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Al escondite

Violencia de género

De nuevo nos tocaba escondernos. Había pocos sitios y nos los conocíamos todos, pero teníamos que conseguir como fuera que no nos descubrieran a la primera. La verdad es que no sé cómo me pude ocultar detrás aquel matojo de hierba, pero aguanté un buen rato sin ser vista. Desde allí, podía ver a todos los demás primos escondidos. Todos con nervios en la cara como si, en lugar de un primo, nos fuera a encontrar Jack el destripador.

Antes de empezar a contar quien se ‘la quedaba’, Marta se acercó a mí y me dijo que no quería esconderse más con nues­tro tío Alberto. ¡Es verdad, siempre la elegía a ella!

Aunque Marta y yo éramos de la misma edad, ella siempre había estado mucho más desarrollada que yo. De más peque­ña, siempre fue más alta, pero, como le vino la regla antes, dejó de crecer y emprendió el duro proceso de transformación del cuerpo. La pobre tuvo que sufrir comentarios soeces de muchos jovencitos y no tan jovencitos que pasaban a su lado.

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Mujeres valientes, dueñas de su vida en una sociedad decente

La Historia de la Humanidad se escribe con letra masculi­na. Son los relatos masculinos los que pueblan nuestro apren­dizaje juvenil respecto a lo que fue la vida en años o siglos precedentes. El relato de poder, de política, de economía e incluso de ciencia o arte de las sociedades viene significado por lo que los hombres fueron o hicieron, invisibilizando a las mujeres y sus voces. La vida se cuenta por la exteriorización de las conductas, aquellas en las que el hombre ha sido prota­gonista indiscutible. Las pocas mujeres que han tenido un pa­pel predominante en la vida pública no suelen destacar por un relato amable de su vida, sino más bien por lo contrario. Como señala Coral Herrera, a las mujeres nos han enseñado a amar la libertad del hombre y no la nuestra propia; a vivir a través de la vida del hombre y no la nuestra; a sentir a través de sus sentidos y no los nuestros; a desear a través de sus deseos y no de los nuestros.

“Admiramos a los hombres y les amamos en la medida en que son poderosos; las mujeres privadas de recursos econó­micos y propiedades necesitan hombres para poder sobrevi­vir”, explica también Herrera. Y así, vivimos invisibilizadas con una enorme desigualdad anidada en nuestros corazones.

Ese amor romántico o llamémosle romanticismo patriar­cal hunde sus raíces en la violencia estructural de género: nos anima a las mujeres a ofrecer un amor incondicional, entrega­do y sometido a los caprichos masculinos.

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