj de oro que me compré con mi primera paga de maestra. Y también a la lámpara modernista que traje de París, no por la lámpara en sí, que al final, de tanto verla, re­sultaba empalagosa, sino porque la había adquirido en lo que fue mi primer viaje –y, prácticamente, único, si no contamos Portugal- al extranjero. Todo lo demás no me ha importado lo más mínimo. Los álbumes de fotografías, las vajillas y cu­berterías, algún que otro mueble… Estoy segura de que, muy pronto, se convertirán en un estorbo en los hogares de mis hijos. Para ellos no valdrán lo que vale el espacio que ocupan. Pero, al vaciarla, han obtenido lo que más querían: la casa. No para vivir. Simplemente, podrán venderla o alquilarla. Y eso no estorba nunca. Han estado viniendo los últimos tres fines de semana para limpiarlo todo. Ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me visitaron tan a menudo. Ahora, el espacio suena a hueco. Pero, al final, sí me he quedado con algo ines­perado. En uno de esos días de desmantelamiento frenético, el nieto más pequeño, un torbellino de seis años que me agota sólo con mirarlo, se quedó concentrado de forma insólita. Me acerqué por detrás sin hacer ruido y vi cómo sus deditos iban señalando las imágenes en una especie de libro rudimentario. Al verlo, el corazón me dio un vuelco. Eran unas cuantas pá­ginas cosidas con algo más parecido a la cuerda que al hilo. La portada era el dibujo de un barco lleno de animales y el título, ‘El arca de Matilde’.

 

Como si hubieran apretado un botón, dejé de ser una oc­togenaria para volver a los 20 años, cuando mi primer desti­no de maestra me llevó a un colegio religioso de niñas en un pueblecito de interior. Después de tantos años y de las mi­les de criaturas que han pasado por mi aula, Matilde, aquella alumna de ocho años, de mirada limpia, también como una página en blanco, y de espíritu rebelde se hizo presente como si estuviera ahí mismo, en su pupitre de madera de la tercera fila. Arrebaté aquel manojo de hojas a mi nieto. Se lo quité de la misma manera que hace casi 60 años se lo quité a su dueña por estar más concentrada en su cuaderno casero que en la lección. Mi nieto no nos ahorró el consabido berrinche infan­til, tan diferente de la actitud de su autora, que lo entregó con humildad, casi como si deseara hacerlo. Lo guardé en un cajón de mi mesa y proseguí con la historia de los reyes Católicos. Mi intención era devolvérselo a la niña al final de la clase, pero se me olvidó por completo. Y seguí sin recordarlo los dos días sucesivos. Ella tampoco me lo reclamó. Al tercer día, Matilde no vino al colegio. De hecho, ya nunca regresó. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no le había devuelto el cuader­no. Lo rescaté del cajón y pasé varios días tratando de desen­trañar la extrañeza que me producía. No sé por qué, el cua­dernillo ha sobrevivido a las mudanzas, crianzas y limpiezas generales de casi seis décadas. Y aquí sigue, en mis manos otra vez. El dibujo del barco de la portada tiene influencias claras de las imágenes bíblicas del arca de Noé. Un casco hecho de toscos tablones con una especie de casa encima, también de madera, sobre un mar sombrío. De hecho, más que el tempo­ral o el oleaje del agua es la oscuridad del agua y del cielo lo que mejor representa la amenaza del diluvio. En el dibujo de la tapa, no hay ni rastro de los animales. El título está escrito con una caligrafía de esas que sólo saben enseñar las monjas y que dejan una marca indeleble en cada letra de tu vida. Son letras bordadas. Muy difíciles de deshacer. La portada es, en realidad, el retrato de toda una época. Un tiempo lóbrego y triste, donde incluso el sufrimiento era amordazado. Pero lo más inquietante es el interior, donde ya nada tiene que ver con el arca, sino con los animales. Es un catálogo de fieras que pueden suponer un peligro si te las cruzas en el camino. Asimismo, incluye una serie de rústicas recomendaciones de cómo defenderse de ellas. Allí, está el oso, al que no hay que mirar de frente y del que hay que alejarse lentamente cami­nando en diagonal. Si te ataca, lo mejor es rendirse y adop­tar una posición defensiva. Se descarta la posibilidad de huir, pues, entonces, provocarías la persecución del oso. También aparece el jabalí, ante el que hay que quedarse inmóvil y con­cederle espacio. Y el lobo, al que no hay que gritar ni pegar y del que sólo te puedes defender protegiendo tus zonas más vulnerables en caso de ataque. El inventario de dibujos sigue con las serpientes, las abejas y hasta los cocodrilos, de los que hay que huir en zigzag y a los que hay que evitar a toda costa en el agua, pues podrían partirte por la mitad. Tanto los dibu­jos como los textos son muy elementales, pero no dejan de te­ner una expresividad que parece querer avisar de algo terrible. Luego, hay unas cuantas páginas vacías. Se ve que Matildita, así la llamaban para diferenciarla de su madre, tenía pensado ir aumentando su colección de animales peligrosos. Pero, al final del todo, hay un par de hojas con los trazos de un ser imaginario, mitad hombre mitad ogro. Llama la atención la desproporción de sus manos y, en lugar de estar representado en el medio natural como todos los demás, aparece dentro de una casa. El único texto que lo acompaña son las palabras ‘ir lejos’.

Seguir leyendo »

Aquellos besos

Huelga de hambre en la Puerta del Sol contra la violencia machista

Nunca pensé denunciarle, pero ni ahora ni nunca perdonaré lo que me hizo.

Yo era la mayor de tres hermanos. La que me seguía era otra chica y el pequeño era un chico. Vivíamos en una casa de las Siete Calles de Bilbao. Era una casa muy grande, de esas que tenían habitaciones ciegas. Entonces, era normal este tipo de habitáculos que se extendían a lo largo de profundos pasillos. Aquella casa olía a una mezcla entre alcanfor y humedad, salvo en la cocina, donde la chapa, la cocina económica de carbón y lo que se cocinara sobre ella marcaba el olor de la estancia.

Tengo buenos recuerdos de cuando éramos pequeños. Los baños del sábado por la noche en aquella bañera que mis padres pusieron cuando la familia empezó a aumentar. Recuerdo cuando mi madre nos secaba la piel. Sentía un placer especial cuando me secaba los pies y me ponía los calcetines limpios. Luego el pijama y la bata, una tortilla francesa y a la cama. Eso y cuando íbamos al parque de los patos. Creo que eran los mejores momentos que recuerdo de mi tierna infancia. En el parque, los domingos alquilaban unos triciclos y mi hermana Begotxu y yo nos inventábamos aventuras de viajes por los caminillos del parque como si fuéramos unas explotadoras ‘motorizadas’.

Seguir leyendo »

Al escondite

Violencia de género

De nuevo nos tocaba escondernos. Había pocos sitios y nos los conocíamos todos, pero teníamos que conseguir como fuera que no nos descubrieran a la primera. La verdad es que no sé cómo me pude ocultar detrás aquel matojo de hierba, pero aguanté un buen rato sin ser vista. Desde allí, podía ver a todos los demás primos escondidos. Todos con nervios en la cara como si, en lugar de un primo, nos fuera a encontrar Jack el destripador.

Antes de empezar a contar quien se ‘la quedaba’, Marta se acercó a mí y me dijo que no quería esconderse más con nues­tro tío Alberto. ¡Es verdad, siempre la elegía a ella!

Aunque Marta y yo éramos de la misma edad, ella siempre había estado mucho más desarrollada que yo. De más peque­ña, siempre fue más alta, pero, como le vino la regla antes, dejó de crecer y emprendió el duro proceso de transformación del cuerpo. La pobre tuvo que sufrir comentarios soeces de muchos jovencitos y no tan jovencitos que pasaban a su lado.

Seguir leyendo »

Mujeres valientes, dueñas de su vida en una sociedad decente

La Historia de la Humanidad se escribe con letra masculi­na. Son los relatos masculinos los que pueblan nuestro apren­dizaje juvenil respecto a lo que fue la vida en años o siglos precedentes. El relato de poder, de política, de economía e incluso de ciencia o arte de las sociedades viene significado por lo que los hombres fueron o hicieron, invisibilizando a las mujeres y sus voces. La vida se cuenta por la exteriorización de las conductas, aquellas en las que el hombre ha sido prota­gonista indiscutible. Las pocas mujeres que han tenido un pa­pel predominante en la vida pública no suelen destacar por un relato amable de su vida, sino más bien por lo contrario. Como señala Coral Herrera, a las mujeres nos han enseñado a amar la libertad del hombre y no la nuestra propia; a vivir a través de la vida del hombre y no la nuestra; a sentir a través de sus sentidos y no los nuestros; a desear a través de sus deseos y no de los nuestros.

“Admiramos a los hombres y les amamos en la medida en que son poderosos; las mujeres privadas de recursos econó­micos y propiedades necesitan hombres para poder sobrevi­vir”, explica también Herrera. Y así, vivimos invisibilizadas con una enorme desigualdad anidada en nuestros corazones.

Ese amor romántico o llamémosle romanticismo patriar­cal hunde sus raíces en la violencia estructural de género: nos anima a las mujeres a ofrecer un amor incondicional, entrega­do y sometido a los caprichos masculinos.

Seguir leyendo »