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Cinco razones por las que si fuera Felipe VI pediría un referéndum

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"Si a alguien no le gusta la monarquía, que plantee una reforma constitucional" ha dicho Mariano Rajoy con su habitual receptividad al cambio. El inminente Felipe VI tiene motivos más que suficientes para tomarle la palabra y animar a que se celebre un referéndum no solo sobre la forma del Estado, sino sobre ese hipotético nuevo proyecto constitucional que implemente los cambios que deberían haberse ejecutado hace décadas para evitar acabar dónde estamos. Despachar el asunto solo con una ley de tres folios es una mala idea, al menos por cinco razones.

Por instinto de supervivencia. La técnica de convertir la abdicación en una suerte de "divorcio exprés" genera demasiadas incertidumbres. Hacer que los españoles se vean divorciados de Juan Carlos de Borbón y casados con Felipe de Borbón antes de que puedan darse cuenta saldrá bien a corto plazo. Pero a largo plazo parece probable que ahonde los problemas de legitimidad y supervivencia institucional de la corona. A la gente no le gusta que le hagan tragar con las cosas, prefiere que se las expliquen.

Por empatía generacional. Felipe de Borbón tampoco pudo votar la Constitución de 1978 por ser menor de edad. Un hombre tan preparado como él habrá escuchado alguna vez aquello que sostienen los buenos constitucionalistas: cada generación debe poder votar su propia constitución. Seguro que también tiene ganas de urna.

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No hay dos sin tres

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No sé si lo tienen muy presente, pero en los 300 años de desgracias y mal gobierno de los borbones peninsulares, la familia campechana ha sido expulsada de España dos veces. Y dicen que no hay dos sin tres.

Tantas ganas se le ha tenido a la dinastía que el pobre general Prim, tan reivindicado ahora por ese hombre de extraño peinado que es Ramón Tamames, dejó para la historia aquella frase: "¿Los Borbones en España? jamás, jamás, jamás". Como se sabe, Prim fue disparado y estrangulado por intentar cambiar de dinastía y los tipos que jamás deberían regresar a España nos regalan estos días con su ritual familiar del traspaso de la finca.

España no es lo que podría haber sido y, desde luego, siempre ha estado a distancia de lo que debería haber sido. Y este lamento incluye, cómo no, a esta saga borbónica, mezcla chusca de juego de tronos y Hostal Royal Manzanares que lleva, en su última etapa, 39 temporadas en antena con hastío de publico y poca contundencia de la crítica.

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República 2020

(Artículo copiado de Wikipedia el 12 de diciembre de 2020)

Se conoce como Segunda Transición al convulso periodo de la Historia española que tuvo lugar bajo el reinado de Felipe VI de Borbón, comprendido entre los años 2014 y 2020.

Los inicios del reinado de Felipe VI serán complicados. Nada más ser coronado, se produce el llamado Holocausto Cañete, en el que más de dos millones de españoles mueren víctimas de la continuada ingesta de yogures caducados.

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25-M: La rebelión de todas las bases

Miles de personas llenan las calles desde Neptuno hasta Atocha / Olmo Calvo

Previamente al 25-M hemos sido muchas las personas que hemos participado en las resistencias sociales contra los recortes, los desahucios, el paro, la precariedad y la exclusión social; hemos sido mucha gente la que hemos invertido muchas horas e ilusión en el 15-M, las mareas ciudadanas o las recientes Marchas de la Dignidad 22-M. Y lo cierto es que teníamos miedo a que el bipartidismo, ese bipartidismo que sustenta las políticas austericidas y que sigue los dictados de la Troika y de los banqueros, saliera inmune de las pasadas elecciones europeas. Pero, afortunadamente, ese 49% en el que ha quedado el PP-PSOE nos demuestra que la lucha paga y que sirve para desgastar a los poderosos, lo que desde los movimientos sociales se vive con mucha alegria y optimismo.

Y es que la caída del bipartidismo tiene mucho que ver con el fuerte conflicto social que estos últimos años se ha vivido en nuestro país. Un conflicto que, desde mi punto de vista, hay que fortalecer, haciendo confluir de forma estable las luchas y los sectores afectados por la crisis. Porque una cosa debemos tener clara: esto no lo arregla ningún político (aunque el cambio en las instituciones sea esencial), esto lo arreglamos los pueblos, lo arreglamos los trabajadores y trabajadoras en la calle con desobediencia activa, movilizando a millones de personas de forma estable y continuada. El 22-M fue un ensayo de lo que somos capaces como ciudadanía. Ese día dimos un ejemplo de dignidad y estoy convencido de que sólo con dignidad todas las personas a las que la crisis nos ha destrozado la vida podremos salir adelante.

Pero también necesitamos un gobierno al servicio de la gente, un gobierno que impulse políticas al servicio de las personas y de los bienes comunes. Y para eso hace falta generar una nueva mayoría socio-política que convierta el estado de malestar existente en contrapoder ciudadano. Esto es lo fundamental, porque sin un pueblo organizado detrás, ningún gobierno podrá enfrentarse a la Troika con perspectivas de éxito. Porque es evidente que, si nos negamos a pagar la parte ilegítima de la deuda, o se si derogan las leyes antisociales para recuperar los derechos perdidos, o si se intenta recuperar para el sector público los sectores estratégicos de la economía, nos encontraremos con el muro de los poderes reales, que harán todo lo posible para evitarlo.

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El rey abdica, tiemblan los elefantes

Cuando todo el mundo se dedica hoy a valorar los hitos de su corona, quisiera hacer recuento y memoria de algunas de sus víctimas. ¿Cuántas cabezas inocentes acumula el reinado de Juan Carlos de Borbón? ¿Cuántos animales decapitados por él? La cifra es incalculable, y seguramente aumentará.

Ahora tendrá más tiempo y libertad Juan Carlos de Borbón para dedicarse a su mayor afición: apretar el gatillo y disparar contra toda clase de animales inocentes. Su abdicación no es una buena noticia para los elefantes, que suponemos solo confían en que el ex monarca ya no se tenga en pie. Ingenuos elefantes: al Borbón ocioso y millonario podrán ponerle un taburete, sedoso y acolchado, para que dispare sentado y apenas sin mirar, regio placer.

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El problema es que faltan muchas abdicaciones

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 Todo cuanto nace es fluido, dúctil, al principio pero luego se torna en rígido. Como ejemplo más gráfico, el cuerpo humano que se va anquilosando con los años. Hay que tener muy regado por el uso el cerebro para que no le ocurra también. No todas las personas lo consiguen. José Luis Sampedro lo logró, sin duda. Y no es el único, evidentemente. Por lo general, la vejez pierde elasticidad además de en el físico, en su mente, en el encaje de las situaciones, en el esbozo y resolución de proyectos. A ello, ha apelado el Rey Juan Carlos para abdicar en su hijo Felipe al justificarlo así: “Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”.

 La vejez. La más convencional, se impresiona, se aferra a lo que le presta seguridad, se repite a veces hasta la extenuación del contrario. Apenas han transcurrido unas horas desde el adiós del Rey a su cargo y ya estamos anestesiados de tanta historia repetida, tanta loa oficial sin fisuras, tanto debate en buena parte estéril porque se huye del que tiene trascendencia. Ganan por abultado tanteo a la información sobre asuntos cruciales que, sin duda, se precisa conocer ante un hecho histórico de estas características. Y luego vendrá el turno de su sucesor, con los mismos pasos. Es como la vida diaria de un anciano sin horizontes que se levanta, desayuna; si no le duele mucho alguna parte del cuerpo, sale a dar un paseo, y se compra la comida. Y charla con quien sea. Y repite, repite y repite, clavando mil batallitas. Para luego acostarse soñando que se despertará vivo y podrá ejercer las mismas rutinas. A ese esquema reduce sus proyectos. Una vejez que –con matices- se produce casi a cualquier edad porque hay ancianos de 40, 30 y hasta 20 años.

 El problema no es en este caso la edad provecta de las personas porque nadie es insustituible, la cosa se complica cuando el anciano decrépito es un país, una sociedad. No pueden abdicar en busca de soluciones. Nos encontramos en un periodo ampliamente descrito en la decadencia de las civilizaciones. Y es de manual. En las sociedades estratificadas, anquilosadas, hieráticas, no se mueve nada, no surgen proyectos ilusionantes. Quienes desempeñan algún tipo de poder dedican su esfuerzo a que todo siga igual. A levantarse, comer como esté establecido, dar un paseo por los canales encauzados, o distraer la espera con lo que no comprometa, con lo que aburra -al punto de desconectar- a la tercera repetición. Huyendo de estímulos para huir de riesgos.

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Daños colaterales

No voy a dudar de la veracidad de las informaciones que aseveran que la decisión de abdicar fue tomada por el Rey a principios de año y de que tanto el presidente del Gobierno como el jefe de la oposición la conocen desde marzo. Entra dentro de la lógica de los "asuntos de Estado" que se pactara no hacerla pública hasta después de que se produjera la cita electoral prevista, con el objeto, supongo, de no convertir el debate Monarquía/República en un ítem de campaña, y también de que estuviera atado y bien atado cómo será la ley orgánica que confiera legalidad a lo que es una decisión soberana.

Asumamos que todo eso ha sido tejido y entretejido con toda la sibilina delicadeza que manejan aquellos que se creen llamados a proteger los destinos de la patria. Pensemos que eso incluye también la clarificación de la posible disputa sobre el alcance de la irresponsabilidad penal del Rey recogida en la Constitución para no dejarle al albur de las jaurías que pudieran querer ahora lo que no pudieron antes.Todo ello habría sido hábil y sabiamente pactado y sellado a nuestras espaldas y por nuestro bien antes de conocer la situación a la que nos llevarían estos comicios.

Y de ella es de la que quiero hablar ahora. De esas consecuencias políticas inevitables, sobre todo para la izquierda, que se derivan de un tránsito dinástico que se pretendía amarrado, rápido y con las menos consecuencias.

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Proceso (re)constituyente

Tradicionalmente, cuando los diarios españoles lanzan ediciones especiales vespertinas, no es tanto para informar como para cohesionar. A estas jornadas de poca información, pero de mucha comunicación, que surgen cuando el Estado necesita una ayudita, se les podría llamar Apagón Informativo. Son uno de los sellos de la Cultura de la Transición.

Hasta ahora servían para vertebrar, de arriba abajo, el pensamiento oficial ante un tema urgente. Hoy, a pesar de que ese acopio de medios apuntando hacia la misma línea de investigación resulte, en verdad, apabullante, tal vez sólo sirva para saber cuál es el pronunciamiento oficial ante un tema.

Por lo general –y en lo que es otra característica del género, y de ahí la palabra "apagón"–, esa información vertida poco tiene que ver con lo que, ante el mismo objeto, informa y señala la prensa extranjera que, como su nombre indica, no está sometida a la cultura local. Exemplum: mientras Rajoy daba el pistoletazo de salida al festival y apuntaba los futuros titulares patrios, Le Figaro ya titulaba la cosa en otra lógica –L’impopularité de Juan Carlos menace la monarchie–. A los pocos minutos, The Washigton Post optaba por un Deeply unpopular Spanish King to Abdicate de throne in favor of son. Son titulares, en fin, poco probables por aquí abajo, que apuntan a que, por aquí abajo, el periodismo de los últimos 35 años suele tender, antes que a ser un poder, a ser una región del poder, esa cosa que, tradicionalmente, no tiende a informar sobre sí misma.

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Si el príncipe Felipe fuera un verdadero demócrata...

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Juan Carlos y su hijo Felipe

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, entendería que ahora, en pleno siglo XXI, le corresponde poner fin a una institución obsoleta y antidemocrática como la monarquía para dejar paso a la soberanía popular. No basta con un referéndum en el que los ciudadanos podamos elegir si la monarquía continúa o no. Al igual que no votamos solo una vez en la vida para decir sí o no al presidente del Gobierno, sino que lo hacemos cada cuatro años, tenemos derecho a decidir a menudo -y no solo una vez- quién debe ocupar la jefatura del Estado. Eso es, al fin y al cabo, una de las esencias de la democracia.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata entendería que la existencia de un Jefe de Estado llegado a tal por herencia real y sanguínea, con privilegios espectaculares, es un residuo de épocas oscuras en las que a los ciudadanos se les imponía ser simples súbditos.

Ha dicho Juan Carlos en su discurso de abdicación, que “hoy merece pasar a primera línea una generación más joven”, como si el príncipe Felipe fuéramos todos los nacidos a finales de los sesenta o en los años setenta, como si representara a todo esa generación. Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata corregiría a su padre y le recordaría que él, el heredero, no es precisamente representante de una generación afectada por la precariedad, el desempleo, los recortes y el aumento de la desigualdad. Si lo fuera, habría renunciado a sus múltiples privilegios: su mansión, su abultado sueldo, su exigencia de ser tratado como alguien elegido casi por un dedo divino, ante quien el protocolo ordena tratar como a nadie.

Ha dicho hoy Juan Carlos que cuando comenzó su reinado se propuso “encabezar la ilusionante tarea que permitió a los ciudadanos elegir a sus legítimos representantes”, para a continuación hablar de heredero. No hay nada más incompatible con la elección de nuestros representantes que un heredero. Pensará quizá que una mentira repetida muchas veces terminará siendo considerada verdad. No está de más recordar las palabras que pronunció Juan Carlos cuando tomó posesión de su cargo:

 “¿Juráis por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional?”, le preguntaron entonces, en el juramento.

“ Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”, contestó Juan Carlos.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, admitiría que durante el reinado de su padre los ciudadanos no pudimos elegir a todos nuestros legítimos representantes porque el Jefe de Estado fue asignado a dedo y durante estas décadas no nos dieron oportunidad de decir si queríamos que continuara en su cargo. 

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, admitiría que la herencia de su cargo se corresponde a una imposición que se remonta al golpe de Estado que acabó con la II República, democrática, para sembrar años de terror, represión y impunidad, que desembocaron, casi cuarenta años más tarde, en la designación de Juan Carlos como sucesor, efectuada por el propio dictador.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, abordaría toda la historia prohibida y subterránea de este país, aquella que sitúa a España como el país del mundo con más desaparecidos -más de cien mil, aún-, tan solo superado por las cifras del horror de Camboya. Reconocería que la impunidad sobre la que se construyó la tan mitificada Transición tiene como base el olvido, la desmemoria, y el rechazo a la verdad, justicia y reparación para tantos ciudadanos que lucharon por la democracia y que fueron asesinados, perseguidos o represaliados por ello.

Democratizar la jefatura del Estado a través de un referéndum es un primer paso, pero no el último. La imaginada Tercera República no se limita a liturgias, insignias, cánticos y banderas. En el imaginario colectivo la Tercera República conecta con ese otro mundo posible, por el que lucharon nuestros abuelos y bisabuelos, en el que la soberanía popular no se reduzca a tan solo palabras huecas, en el que la Carta de Derechos Humanos de Naciones Unidas no resulte tan solo tinta sobre papel, en el que todos podamos disfrutar de una vida digna, con una vivienda, un trabajo y un sueldo dignos. La imaginada Tercera República no implica el rechazo a quienes piensen diferente, sino la voluntad de incluir a todos, sin las imposiciones a las que nos han sometido durante toda esta prolongada Transición.

Desear una III República no es solo decir basta a la Casa Real, impregnada de privilegios y casos de corrupción. Es también, y sobre todo, reivindicar una democracia realmente participativa frente a un modelo -el régimen del 78- que hasta ahora ni siquiera ha llegado a ser representativo. Es luchar contra un sistema que quita viviendas a la gente para dárselas a los bancos. Es combatir unas políticas que fomentan la desigualdad y permiten que los ricos sean más ricos mientras nosotros tenemos cada vez menos. Es defender un mundo en el que no se criminalice la protesta -derecho fundamental en una verdadera democracia-, en el que la economía esté al servicio de la gente y no de una elite. Es reivindicar otra forma de entender la política.

Y es también, por supuesto, que ninguna familia, ni siquiera la de la Casa Real, esté por encima de otra. Los principios de la Revolución francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, siguen pareciendo hoy revolucionarios en esta España de la casta.

Pero el matrix que representa este régimen está empezando a rasgarse y somos muchos los que vemos ya que el rey del cuento está desnudo, por más que insista en que lleva el más innovador de los modelos confeccionados por un sastre.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, renunciaría a eso que llaman “su herencia”, a sus privilegios, defendería rendición de cuentas y revocatorios para todos, incluido el jefe de Estado, bajaría al mundo de los mortales y se uniría a nosotros, para ser uno más e intentar, si lo deseara, trabajar junto con tantos otros por una democracia participativa y real.

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Hasta el infinito y más allá

Incluso los mejores republicanos deben reconocer a la Casa Real acierto en la sorpresa y contundencia en la ejecución. Después de tres años de errores, de ir dos pasos por detrás de los acontecimientos y reaccionar siempre tarde y mal, Zarzuela acierta por fin. Ya no quedaba rey para quemar y, a este paso, tampoco iba a quedar mucho príncipe que proteger. O se hacía ahora, o a lo mejor ya no se podría hacer.

El momento ha sido elegido con sagacidad. Una semana después de las elecciones europeas, cuando medio país reclama a Gobierno, partidos mayoritarios e instituciones que escuchen el mensaje y el otro medio se asombra por su falta de respuesta, la Corona aparece como la primera en responder y con potencia.

Mientras el PSOE se embrolla en un lío de procedimientos y reglamentos, Rajoy tira de millones para comprar nuestro cariño con un plan de recuperación que es puro marketing e incluso el magistrado más incapaz de la historia del Constitucional es cogido bebido y macarreando sobre su moto por Madrid, pega primero y pega dos veces el rey que parecía el más viejo, el más enfermo y el más cansado.

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sobre este blog

Zona Crítica es el canal de opinión política de eldiario.es. Un espacio colectivo de reflexión, análisis y testimonio directo.

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