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Lo que no dice la ley de abdicación

El rey Juan Carlos y el príncipe Felipe, durante el acto central de la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, en Madrid. / Efe

"S. M. el Rey Juan Carlos I de Borbón abdica la Corona de España. La abdicación será efectiva en el momento de entrada en vigor de la presente ley orgánica". Treinta palabras que pueden reducirse sin violencia a tres: el rey abdica. Esto es lo que ley dice.

"El rey abdica" es una proposición que describe un hecho, no es una norma. La insalvable diferencia entre normas y hechos está en lo siguiente: los hechos se describen con proposiciones cuya estructura es S es P (sujeto es predicado, Sócrates es mortal, Juan Carlos abdica la corona); las normas también describen hechos, pero sólo para enlazarlos a consecuencias (Si se da un hecho, entonces debe de darse una consecuencia. Por ejemplo: "Si el rey abdica entonces debe de abrirse el proceso sucesorio en los siguientes términos...").

Los hechos en cuanto acaecidos son inmutables, mientras que a la misma naturaleza de la norma pertenece la posibilidad de su contravención. Si una norma no se puede violar no es norma. Tan estúpida sería la norma que prescribiese algo imposible, como la que prescribiese algo que necesariamente va a suceder. El enunciado "mañana no amanecerá" es tan estúpido como el que dijera "mañana amanecerá". La norma, en todo caso, diría: "Si mañana amanece [hecho] entonces deben apagarse las luces [consecuencia]". O: "Si el rey abdicara [hecho], entonces se abre el proceso sucesorio [consecuencia jurídica]".

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Cuando el chapapote se llama chirimoya, sandía o zanahoria

El concejal del PP en Lanzarote Roger Deing afirmó el otro día que “ un derrame de petróleo daría trabajo” en las islas. Una declaración que es violencia pura. Que, incluso, debería ser constitutiva de delito, pues supone apología de un posible atentado ecológico. El tipo, además de concejal, es director de un colegio, el Hispano-Británico, extremo que aterra tanto como imaginar un vertido de petróleo: chapapote en las costas, chapapote en los cerebros de los chavales.

Miles de personas han salido a la calle en todas las islas canarias contra las prospecciones previstas por Repsol a muy pocos kilómetros de Fuerteventura y Lanzarote, vendidas a la petrolera por el ministro Soria. El visto bueno definitivo, a través de un informe favorable de impacto ambiental que da vía libre a Repsol, lo ha dado el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente. ¡Medio Ambiente! Debe de ser porque a cada uno de los sondeos que Repsol va a realizar en perforaciones que alcanzarán los 6.000 metros de profundidad, y que arrasarán los ecosistemas marinos, los han llamado Chirimoya, Sandía y Zanahoria. Este es el disparate en el que vivimos.

La sociedad canaria está indignada, como lo estamos todas las personas con un mínimo de sensibilidad medioambiental, es decir, con los dos dedos de frente que faltan a los ministerios corruptos, serviles con el capital de unos pocos, cómplices de la destrucción del planeta que llevan a cabo las multinacionales y los bancos: La Caixa es la mayor accionista de Repsol. En una demostración más de su prepotencia, de ese desprecio ya cotidiano por los que deben ser los canales de una autentica democracia, el Gobierno central niega al pueblo canario la consulta al respecto por la que mayoritariamente clama. ¿Para qué existe entonces, en la tan manoseada Constitución, la figura del referéndum? Para nada. Es puro humo. La reclamada consulta sobre la Jefatura del Estado así lo demuestra también.

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España, donde el tuerto es rey

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Mientras Felipe de Borbón y Letizia Ortiz baten el récord mundial de apariciones en eventos de alto copete para proclamar lo bonita que es la unidad, van emergiendo las razones que precipitaron la abdicación de Juan Carlos de Borbón. La demoscopia publicada no miente. La mayoría quería esta abdicación, la mayoría desea un referéndum y la mayoría que prefiere Monarquía a República ha resultado ser más minoritaria de lo previsto. El rey ha demostrado no haber perdido del todo su olfato político. Sabía que era ahora o puede que nunca.

Con su decisión el renqueante monarca les ha echado varias décadas encima al resto de las instituciones del Estado. La Monarquía, que parecía tan vieja, acabada y acosada por los escándalos de corrupción y la desafección popular, ha sido la primera en iniciar la renovación generacional. La pregunta resulta obvia: ¿Van a seguir su ejemplo otras instituciones sacudidas por parecidos o idénticos problemas? ¿Qué harán los partidos mayoritarios, los sindicatos, la patronal, la judicatura o incluso los medios de comunicación?

Si la idea de Zarzuela pasaba por abrir con su gesto la espita de la renovación generacional, de momento no funciona. Todos los teóricos destinatarios de su mensaje sobre la urgencia y la conveniencia de que sea la juventud la que baile, como pasaba en la Transición y en Aplauso, no se dan por enterados.

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Una lección de lógica para una población imbécil

A mí en el colegio me enseñaron algo de lógica aristotélica. Nada, eh. Una miguita en segundo de BUP. La cosa funcionaba así: se establecen dos premisas y de éstas se deduce una conclusión. Vamos allá, que no se diga que aquí no ejemplificamos:

1. Los planetas son redondos

2. La Tierra es un planeta

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Un rey no rinde cuentas

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Una oleada de académicos expertos en vislumbrar el progreso nos informa de la futilidad de la República, así como de los riesgos que entraña. Sus argumentos científicos tienen la pretensión de que el debate sobre la sucesión dinástica se descarte por intranscendente y quede relegado a ambientes marginales repletos de freaks indignados. Sorprende este comportamiento, porque, hasta la victoria de Franco en la Guerra Civil, la gran lucha política fue república frente monarquía; es decir, democracia contra despotismo.

La monarquía representa el principio de autoridad externo a la comunidad política que limita su soberanía. La monarquía es el Estado, por eso, es el símbolo máximo del poder de coacción de las instituciones sobre la población, sobre sus súbditos. El rey es una figura paterna que tutela nuestra libertad política y ese es su significado. En consecuencia, es inviolable, es inmune a cualquier acción legislativa o judicial: disfruta de total impunidad, porque el poder, si está limitado y sometido a control, deja realmente de ser poder. Este principio de autoridad se combina en nuestro ordenamiento jurídico con el principio democrático de Voluntad General expresada mediante nuestros representantes en el parlamento, pero se trata de un equilibrio imposible y conflictivo desde hace más de dos siglos. Es más, jamás se solucionará tal conflicto, porque es irresoluble: si el principio de autoridad prevalece la comunidad política siempre estará limitada por un marco institucional rígido que protege a sus responsables de la fiscalización ciudadana. Por el contrario, si el principio democrático se impone no puede existir una figura externa que fije los límites de la soberanía. Esto significa que el legislativo, la sede de la soberanía popular, adquiere la primacía y termina por domesticar al poder judicial que pierde su teórica independencia.

Este es el miedo a la democracia que mueve a tantos académicos que defienden la monarquía: sin rey caeríamos en el populismo, en el presidencialismo, en el totalitarismo, en el chavismo… En definitiva, que legalmente seríamos mayores de edad pero, por nuestra inmadurez mental, nos dejaríamos arrastrar por el primer demagogo que saliese por la tele (las personas que usan estos argumentos suelen pensar que son más listos que el resto de mortales). Por lo tanto, las personas que defienden la monarquía no son demócratas: pueden ser liberales (que es completamente legítimo), pueden ser partidarios de una amplia participación política, del sufragio universal, pero, después de todo, creen que no todos somos iguales. Perdón, creen que es imposible que todos podamos ser iguales, porque siempre existirán elites que gobiernen el mundo y, en todo caso, sólo se trata de escoger a las mejores elites posibles, a las más competentes y bienintencionadas. Cómo lograr que esas elites gobiernen por el bien de todos y no por el suyo particular es la cuestión que les alienta a escribir muchos artículos llenos de estadísticas, aunque todavía no han encontrado la respuesta. Eso sí, ni la democracia ni la republica pueden ser jamás la solución, porque, por si no lo sabían, sólo podemos jugar a la política cuando los mayores nos vigilan.

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Poder, querer y cooperar después de las elecciones europeas

El despertar después de estas elecciones europeas deja sabores muy diferentes según lo miremos a nivel europeo o a nivel español.

En Europa ha sido duro. Nos encontramos con un tremendo auge de la extrema derecha y del euroescepticismo. En Francia el Frente Nacional recoge casi 1 de cada 4 electores, mientras que en Reino Unido el UKIP se alza en primera posición con casi el 30% de los votos y Amanecer Dorado se afianza como tercer partido en Grecia. Aunque su peso relativo y político en el Parlamento Europeo no será decisivo, es inevitable recordar la situación de los años 1930 en Europa. Ante una crisis económica profunda, con desigualdad, paro y pobreza, el discurso del odio es un refugio para millones de personas. Por desgracia, ya sabemos como puede terminar esta dinámica del rechazo del otro. El problema es que los conservadores, que tienen como responsabilidad formar "gobierno europeo" al ser la primera fuerza tras las elecciones europeas, carecen de respuestas convincentes (y la social-democracia tampoco representa una alternativa muy diferente). Frente a la xenofobia, necesitamos  reinventar Europa desde la solidaridad, la ecología y la democracia.

Para ello, contaremos entre otros con el Grupo Verde Europeo donde me integraré primero como asesor político y luego como eurodiputado. Liderado por Ska Keller, gran sorpresa de esta campaña paneuropea, es probable que junto con la Alianza Libre Europea seamos de nuevo el 4º grupo político en el Parlamento Europeo con más de 50 eurodiputados (quizás más si se unen la eurodiputada feminista de Suecia, el partido Pirata de Alemania o los animalistas de Holanda). Allí volveremos a cooperar con todos aquellos eurodiputados, grupos políticos y organizaciones sociales que luchen contra las políticas de austeridad de la Troika, promuevan los derechos y libertades de la ciudadanía, apuesten por más democracia y federalismo europeo o tengan claro que solo tenemos un planeta Tierra.

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La monarquía y las retóricas de la intransigencia

En 1991 se publicó el libro Retóricas de la intransigencia del economista Albert Hirschman, donde analiza de manera crítica lo que llama las tesis reactivo-reaccionarias: la tesis de la perversidad, según la cual toda acción deliberada para mejorar algún rasgo del orden político, social o económico solo sirve para exacerbar lo que se desea remediar; la tesis de la futilidad, que sostiene que las tentativas de transformación social no lograrán "hacer mella", y la tesis del riesgo, que apela al coste del cambio propuesto y concluye que es demasiado alto al poner en riesgo algún logro previo y valioso.

Pues bien, si analizamos lo que ha venido ocurriendo en España desde 1977 a propósito de las reformas institucionales, políticas o económicas nos encontramos, al menos en mi opinión, con que esas tesis reactivo-reaccionarias gozan aquí de buena salud.

Durante el proceso constituyente, y a propósito tanto de la iniciativa legislativa popular como del referéndum, estuvieron bien presentes las tesis del riesgo para reducir al mínimo el papel de dichas instituciones de participación directa. Hay que situar las reticencias en el contexto de la transición de la dictadura a la democracia pero se exageraron sus peligros -se habló del peligro de "conflictos gravísimos" para el sistema-, se desvirtuó su eficacia en el derecho comparado y no se hizo nada después, y con la democracia ya consolidada, para atribuirles la relevancia que merecen. Más bien, se consolidaron los prejuicios paternalistas en contra de la capacidad de decisión de la ciudadanía y la apuesta por el papel omnipresente de los partidos políticos mayoritarios.

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Que venga lo que nunca ha sido. Notas al vuelo sobre repúblicas y pasiones

La abdicación del rey Juan Carlos era algo que se veía venir, no tanto por las mermadas condiciones del monarca como por la estrategia de fondo en la que se inserta. La operación en marcha por parte de los poderes políticos y económicos del país pretende conseguir un impulso regenerativo en un régimen político profundamente debilitado tras el intenso ciclo de movilizaciones inaugurado el 15 de mayo de 2011 y que tuvo su última expresión en la histórica caída del bipartidismo y la desafiante aparición de Podemos en las pasadas elecciones europeas.

La noticia electrificó las redes sociales y rápidamente se articularon convocatorias para expresar en las calles la exigencia de una salida democrática ante la oportunidad que la abdicación presenta: la realización de un referéndum mediante el cual la sociedad española pueda decidir sobre el modelo de Estado del que se quiere dotar. Decidir de forma democrática el modelo de Estado va mucho más allá de la elección entre república y monarquía y conecta con un deseo constituyente que ha ido creciendo a lo largo del ciclo abierto por el 15M, un deseo que quedó reflejado en la viralización –que excedió una vez más a las organizaciones de izquierda– y en la demanda que acompañó la convocatoria y que es ya la orientación estratégica común de amplísimos sectores, el proceso constituyente.

Es indudable que la crisis de la monarquía ha despertado dos pasiones que son coincidentes pero no similares, la republicana y la democrática.

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¿De verdad crecen los beneficios a costa de los salarios?

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Evolución de las rentas salariales y las empresariales.

No hay duda de que la crisis económica está teniendo un impacto negativo en la distribución de la renta. Sin embargo, hay que tener cuidado cuando se afirma que los beneficios empresariales están creciendo a costa de los salarios. Si no ponemos un poco de orden en la cuestión podemos pensar que los empresarios se están llenando los bolsillos a costa de despedir trabajadores y reducir salarios. No es eso lo que dicen los números.

Es un hecho estadístico que, desde el inicio de la crisis, el peso de las rentas del capital en el PIB se ha incrementado notablemente en detrimento de las rentas del trabajo. Pero también es cierto que los dividendos empresariales han disminuido, el cierre de empresas se ha multiplicado y los concursos de acreedores se han disparado.

La controversia nace de una mala interpretación de la ratio “remuneración de asalariados” sobre “excedente bruto de explotación y rentas mixtas” (tomado laxamente, este último, como sinónimo de beneficios) del total de la economía. Entre otras cosas, este cociente excluye en el numerador a los dos millones de “empresarios sin asalariados y trabajadores independientes” que estimada la EPA y, además, incluye en el denominador el “excedente bruto de explotación” de las administraciones públicas (sector que no se contabiliza según el criterio del beneficio sino por el coste de producción).

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Desigualdad y pobreza en la España del siglo XXI

La actualidad (social) en nuestro país la podríamos dividir entre aquellos que esperan la luz que dicen se ve al final del túnel y aquellos otros que no ven ni el túnel. Me voy a centrar en los segundos, que reflejan una realidad de España en el siglo XXI que jamás me hubiera imaginado.

La Encuesta sobre Condiciones de Vida (ECV), que publicó recientemente el INE, ha arrojado unos datos bastante alejados del optimismo macro que embriaga al Gobierno. A grandes trazos, los datos son los siguientes: el  ingreso medio en el hogar está estimado para 26.775 euros (1.992 euros en catorce pagas entran de media en un hogar); estás en el  umbral de la pobreza si eres un hogar unipersonal e ingresas unos 580 euros mensuales en 14 pagas; si eres una familia de dos adultos con dos menores, la cantidad se sitúa en unos 1.200 euros al mes en catorce pagas.

Uno de cada cinco españoles es  pobre (uno de cada cuatro si es menor de 16 años), la pobreza laboral se sitúa en el 11,7%, pero si no trabajas aumenta al 39,9%; casi la mitad de los españoles no puede permitirse una semana de  vacaciones, cuatro de cada diez no puede afrontar un  gasto imprevisto, casi 2 de cada 10 pasa  mucha dificultad para llegar a fin de mes y uno de cada diez lleva algún retraso en gastos relacionados con la  vivienda habitual. El AROPE, el indicador que engloba varias medidas, sitúa el riesgo de pobreza y exclusión social en el 27,3%. España siglo XXI.

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sobre este blog

Zona Crítica es el canal de opinión política de eldiario.es. Un espacio colectivo de reflexión, análisis y testimonio directo.

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