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La picadora de carne

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Por listos que seamos no conseguimos engañar a la Naturaleza ni escapamos a las leyes de la Física: estamos en un tiempo de destrucción y todos los procesos van entrelazados en su crisis. La picadora de carne está funcionando.

Destrucción que es una purga también. Tiene algo de purga moral el espectáculo de la entrada en la cárcel de tonadilleras castizas, políticos y, fugazmente, algún banquero. Viéndolos entrar aplaudimos delante del televisor, su caída alivia un poco la presión de nuestro enfado. Y purga de la política podría ser el castigo, por ahora puramente virtual, que adelantan las encuestas a los partidos existentes.

El PP es un gran vacío, el gobierno de Rajoy es un agujero negro político que lo traga todo, dentro de esa voraz oscuridad prevalecen los fenómenos autodestructivos: Monago, Aguirre, Botella, Cospedal, Santamaría...Nicolasín es la figura que mejor retrata ese poder cortesano parasitario, sin más proyecto que la depredación. Nicolasín es el hijo de todos ellos.

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Aplausos en el circo europeo

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Confieso que no me extraña el fervor mostrado por Pablo Iglesias hacia el discurso desgranado por el papa en la cosa europea. No se lo achaco, como hacen otros, malintencionadamente, a un afán de sumar votos, vengan de donde vengan. Es otra cosa. P.I. pertenece a una generación que no sufrió los rigores de la jerarquía eclesiástica, colegios mediante, durante la dictadura, ni fue llevado a rastras al Congreso Eucarístico del 52. El suyo es un mundo mucho más soft, que guarda en su bien dispuesto corazón un hueco hasta para Jorge Verstrynge. No tiene, como es natural, otra memoria que la propia. Algunos dirían que está a medio cocer. Yo, no. Es lo que hay. Lo que hemos criado: en el mejor de los casos.

Y es cierto que, por otra parte, las palabras del pontífice –hay que recordarlo, el campechano Francisco Bergoglio es un pontífice que manda desde el Vaticano y no ha sido elegido por votación popular– fueron prudentes y pastorales, fustigaron con amabilidad las políticas que siguen los parlamentarios europeos dominantes –los mismos que babeaban, ovacionándole–, y sonaron en recio contraste con el discurso de papas anteriores. Contra la pobreza, por la dignidad: por favor, un aplauso.

Pero que hable de lo suyo en lo suyo y a los suyos: en el seno de su, por la parte que nos toca, subvencionada –y a la fuerza– Iglesia. Porque a mí también me gustaba mucho Juan XXIII, el papa bueno original de quien Bergoglio es una calcomanía, difusa pero muy difundida por los actuales cauces mediáticos. Le tenía afecto a aquel hombre regordete e inteligente, que introdujo la realpolitik en la diplomacia vaticana y la sencillez en el trato, sobre todo en oposición a su predecesor, el filonazi Pío XII. Sin embargo, ni siquiera a Roncalli le habría permitido darme ni un solo consejo político. Cada cual en su casa y Dios en la de nadie, sólo en la almita de quien lo considere útil para pasar las malas noches.

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Beligerancia contra la violencia machista

La mayoría de los medios de comunicación ya no informan de los asesinatos de mujeres a manos de hombres. No es que los asesinatos de mujeres se vayan por el sumidero de un breve, como ocurría con algunas víctimas del terrorismo en los setenta y ochenta, cuando caían por docenas, no; es que, sencillamente, no se informa de los crímenes de mujeres. Salvo honrosas excepciones, los periódicos ya no hablan de la violencia machista, salvo aniversario o día internacional. Como lo que no se cuenta no existe, corremos severo riesgo de pensar que la violencia de género ha desaparecido. Por desgracia sigue vigente y con una sensación de que se retrocede en la lucha para erradicarla.

En lo que llevamos de año, 51 hombres han asesinado a 51 mujeres con las que tenían un vínculo, 33 niños y jóvenes se han quedado huérfanos, sin madre. Ha disminuido el número de mujeres que denuncian malos tratos, casi un 9%, y ha aumentado el número de mujeres que renuncian a seguir con el proceso judicial una vez interpuesta la denuncia, más de un 5%. No hay campañas de sensibilización y denuncia de las que tengamos memoria y se ha reducido en un 30% el dinero que antes se invertía en la lucha contra la violencia machista.

Pasados los años en los que la violencia de género era abordada de manera proporcionada a la gravedad del problema, asistimos a una desactivación de esa lucha, a los ataques al feminismo y a un auge del machismo en los más jóvenes.

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Resistir en la izquierda del tablero

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Se cuentan por miles las personas que han perdido una vida a la izquierda del tablero. Que han perdido todas las batallas, las elecciones y las apuestas, luchando, desde sus barricadas, por cuatro buenas ideas. Estigmatizados por no haber aprendido (ni aprehendido) con los años las tristes reglas del juego, en la izquierda del tablero vociferan esos dignos perdedores a los que les duelen menos las pérdidas que la falta de identidad y de coraje.

Sus siglas pueden ser muchas como podría no ser ninguna, pero tienen un proyecto de izquierda, un programa de izquierda y hasta una misión de izquierda. Se saben de izquierda y pueden acreditar que la izquierda existe, porque ellos están ahí, contra todo pronóstico, desde tiempo inmemorial, en los sindicatos, en los centros de trabajo, entre el precariado y entre los parados, en las movilizaciones, en las calles, en las plazas, en las universidades… intentando desvelar, con escaso éxito, seguramente, las 1.001 caras de la política neoliberal.

Sus vidas son el testimonio de un fracaso tan incómodo que algunos querrían borrarlas de un plumazo con un fulgurante viaje a esa gran meta colosal que siempre representó la "centralidad del tablero". Por lo que parece, allí corren los ríos de abundancia, y uno puede relajarse, por fin, en un inmenso sofá, viendo la tele y criando malvas. Para quien lleva una vida luchando para perder, este viaje sin retorno puede resultar tan tentador que sorprende que un obstinado pelotón de perdedores cultive todavía la cultura de la sospecha, la crítica y la protesta, y resista ferozmente a estos repetidos reclamos publicitarios de la política tradicional. Deje usted de ser de izquierda o disimule que lo es, porque la izquierda ni ha vendido nunca, ni venderá jamás.

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También es violencia

Te levantas, te vistes, un café con leche, y a trabajar. Coges el metro, que va hasta arriba de gente con cara de lunes, y un tipo de unos 50 años se pone detrás de ti. Presiona, sientes su cuerpo contra el tuyo, notas su respiración en tu cuello. Sales del vagón y te sacudes para quitarte esa sensación que el hombre ha dejado en ti. Caminas calle abajo; un grupo de hombres se gira para mirarte, aprovechando para soltar algún tipo de barbaridad. Contestas y te llaman histérica loca.

Entras a la oficina, tu jefe suelta el comentario diario sobre tu cara, tu cuerpo o tu ropa con esa sonrisa que te pone tan nerviosa y, deseando que acabe pronto la jornada y perder la cara del jefe hasta mañana, vas a tu mesa, donde está un grupo de compañeros, esos que cobran más que tú por el mismo trabajo, hablando sobre lo buenas que estaban y lo guarras que eran las mujeres con las que se han cruzado durante el fin de semana. Acabas.

Has quedado en el bar de siempre con tu gente a tomar algo, pero no puedes concentrarte en la conversación porque enfrente hay un tipo con un vaso en la mano que no deja de acosarte con la mirada y de hacer gestos que te incomodan; pasa por tu lado, y aprovechando la confusión, te roza el muslo. Terminas la cerveza y te despides de tus colegas mientras piensas qué recorrido tomar para ir a casa por las calles mejor alumbradas. Vuelves a aguantar comentarios sobre ti de desconocidos, agachas la cabeza cuando te cruzas con un grupo de hombres. Tienes que coger alguna calle sin luz, una tensión recorre tu cuerpo y aceleras. Llegas al portal y, mirando que no hay nadie cerca, entras en casa. Por fin.

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La Iglesia más hipócrita del mundo

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Si los terribles sucesos que se investigan en Granada y han conducido a la detención de tres sacerdotes y un seglar profesor de Religión hubieran sucedido en Tennessee o en California, el 'clan de los Romanones' sería calificado sin remilgos como una secta donde los acólitos eran material de consumo sexual reemplazable al servicio de una organización mafiosa que se dedicaba a extorsionar y robar a ancianos moribundos. Como hemos topado con la Iglesia católica, todo se vuelve no llamar a las cosas por su nombre y agotar el repertorio de sinónimos y metáforas.

Mientras la policía investiga con un celo por la intimidad de los acusados que para sí quisieran muchos otros, lo más llamativo del caso sigue siendo cómo salió a la luz. Fue como resultado de una carta enviada por un miembro supernumerario del ultraconservador Opus Dei a un Papa con fama de progre y poco ortodoxo. No se la remitió al arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, ultraconservador y miembro del movimiento ultramontano Comunión y Liberación. Tampoco a la Conferencia Episcopal Española, que tantas lecciones de moral nos ha impartido.

Parece algo extravagante pero tienen una lógica aplastante. A un lado tenemos al arzobispo de Granada, el editor del clásico Cásate y sé sumisa, hombre de negocios y leal protector de los pocos sacerdotes que le son fieles en su diócesis. El prelado que igual se postra en el suelo para pedir perdón que para remodelar su palacio. Al otro tenemos a un papa Francisco que cesa obispos pederastas, acude a rezar por los inmigrantes muertos en Lampedusa mientras los gobernantes corren a esconderse y va al Parlamento Europeo a denunciar que el Mediterráneo no puede ser una tumba. Cualquier persona en su sano juicio y que quisiera que alguien hiciera algo, también habría mandado la denuncia al Vaticano.

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Y todo esto lo hicimos nosotros

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Conviven a un tiempo dos procesos contrarios en este país. Está la sensación pertinaz de que nada se mueve en la política española, de que insisten en seguir en sus trece los catorce de siempre, de que son sordos al clamor, insensibles al calor y tozudos en su verbena, de que seguimos siendo la España carpetovetónica, casposa, farandulera y cautiva. Y luego le das vuelta a la cabeza y se te viene encima un ciclón de viento fresco que le está cambiando la cara al paisaje, arranca la hojarasca, se lleva la mugre, reverdece las ramas y nos deja el cuerpo como nuevo. Entre la España que muere y la que bosteza, que decía Machado, estamos viendo mejorías que no hubiéramos creído.

En las peores circunstancias, está saliendo lo mejor de muchos. La última ha sido la de Carmen, la anciana de 85 años desahuciada por avalar con su casa un préstamo de su hijo con un particular, y rescatada por la plantilla del Rayo Vallecano, que ha decidido pagar su alquiler hasta que le den una vivienda social. Y mientras, las administraciones, a por uvas y la policía ejecutando la sentencia aunque sea su misma abuela la desahuciada. Ahí tenemos otro tremendo fracaso de las instituciones a las que una parte de la sociedad ha vuelto a dar una lección de civismo y humanidad.

Mientras, ellos como si oyeran llover. Está lloviendo mucho, que decía el presidente. Pues sí, aún siguen lloviendo órdenes de desahucio, despidos, pobreza y desigualdad, y, aunque se salve a Carmen, quedan miles de familias por rescatar, pero el Gobierno sigue preso de sus deudas con los bancos y está siendo la gente la que está rescatando este país que otros se ocupan de hundir. Aún queda mucho por hacer, mucha gente a la que ayudar y corrupto al que encerrar, pero hay que ver todo lo que se ha hecho y se está haciendo ya. Se han parado desahucios y privatizaciones, se han taponado hemorragias colectivas y se ha limitado una conflictividad social que nos hubiera desangrado aún más.

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Seis de cada diez

Se abre el plano y alguien lee en la pantalla de su ordenador una  noticia que anuncia que seis de cada diez jóvenes piensan en largarse a buscar trabajo a cualquier sitio donde haya oportunidades empujados por una situación en que más de la mitad no encuentran trabajo, uno de cada cinco vive en riesgo de pobreza y, no se sabe muy bien la estadística, pero lideran los ránkings europeos de consumo de antidepresivos y ansiolíticos.

En ese país, uno de cada seis padres y una de cada seis madres sienten que el esfuerzo volcado en pagar libros de texto, matrículas universitarias, neveras llenas o clases de idiomas ha servido para ver rodar por dieciocho de cada treinta mejillas lágrimas en un aeropuerto o una estación de tren. Doce de cada veinte abuelos y abuelas, que han contribuido con los impuestos sobre sus pensiones, con pagas los domingos y con lo que hiciera falta el resto de los días, saben que solo verán a sus nietos, con suerte, en nochebuena y nochevieja. De los otros cuatro de cada diez, los que no se plantean irse, muchos no encuentran trabajo o soportan, cuando lo encuentran un mes sí y dos no, a salto de mata y por unos pocos cientos de euros, que les digan eso de “estarás contento, que por lo menos tienes algo”.

Ojalá el plano fuera de cualquier película de ficción de esas, ahora tan de moda, que pintan panoramas terribles de sociedades destruidas, autoritarias y sin lazos de comunidad. Pero no. Es el plano de un documental que podría empezar a grabarse esta misma mañana y que cuenta la vida de cualquiera en España. La tuya o la mía. La de cualquiera del millón de personas que se ha ido desde 2012. Raíces vigorosas, la senda de la recuperación y vamos por el buen camino. Ya saben.

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El Parlamento en los platós de televisión

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“Tiene más carisma que Rajoy, más credibilidad que Pablo Iglesias y liga más que Pedro Sánchez”. “El 'pequeño Nicolás', con tan solo 20 añitos, le moja la oreja a la mayoría de los políticos de nuestro país”. Opiniones de este tenor, vertidas en la red, demuestran lo que los programas llamados de debate suponen en nuestra sociedad. Los personajes son intercambiables: políticos de cualquier ideología, periodistas, diferentes vividores –con mayores o menores problemas psicológicos–, lo que cuenta es el espectáculo. El que siempre pide más. En los circos ambulantes de la anterior miseria española –en la larga posguerra– ofertaban en cada nueva gira algo más sorprendente: la mujer barbuda o la cabra de dos cabezas, el 'más difícil todavía'. A ver, qué es lo siguiente para mantener la atención.

Los programas de opinión se han enseñoreado de la programación audiovisual. De la mañana a la noche, todos los días de todas las semanas y todos los meses. Se diría –se ha dicho– que han  sustituido de alguna manera al Parlamento en discusiones básicas, dado que la apisonadora del PP lo ha convertido en un órgano inútil en la práctica. Hace tiempo que, de hecho, lo es legislando por medio de decretos-ley y al imperar, además, la disciplina de voto. Pero ya ni se escenifica la simulación.

Miles de personas se congregan, pues, ante el televisor para ver qué opinan otros sobre temas que les interesan. No tantas tampoco. Salvo que pesquen una buena pieza –que entonces sí se disparan las audiencias–, la cifra habitual se sitúa en torno al millón de espectadores. Mucho menos que un partido de fútbol o una película con cierto gancho. En el caso de los debates, eso sí, amplificados por las redes sociales. Por Twitter, con mayor precisión, que se convierte en una carrera de hashtags.

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25N: el machismo que sostiene la violencia de género

Este 25 de noviembre volvemos a recordar, con acciones, con actos o manifestaciones que es necesario eliminar la violencia hacia las mujeres. Una reivindicación necesaria que se refiere, no sólo a las agresiones que sufren las mujeres (y sus menores) por parte de sus parejas, sino a todas las violencias machistas que se sufren diariamente, ya sean agresiones sexuales de desconocidos o pequeñas tiranías machistas de lo cotidiano de personas cercanas.

¿Qué ocurre en esta sociedad para que todavía hoy haya mujeres asesinadas? Aunque se ha avanzado mucho en nuestro país, las mujeres, hoy por hoy, no hemos alcanzado la igualdad en los salarios, ni en la política, ni en el empleo, ni en los cuidados... El machismo es algo intrínseco en nuestro modo de vida. Y puede parecer que no tiene relación que una mujer cobre menos por su trabajo con que asesinen a otra, pero esta desigualdad en todos los ámbitos es una suma de factores que tienen como resultado que la mujer sea considerada inferior o que se merezca un trato desigual o que entienda que debe someterse a las voluntades del hombre del cual está enamorada. Este machismo arraigado a lo más interno de nuestra sociedad, como todo problema estructural, requiere soluciones radicales (de raíz) a corto, medio y, sobre todo, a largo plazo.

La violencia de género debe abordarse de forma integral y esto exige actuar de manera persistente ante actitudes y valores patriarcales y machistas, fuertemente arraigados en la sociedad, ante las relaciones desiguales y ante la falta de autonomía y libertad de las mujeres, que ha empeorado por la crisis económica y por las políticas de recortes.

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sobre este blog

Zona Crítica es el canal de opinión política de eldiario.es. Un espacio colectivo de reflexión, análisis y testimonio directo.

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'Fronteras y mentiras', ya en los quioscos

Ya está en los quioscos la revista de eldiario.es con la investigación periodística sobre las muertes de Ceuta y la inmigración en España, que desmonta el discurso oficial de la alarma social

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