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El modelo de empresa

Como ponía de manifiesto Ramiro Feijoo en el artículo del que éste es continuación, hay un amplio consenso en que la tendencia al decrecimiento o al estancamiento de la tasa de productividad es un problema fundamental en las economías de mercado avanzadas. Un problema que -con altibajos- se arrastra generalizadamente en estas economías desde la década de 1970. Es ése el momento en el que empiezan a implantarse extensivamente las políticas de inspiración neoliberal (reducción de costes del Estado de Bienestar, freno salarial, reducción del poder sindical, liberalización y desregulación de la economía...): precisamente, entre otros objetivos, para tratar de superar esa tendencia. 

No obstante, cabe plantearse -como lo ha hecho recientemente C. Dillow- si no habrá sido un remedio peor que la enfermedad: porque, en efecto, son cada vez mayores los indicios de que el bajo tono de la productividad lo han motivado en buena medida las políticas neoliberales que  -con mayor o menor intensidad- desde entonces vienen dominando en el panorama de las economías avanzadas. Ramiro Feijóo ponía de relieve en el artículo mencionado una causa esencial: los efectos sobre la productividad provocados por el paro y el deterioro de las condiciones laborales que dichas políticas han impulsado. Pero no es la única. No es insensato suponer que ha influido poderosamente también el modelo de gobierno empresarial y el propio modelo de empresa que el neoliberalismo ha propiciado -y que constituye uno de sus pilares centrales-. Si así fuera, estaríamos realmente ante un fenómeno no poco paradójico: es el sistema ideológico que ha pretendido reorganizar la actividad económica en torno a un modelo de empresa pretendidamente óptimo en términos de eficiencia y de productividad el que está en la base de la pertinaz hipotonía de esta última variable, esencial para el crecimiento y el desarrollo económicos.  Veámoslo con un poco de detenimiento. 

Uno de los elementos centrales de la doctrina económica del neoliberalismo es, en efecto, el modelo de empresa que postula. Un modelo en el que la empresa es, ante todo, una sociedad mercantil: una asociación de capitales sociales. Una sociedad, por tanto, en la que los agentes esenciales y por ello dominantes son los aportadores de esos capitales: los accionistas. Va de sí, en consecuencia, que el gobierno de la empresa debe estar en manos única y exclusivamente de ellos. Un sistema de gobierno basado en la soberanía de los accionistas, que constituye el modelo presuntamente óptimo no sólo para ellos, sino para todos los colectivos afectados por la actividad empresarial y, en definitiva -según la teoría en que se fundamenta-, para el conjunto de la sociedad, y que entiende que la empresa debe aspirar solamente a un único objetivo: la maximización del beneficio para los accionistas. Los restantes efectos positivos para todos -dice la teología económica neoliberal- se darán por añadidura. 

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El Gatopardo y su perro existencial

Burt Lancaster, en el papel del príncipe de Salina, en la versión cinematográfica de Visconti de El Gatopardo.

El Gatopardo cuenta la historia del príncipe de Salina, Fabrizio Corbera, a partir de su madurez cuando llegan a Sicilia las fuerzas de Giuseppe Garibaldi en 1860. La revolución traerá la caída del absolutista rey Francisco II de Nápoles, el advenimiento de la monarquía constitucional y la unificación de Italia con el reinado de Víctor Manuel II, monarca de la casa de Saboya. Es entonces el fin de una época; se acaba el protagonismo de la aristocracia que deberá ceder espacio a la incipiente burguesía, al ideario liberal.

El príncipe de Salina asiste a este desplazamiento del poder, primero con asombro, pero después con un pragmatismo que exterioriza y hace famoso uno de los temas de la novela, el manido “si queremos que todo siga como está es preciso que todo cambie”. Sin embargo hay una lectura existencial de la vida que posiblemente sea lo más valioso de la obra y que permanece opacado por el llamado “gatopardismo” que remite a la frase citada. En la segunda de las ocho partes en que está estructurada la novela, el Príncipe se traslada con su familia a la residencia estival, el castillo de Donnafugata, desde donde se siguen los acontecimientos que alteran la vida de la isla y que cambiarán la de todos.

El Príncipe interactúa con los personajes del pueblo, especialmente con Calogero Sedàra, un burgués de escasa cultura que es alcalde del lugar y posee una inmensa fortuna producto de sus negocios inmobiliarios. Sedàra es invitado a cenar en el castillo y en lugar de ir con su mujer, a quien no deja salir a la calle salvo para ir a misa, lo hace con su hija Angélica. La muchacha es de una belleza sorprendente y, para enfatizarlo, Lampedusa escribe: “Los Salina se quedaron sin respiración; Tancredi llegó a sentir el latido de las venas en las sienes”. Tancredi Falconeri es el sobrino del príncipe Salina y hasta este momento de la novela cortejaba a Concetta, una de las hijas del Príncipe. Angélica se sienta junto a Tancredi que comienza a narrar episodios de la revolución, en la que participa, ocurridos en Palermo. Sin reparos habla de la irrupción en un convento de clausura y del pánico de las monjas y de un compañero de armas quien al salir del convento les grita: “Lo lamentamos hermanas, volveremos cuando nos consigáis algunas novicias”. Ante esto Angélica, turbada por la fantasía de violación, dice sin reparos: “¡Me hubiera gustado estar con ustedes!” De manera brutal Tancredi le responde, “Si hubiese estado usted, señorita, no habríamos tenido que esperar a las novicias”. La risa de Angélica, escribe Lampedusa, sube de tono y se vuelve estridente. Todos se levantan de la mesa.

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La sequía de Manuel

Sequía desde el tren.

Ojalá pudiera compartir este apunte con esa nueva forma de comunicarnos que muchos anuncian para pasado mañana. Una manera de transmitir y adquirir conocimiento que tendrá menos de periódico y más de conversación de bar: con olores, texturas, ruidos de fondo, ¡incluso sabor! Porque lo que voy a contarles sucedió en un bar.

Fue la semana pasada, mientras tomaba un vaso de agua en la cantina de un pueblo de piedra, en mitad del páramo. ¿Que por qué me pedí un agua? Pues porque ya me había parado en tres o cuatro fuentes con el caño seco y a mí, como a muchos, abrir el grifo y que no salga agua es una de las cosas que me causan más angustia, multiplicándome la sed.

Al fondo de la barra -una de esas barras de acero inoxidable con viseras de cristal tras las que se ofrecen albóndigas y boquerones- un hombre viejo acodado frente a un café al que el dueño le tenía el brazo echado por el hombro. No había nadie más, ni la tele estaba encendida, por lo que inevitablemente escuché la conversación o mejor dicho el lamento de aquel hombre desamparado.

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El extremo centro

En los últimos años, afloran en abundancia los llamados columnistas de extremo centro. Con tal calificación, se denomina al que no se pringa y que cuando lo hace es para trepar cucaña y favorecer el discurso ilegítimo, que es discurso que viene de arriba.

Mi amigo Soto Ivars es un ejemplo de esto y, por ser amigo, me tomo la libertad de contestar a su tuit del otro día con motivo del llamado Día de la Hispanidad y en el que vino a situar a las víctimas en el banquillo de los acusados, poco más o menos pues el Descubrimiento del llamado Nuevo Mundo tuvo poco de descubrimiento, tan poco como tuvieron de nuevas las tierras conquistadas.

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El diálogo o la nada

Carles Puigdemont y Mariano Rajoy.

Varios sectores políticos y sociales reclaman en los últimos días diálogo entre las instituciones de la Generalitat y el Gobierno del Estado. Diálogo para empezar a poner fin a un conflicto eminentemente político que ha llegado a sus máximas cotas de tensión en las últimas semanas, en los últimos días. 

Ahora bien, diálogo para qué y sobre qué. Creo que pese a lo bienintencionado de esta petición el alcance que les suponen los diferentes implicados puede no ser coincidente. Algunos lo utilizan como estrategia o táctica (para ganar tiempo, para ganarse simpatías, etc), otros lo ven como el reconocimiento de un igual, otros como la aceptación de un fracaso. Solo algunos creemos en el diálogo como la única salida a la situación que vivimos hoy en Catalunya. 

Debe partirse de que, efectivamente, son muchos los reproches que ambas partes pueden hacerse tanto desde el punto de vista jurídico como político, con más o menos fundamento. Citaré ahora solo algunos ejemplos. El Gobierno del Estado, muy especialmente bajo la presidencia de Mariano Rajoy, ha optado por una estrategia de relación con Catalunya basada en el ninguneo, una veces, e infravaloración, otras. Este rechazo sostenido en el tiempo se ha unido a una falta de comprensión de la dimensión política del deseo de celebrar un referéndum pactado y el aumento de los partidarios de la independencia en Catalunya. El Gobierno de Rajoy ha optado por no hacer política y limitarse a la respuesta jurídica del creciente malestar en Catalunya. Esta estrategia se enmarca, además, en una campaña de recentralización de competencias y poderes autonómicos de afectación a todas las Comunidades Autónomas, iniciada por Rajoy y su gabinete con la excusa de la crisis. El referéndum pactado ha sido ventilado una y otra vez con una máxima “no es que no quiera, es que no puedo” refiriéndose a los límites constitucionales para la celebración de dicho referéndum. Sin embargo, esta afirmación es, como mínimo, matizable. Una parte importante de la doctrina constitucionalista defiende que al amparo del art. 92 CE cabría celebrar un referéndum, o consulta, no vinculante en Catalunya en que podría preguntarse sobre su encaje en España. Por tanto, el Sr. Rajoy debería cambiar su eslogan y afirmar, de forma legítima, “no lo hago porque no quiero; no encaja en mi idea de España”. Dejaremos ahora de lado la injustificable e inútil actuación de la Policía Nacional y la Guardia Civil el 1 de octubre.  

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El camino del exceso

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Manifestación 12 Octubre en Plaza Catalunya

No, el camino del exceso no siempre lleva al palacio de la sabiduría. Pido perdón a Blake y a todos aquellos que en el fondo ansían que mañana se desate un mecanismo que restringiría, por primera vez en democracia, el contenido de una autonomía. Oigo el rugido que llega ahora, tras leer mi frase: ¡LA LEY, QUE CUMPLAN LA LEY! Es conmovedor cuántos excitados defensores le han surgido en las últimas semanas a la Ley. Yo ya les conté mi posición hace semanas ( Lo imposible) así que no soy sospechosa, pero también alerté del riesgo de que se intente utilizar la vía penal para aquello que no sirve ( Si saben cómo me pongo...).

Lo que veo es a demasiados partidarios del camino de exceso, de la mano dura, del frentismo y hasta de una mal llamada victoria que sólo enmascara la humillación. Casi sin excepción, parapetan su irritación tras una bandera patria y gritando como si la ley fuera un garrote. La legalidad debe volver a regir en Catalunya y, si se han cometido delitos durante estos días, los tribunales deberán seguir su instrucción con el proceso adecuado. Lo que no valen son los atajos. No valen los atajos, ni los senderos tortuosos, ni las leyes chicle, ni la razón de Estado tantas veces llamada a la mesa de una Justicia que no necesita de tal aderezo.

Mañana, no sólo Puigdemont tiene una cita con un requerimiento que puede servir de espoleta hacia lo desconocido. También la juez Lamela ha llamado a declarar a algunos de los investigados (imputados) en su causa por sedición. No es casualidad que me refiera a su causa. Lamela mantiene la competencia sobre tal delito contra viento y marea. Navega contra una resolución adoptada por todos los jueces de la Sala de lo Penal en 2008 y contra otra del Tribunal Supremo que afirman que los delitos de sedición y rebelión no son competencia de la Audiencia Nacional. Navega contra el hecho cierto de que todas las sentencias dictadas hasta ahora por sedición lo han sido por las Audiencias Provinciales de diversas provincias, tras ser investigadas por un juez de instrucción del territorio. Navega en contra con un velamen inadecuado. Lamela es muy de navegar contra el viento que antaño soplabaron en las jarcias de la Audiencia Nacional. Por eso tiene a los jóvenes de Alsasua presos preventivos como peligrosos FIES aplicándoles una norma posterior a ETA y hecha para los yihadistas y por eso persigue a los sediciosos catalanes con un bagaje jurídico trenzado por la fiscalía al calor del Código Penal del franquismo. Manda narices. Tengo ganas de que su persistencia en la competencia sea sometida a la revisión de la Sección Segunda de la Audiencia cuyos integrantes participaron en el auto de Pleno que negaba taxativamente tales competencias. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que al menos dos de sus antecesores en el juzgado nunca hubieran aceptado esta causa por sedición. Tampoco lo hubieran hecho con la de Alsasua. No sé, soy ingenua y aún creo en el sistema pero mientras, en pleno fragor del pulso catalán, hay una cita en la Audiencia Nacional que sirve de eficaz telón de fondo. Los tribunales no están para servirle de teloneros al poder político.

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Rajoy puede esperar... y volver a ganar

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Mariano Rajoy.

De las no pocas consecuencias políticas que se derivan de la crisis catalana, que no ha acabado, ni mucho menos, hay que destacar necesariamente el fortalecimiento de Mariano Rajoy y del PP en el panorama español. El que ya se ha producido y el que podría aún producirse si el presidente del Gobierno no comete errores graves. Tanto si la crisis deriva en drama por vía de una dura aplicación del artículo 155, como si se apacigua y el irresoluble problema catalán queda de alguna manera pospuesto.

El lunes se conocerán dos datos decisivos. Uno, si Puigdemont mantiene su paso atrás y no emboca, ya definitivamente, el camino de la ruptura. Y, dos, si la Audiencia Nacional envía a la cárcel a los líderes de las dos principales organizaciones independentistas de masas y al jefe de los Mossos de Escuadra o, por el contrario, los libera sin cargas a corto plazo. Los tiempos de ambas decisiones pueden ser importantes. La respuesta de Puigdemont debería producirse antes de las 10 de la mañana. La vista a la que están convocados Jordi Sánchez, Jordi Cuixart y José Lluis Trapero debería empezar a la misma hora, pero sus conclusiones podrían llegar algo más tarde, es decir, que los jueces podrían conocer la respuesta del presidente de la Generalitat antes de pronunciarse.

De lo que pase en uno y otro escenario, y en los dos a la vez, depende la suerte del conflicto. El ambiente político que se respira en los últimos días, que es de desescalada de la tensión, sugiere que Puigdemont recurrirá a una fórmula ambigua para decir que la independencia no ha entrado en vigor pero que se mantiene como objetivo y también que la Audiencia Nacional, en sintonía con los vientos que, al parecer, corren por La Moncloa, decidirá no hacer sangre.

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Ada y Manuela: dos mujeres y un destino

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Ada Colau y Manuela Carmen.

Hace ya algunas semanas que muchos estamos pensando en la imperiosa necesidad de más mujeres en este conflicto enquistado entre hombres incapaces de gestionar y solucionar, empeñados en conservar sus conquistas, sin estrategia y pendientes de sus cortos futuros electorales. Es muy posible que piensen que es una mirada en exceso apocalíptica de la política de España 2017, pero no crean que es muy distinta del sentir público mayoritario.

Pienso en Ada y Manuela. Así, con sus nombres de pila, nombres de mujer. Coinciden en la inicial del apellido, la procedencia no política y en el mismo cargo. Las alcaldesas de Barcelona y Madrid comparten destino y responsabilidad: feminizar la política. El lenguaje de ellas es otro. Hemos escuchado a Carmena decir “La negociación es preciosa”. Extraña frase en boca de un político masculino. Tanto como este diálogo de alcaldesas tras el atentado en Barcelona: “Sé que estáis sufriendo. Os quiero”. dijo Manuela. “Queremos a Manuela y a su ciudad”, respondió Ada.

Veo en Twitter una foto de Manuela Carmena, la primera edil de Madrid, en el metro, leyendo un libro, con su bolso en el antebrazo y su blusa de lunares. Esta imagen me recuerda algo que me contaron miembros de su equipo: “Viene todos los días andando y nos recuerda que el médico le ha pedido que camine a diario. Sabemos lo que viene después. Manuela lleva una libretita y va tomando nota de todo lo que encuentra: agujeros en las calzadas, árboles sin podar, basuras acumuladas. Y está obsesionada con las colillas en el suelo.”

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El régimen del 78 se atrinchera

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Pedro Sánchez saluda a los reyes durante la recepción del 12 de octubre en el Palacio Real.

Sobre el escenario, el Régimen del 78. Protagonistas vivos, herederos, periodistas y estrellas. Parada militar para conmemorar la Fiesta Nacional de España. 12 de Octubre. Día de la Hispanidad. Aniversario del Descubrimiento de América. El Rey aparece durante el desfile con rostro serio, ofendido, enfadado incluso, y así seguirá –según muestran las fotos- en la recepción en el Palacio Real. No ha faltado más que la muerte de un joven piloto que acabó estrellado con el Eurofighter con el que participó en el desfile. Su mujer contemplando la tragedia. Rajoy y Cospedal se van al lugar del accidente. No sin antes pasar por el besamanos o saludo personalizado. Rajoy con el dedo inhiesto que ahora usa mucho. De autoridad.

La Reina Letizia luce “un estilismo de los años 50”, muy apropiado al momento que vivimos. Compartido por otras principales como Cospedal. El de la Reina es de tweed, o sea, lana. Con 30 grados a la sombra en Madrid. Soraya Sáenz de Santamaría, “la supervicepresidenta”, “con esa melena juvenil que le sienta maravillosamente”, dicen las crónicas. Otras, le ven parecido con Jackie Kennedy, los 50 de nuevo. Cifuentes abandona el paraguas con la bandera de España del año pasado para, dado que no llueve, usar una cartera de mano también rojigualda. En cambio, Manuela Carmena, “vestida siempre de ama de llaves de un stately home [casa señorial] a lo Downton Abbey, no lució esa sonrisa que muchos dicen "de barracuda”, continúan las plumas palaciegas.

Estaban todos. En un evento que parecía haberse convertido en acto de desagravio al rey por querer partir España, la España de todos ellos preferentemente. Casi un pleno de presidentes autonómicos. Hubo llamadas para que nadie que importa faltara. No acudió Puigdemont, claro, pero este año ni se reseñó la ausencia presidencial catalana. Felipe González con gafas de sol. Guerra con la mandíbula apretada. Pedro Sánchez entra con José Luis Rodríguez Zapatero. Se han reconciliado. Sánchez se ha reconciliado hasta con Mariano Rajoy. Ha explicado en distintas entrevistas que "ha normalizado" mucho su relación con Rajoy. "Aquí estamos, echando una mano al presidente del Gobierno".

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¿Resurge en España la ultraderecha?

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Un grupo de ultras durante una manifestación.

Las agresiones ultraderechistas que tuvieron lugar contra manifestantes de izquierda e independentistas el 9 de octubre en Valencia han puesto sobre la mesa una pregunta recurrente: ¿Asistimos finalmente al ascenso de la extrema derecha en España? La cuestión es pertinente en la medida que el episodio citado fue precedido por otros dos llamativos. Uno fue que entre los asistentes a la concentración multitudinaria de Barcelona del 8 de octubre figuraban colectivos extremistas y se profirieron insultos a los Mossos y gritos de "Puigdemont a prisión" (que desautorizó Sociedad Civil Catalana, entidad convocante). Otro sucedió en Zaragoza el 24 de septiembre. Entonces hasta 600 ultraderechistas se agruparon en un pabellón donde se celebraba una asamblea de cargos electos de toda España convocada por Podemos y la presidenta de las Cortes de Aragón fue agredida por los concentrados con una botella de agua. Aparentemente, pues, la extrema derecha parece rebrotar. Pero tal percepción no se ajusta necesariamente a la realidad, lo que argumentamos mediante las respuestas a tres cuestiones planteadas a continuación.

1. ¿El independentismo hace crecer las filas de la ultraderecha?

Debemos tener en cuenta que una cosa es que el separatismo catalán movilice y galvanice a este sector ideológico y otra muy distinta es que sus partidos logren presencia institucional significativa. En este aspecto es importante destacar que el separatismo ha sido un enemigo esencial de la extrema derecha española desde sus orígenes en el siglo XX. Y -por ejemplo- José Antonio Primo de Rivera en 1934 ya manifestó literalmente que un a "República independiente de Catalunya" no era "nada inverosímil". Por tanto, no debe sorprender la vistosa combatividad ante el separatismo del ultranacionalismo español.

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