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El método 15M como sistema operativo de la nueva era de partidos

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La interpretación de los resultados españoles de las últimas elecciones europeas es bastante unánime. Batacazo del bipartidismo. Fulgurante ascenso del soberanismo catalán. La izquierda fragmentada empieza a soñar con tomar el poder en Madrid y Valencia. Y una gran sorpresa: los cinco eurodiputados de Podemos, ese híbrido de izquierda clásica, altermundismo y quincemayismo. El ascenso de partidos ambiguos y contradictorios como UPyD y Ciutadans acaba de desajustar un tablero político en el que la decadente Cultura de la Transición se desmorona.

Sin embargo, las lecturas izquierda-derecha o centralismo-independentismo se me antojan insuficientes. Más todavía con un 54% de abstención. Creo que existe un rincón electoral menos visible del que se pueden extraer algunas conclusiones: los tímidos resultados de la Red Ciudadana Partido X. Los medios han encumbrado con naturalidad y alivio al Podemos de Pablo Iglesias como el partido de los Indignados. Sin embargo, desde el ecosistema 15M, la propuesta partidista que primero llegó fue el Partido X. Un No Partido que se definía como un método y rehuía de los liderazgos personales. Un No Partido que reivindicaba la política participativa y copyleft (libertad de copia). Una propuesta que sedujo a muchos. "Róbanos el programa, si tu partido llega al poder y aplica nuestras ideas, nos parecerá bien".

Cartel del Partido X

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La cabeza de Danton

"No podemos ir a los métodos de siempre. A veces se escuchan pretextos para no dar voz a la gente: porque las elecciones están muy cerca, porque están muy lejos, porque hemos sufrido una derrota..." Así expresaba su punto de vista, inmediatamente después de las elecciones europeas, Carme Chacón. Eduardo Madina, por su parte, no fue menos claro : el partido pertenece a todos y no a unos pocos. Izquierda Unida se presentó a esta convocatoria electoral con el lema: el poder de la gente. Podemos, la plataforma política que acaba de nacer, lleva en su propio nombre el espíritu que se ha impuesto el 25 de mayo: el regreso de la izquierda en todos sus matices.

En la víspera de las elecciones el país se debatía en un clima de resignación, sujeción aparente a las imposiciones de Bruselas y hasta cierto candor naif en declaraciones como las de la vicepresidenta del Gobierno asegurando que en las calles había retornado la alegría. Siendo Saez de Santamaría la responsable de comunicación del Gobierno, tal manifestación se puede leer más como una boutade que como una lectura de lo real, más cercana al ‘que coman pasteles’ de María Antonieta, quien –supuestamente– lo lanzó ante la demanda de pan del pueblo francés. En la misma línea está el aporte del principal responsable de imagen del Partido Popular y de Moncloa, Pedro Arriola, quien llamó friki a Pablo Iglesias durante su análisis de los resultados electorales. Con estos gestos, sin olvidar el exabrupto de Miguel Arias Cañete y su pésima gestión mediática, el partido de Gobierno deja claro que su incapacidad política es absoluta y al exhibirse igual que el rey desnudo con estas intervenciones no demuestra un fallo coyuntural sino una característica estructural: el Partido Popular no hace política porque no la considera esencial a la hora de gobernar; piensa que con el proselitismo basta.

Esa ausencia de músculo político y la agonía del otro partido que ostenta poder real, el socialista, hacían del clima electoral un crespúsculo gris. Pero hete aquí que las urnas han cambiado el mapa político y las perspectivas a mediano y largo plazo.

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La calle ha llegado a las urnas

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El gran cambio que se ha producido en estas elecciones es que el grito de la calle ha llegado a las urnas. El gran cambio no es el número de votos contrarios al antiguo régimen que aún está muy lejos del bipartidismo, es lo que esos votos representan. Es el paso de la manifestación a la institución, eso que tanto temía el 15M pero que ahora parece la estrategia correcta. La calle ha entrado en el sistema para intentar cambiarlo. Hemos saltado la valla que rodea al Parlamento (el europeo, de momento). Ya no hace falta rodear el Congreso, la protesta está dentro. Hemos pasado de tomar la plaza a tomar el escaño. Es un cambio brutal. 

Hasta ahora tenían a la calle allí lejos, donde no les molesta, donde el problema no era suyo, era de la policía. Pero ahora el descontento social ha metido el pie en el territorio que ellos reconocen y tienen que respetar. En su terreno. Ahora la calle tiene la misma autoridad legal que ellos y no pueden obviarla. No pueden negar a un diputado como niegas la protesta porque se estarían negando a sí mismos y sus normas. Ahora la calle juega en el mismo campo, al mismo juego y con las mismas reglas. Fair play.

Como era de esperar, a los reyes de la jungla y del mambo les parece una intrusión que el pueblo llano se meta en su pista de baile. Por eso han reaccionado dando zarpazos. Como leones heridos en su orgullo. Prueba de ello es la inquina del PP (y de las viejas momias del PSOE como Felipe) contra Podemos, un partido al que los populares casi han cuadriplicado en votos. Pero más que el número, lo que les molesta es que ahora los perroflautas son iguales a ellos. Qué desfachatez. ¡Los pies negros les están ensuciando las alfombras de palacio!

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¿Y si la izquierda terminara gobernando?

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Los problemas se le van a acumular a Rajoy en el último año de legislatura.

Los resultados de las elecciones europeas han cambiado significativamente la percepción de las perspectivas políticas que antes de que se celebraran tenían todos los partidos y seguramente muchos ciudadanos. Algunas convicciones que parecían inamovibles se han diluido de repente y han surgido incógnitas, y hasta esperanzas, que de concretarse en uno u otro sentido de los posibles pueden modificar el cuadro político actual. Y no a muy largo plazo.

Para empezar, en el PP. Su desastre electoral sin paliativos amenaza el futuro de Rajoy y de los suyos, justo en un momento en el que creían que lo tenían más y mejor atado que nunca. El único discurso identificable del gobierno, su burda campaña de que la recuperación está en marcha, ha sufrido una derrota inapelable en las urnas: la gente, comenzando por buena parte de sus votantes potenciales, no se lo cree y lo ha dicho con una claridad inapelable.

El otro intento prioritario del PP, el de tapar los escándalos de Bárcenas y de Gürtel, ha resultado igualmente frustrado: por mucho que se esfuercen el PP y sus corifeos mediáticos, por muchas maniobras judiciales que se hayan destinado a tal fin, la gente no ha olvidado. El partido de la derecha sigue siendo para una buena parte de la opinión pública un conglomerado en el que abundan los corruptos y en el que mandan unos personajes que de una u otra manera han metido las manos en ese charco. Por si hacía falta más, cada día nuevas sentencias judiciales lo confirman sin posibilidad alguna de dudas.

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Marine Le Pen: la pesadilla francesa

La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen. / Efe

Pierre Poujade, el líder del movimiento para la defensa de los artesanos y los comerciantes (UDCA) en 1956, dijo de Jean Marie Le Pen: "Es la bandera francesa en el cajón". Medio siglo más tarde, y después de que su hija le haya relevado al frente de la empresa familiar, la definición sigue siendo válida. El Frente Nacional recicla treinta años después las frustraciones en votos. Relfeja los miedos. Es una "franquicia", una marca que fija bajo una etiqueta común –la bandera nacional– electorados volátiles, causas perdidas: desde las más antiguas, como el compromiso con las guerras coloniales y el anticomunismo, a las más nuevas, como la lucha contra las elites globalizadas; lo más pasado de moda hasta y lo más moderno inspiran el storytelling del nuevo look del FN. De Maurras a la Argelia francesa, del fascismo de entreguerras al viejo poso petainista, del neoliberalismo de Reagan al soberanismo tanto de izquierda como de derecha. El FN es el partido de la protección nacional que promete tanto "el regreso a casa" del franco como la movilización patriótica contra los invasores, tanto los inmigrantes, como bienes o el capital ... ¡Todo lo que se mueve!

La longevidad del Frente Nacional no se puede explicar de otra manera. El Frente Nacional es el mal sueño de la sociedad francesa traumatizada por la debacle de 1940. Es la mala conciencia del petainismo y el colaboracionismo. Es la "vergüenza" de la tortura en Argelia y lo que la ha sobrevivido. Es el miembro fantasma del imperio destrozado por las guerras de independencia. Estas son las claves de un fenómeno político que tiene sus raíces en el inconsciente colectivo. Porque al igual que el inconsciente, el lepenismo se estructura en un  discurso.

Marine Le Pen ha entendido que el control del debate político pasa hoy en día por las palabras, las imágenes y las metáforas utilizadas. Mientras evita cualquier referencia al Holocausto, no duda en comparar las oraciones musulmanas en las calles con un ejército de ocupación, lo cual despierta recuerdos de la ocupación alemana y también el imaginario de las Cruzadas, blandiendo la amenaza de un "nuevo califato" en el país. No tiene nada que envidiar a su padre en el juego de odiosas palabras, y califica sus oponentes con las siglas "ROM" ( Réunion des Organisations Mondialistes, conjunto de organizaciones globalizadoras).

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Crisis y Universidad: de intelectuales a hacedores de 'papers'

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Aunque parezca mentira y difícilmente creíble, la evolución durante las últimas décadas de las políticas públicas en el ámbito universitario español ha generado unos incentivos perversos que están acabando con la reflexión y el pensamiento crítico en todos los niveles de la sociedad. En el sistema universitario español no se valora ni se fomenta en absoluto un profesorado que prepare clases, envíe trabajos a sus estudiantes y los corrija, intente enseñar más allá de los cánones establecidos, imparta charlas fuera del ámbito académico sobre cuestiones que considere importantes para formar ciudadanos con ideas propias, colabore con asociaciones u organizaciones sociales, escriba en medios divulgativos para transmitir lo que hace, o se preocupe por influir en sus entornos más cercanos.

Esas actividades, que para cualquiera que no conozca el funcionamiento de la Universidad pueden parecer las obligaciones diarias del profesorado universitario, no sólo no lo son, sino que la persona que las lleve a cabo está dificultando considerablemente sus posibilidades para consolidarse en las plantillas de las universidades españolas.

Quien realiza ese tipo de actividades porque las considera imprescindibles para su labor académica está restando tiempo para lo que más se valora en la Universidad española, publicar artículos científicos en revistas con alto impacto, los llamados papers en el lenguaje anglosajón[1]. Papers que en la mayoría de las ocasiones, al menos en ciencias sociales, que es el ámbito que mejor conozco, no sirven para mucho, no aportan gran cosa a la sociedad y no mejoran en absoluto la realidad más próxima a los investigadores e investigadoras que los realizan. 

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Cuando lo viejo empieza a morir, ¿hacemos que lo nuevo acabe de nacer?

Es frecuente citar al pensamiento gramsciano en el que se define como crisis aquella en la que "lo viejo que no termina de morir, y lo nuevo no acaba de nacer". Pero si alguna novedad demuestran las últimas elecciones al Parlamento Europeo es que lo viejo empieza a dar algo más que signos de debilidad. En las elecciones más europeas de la historia, en las que se han sometido a debate y escrutinio de la ciudadanía las políticas de austeridad, se ha producido una fuerte desautorización de aquellas opciones que han apoyado las políticas de la troika. En esa misma clave, y sumándole los elementos de política interna, el retroceso del bipartidismo ha supuesto un retroceso de más de 5 millones de electores, no llegando a superar la suma de PP y PSOE el 50% de los votos. Lo nunca visto.

Pero si bien podemos afirmar que lo viejo empieza a morir, hay que ser conscientes de que va a luchar ferozmente por no sucumbir. Y la única manera que tenemos para que sucumba una política que está asaltando nuestras vida y derechos, es que lo nuevo, no solo sea nuevo, sino que exprese una alternativa, con capacidad de gobierno y de cambiar la realidad.

El motor europeo se ha gripado porque la solidaridad ha dejado de existir. Pero a sabiendas que no hay alternativa si no es europea, la respuesta, en demasiadas ocasiones ha sido el "nosotros solos", como si hubiese salidas nacionales posibles. A nivel europeo lo nuevo que sustituye lo viejo, en demasiadas ocasiones, no es que sea viejo, es que es la expresión del peor de nuestros tiempos. Las victorias de expresiones populistas y parafascistas tienen un elemento mas que inquietante, ya que después de la normalización de una victoria electoral del fascismo, viene la normalización en su acceso al poder. Quizás por ello, más que nunca, tengamos que definir un frente democrático entre aquellos que nos oponemos a las políticas de austeridad y a la vez aspiramos a otra Europa, aunando fuerzas de izquierdas, verdes y expresiones que provengan de la izquierda de la socialdemocracia.

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Y el PP, como si nada

En el PP, no han pasado de la fase de aplaudirse a sí mismos.

El PP bajó en las elecciones europeas 18 puntos de apoyo respecto al porcentaje que obtuvo en las elecciones generales de noviembre de 2011. Entonces, hace dos años y medio, un 44,62% de los votos, ahora un 26,05%. Claro que son convocatorias incomparables por razones diversas, pero una caída de ese calibre, por mucho que hayan quedado tres puntos por encima del PSOE, es para hacérselo mirar. Incluso porque en la comparación de europeas con europeas, de las de 2009 a las de 2014, los populares han perdido un 16% de respaldo en las urnas y dos millones y medio de votos.

Este preámbulo viene a cuento de que en Génova y en Moncloa se muestran encantados de haberse conocido, en versión "haber ganado las elecciones", e incluso encuentran en el éxito de Podemos no un punto de inflexión que les haga reflexionar sobre la desafección ciudadana de los grandes partidos sino un espantajo con el que asustar a sus electores con un futuro frentepopulista en el que ni siquiera participaría el PSOE.

Lejos de hacer un mínimo de autocrítica, los populares están aprovechando además el impacto social que ha tenido la irrupción con cinco diputados de la candidatura de Pablo Iglesias para ocultar los 4 que ha conseguido UPyD, los 2 de Ciudadanos y las 30.000 papeletas que le han faltado a Vox para llegar al Parlamento Europeo, porque esos grupos seguramente han pescado en su caladero. ¡Vamos!, que el PP ha preferido mirar para otro lado, convencido de que esa cacareada recuperación económica, que en esta ocasión ha fracasado como eslogan electoral, triunfará en los comicios de 2015.

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La paradoja de la Gran Coalición

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Rajoy escucha a Rubalcaba en el Congreso.

Las elecciones europeas en España han arrojado un voto de castigo al bipartidismo y a los dos partidos mayores, PP y PSOE. Pero como ya había indicado, la paradoja es que unos resultados así pueden forzar una Gran Coalición entre ellos, que es lo que rechazan buena parte de los electores. La Gran Coalición es el deseo de algunos sectores ante las dificultades de todo tipo (económicas, políticas, sociales, territoriales) que atraviesa España. Elena Valenciano se lo atribuyó al “Ibex 35”, es decir, a las grandes empresas, muchas de las cuales dependen del Estado. Y Felipe González también ha esbozado esta posibilidad, que apoya soterradamente el Grupo Prisa, entre otros.

Sin embargo, hay que saber qué es una Gran Coalición. Por mucho que se empeñen algunos, no vendría empujada por un deseo, sino, si acaso, forzada por unos resultados. En Alemania, democristianos y socialdemócratas gobiernan juntos porque los resultados electorales no permitieron otra salida, y los políticos tienen que resolver lo que han decidido los ciudadanos, no remitir a estos la solución. En Alemania no se hubiera entendido una repetición de las elecciones porque los partidos no hubieran podido ponerse de acuerdo. Y en España puede ocurrir otro tanto.

Algunos cálculos que se han hecho –hay otros análisis que apuntan en otras direcciones y hay que tomar con cautela este tipo de ejercicios–, proyectando los resultados de las europeas a unas generales arrojan una situación de fragmentación y de ingobernabilidad en España. El PP se quedaría con 137 escaños y el PSOE con 107, sin posibilidad para ninguno de ellos de llegar a la mayoría de 176 a través de coaliciones con otros partidos. Salvo la Gran Coalición. Paradójicamente, lo que ha sido un voto antiestablishment, puede llevar al paroxismo del establishment que sería una Gran Coalición. Las generales tienen otra dinámica, pero el 25-M la habrá cambiado también. Estamos en mutación política. Además, la Gran Coalición sería de partidos que han perdido, ambos, millones de votos. No como en Alemania.

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La verosimilitud cambia de bando

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¿Quién se atreve a hacer pronósticos políticos para los próximos meses? ¿Alguien se arriesga a aventurar qué pasará en las municipales y autonómicas? ¿Y en las generales?

El resultado de las europeas, y la sacudida que desde el domingo recorre a la izquierda política, los movimientos sociales y a tantos ciudadanos, se ha convertido en una grieta en la verosimilitud: lo que hasta ayer era improbable, incluso imposible, hoy entra en el campo de lo probable, de lo posible.

Hasta el domingo, todos teníamos más o menos una composición de por dónde discurriría el futuro más cercano, aceptábamos unos límites estrechos. De repente ese marco se ha ensanchado, sus límites han saltado en pedazos. Lo que ayer era increíble, hoy ya no lo es tanto.

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sobre este blog

Zona Crítica es el canal de opinión política de eldiario.es. Un espacio colectivo de reflexión, análisis y testimonio directo.

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