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Aitana y los domingos sin paella

Que las personas estemos ganando no significa que ya no haga falta que ganemos las elecciones de este domingo. No sólo son importantes, resultan vitales

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1. Aunque Aitana nació en Brooklyn, ella dice que es de Madrid. A sus seis años, Aitana sabe perfectamente lo que es la emigración y en su piel se dibujan, con la precisión que regala la experiencia directa, los dolorosos efectos de la deriva por la que atraviesa nuestro país desde hace ya demasiados años. La familia de Aitana vive en la distante república virtual de Skype, una sin caricias y condenada a la pobreza inatacable de las imágenes. En los mundos de Aitana, Madrid es una ciudad remota que huele a ajo, donde todos los días se desayuna churros y en la que siempre es verano. Ella adora Madrid porque adora los churros y el verano, pero, sobre todo, porque Madrid es el lugar en el que viven sus abuelos y, con ellos, el milagro de la conquista de las caricias, los olores y los besos. Por eso, para Aitana, Madrid es la ciudad del amor. Su ciudad.

2. El domingo pasado Aitana sufrió la enésima derrota a manos de los fantasmas que pueblan la república virtual de Skype. Ese día en casa de su yaya la familia se había reunido en torno a una paella y, como tantas otras, reconstruía la periódica comunidad que nace de estirar juntos la sobremesa. Aitana no soportó ni la distancia ni el peso de la imagen. Acostumbrada cotidianamente a encarnar al Otro a este lado del océano, se vio excluida también de lo único que en su imaginario tal vez le regale algo parecido a un sentimiento de pertenencia. Llorando como una magdalena, se agarró al sentido común para tocar con una pregunta parte de la raíz de lo que nos está pasando: "Papá, ¿por qué si somos la mayoría y ellos son minoría nos hemos tenido que ir nosotros de España y no podemos volver?"

3. Cómodamente instalada en su condición de esponja, Aitana absorbe una agitación especial desde hace días. Las conversaciones y las emociones en torno a las elecciones del domingo brotan sin cesar a su alrededor y, me temo, lo acaban llenando todo. De forma especialmente intensa, Madrid está en Brooklyn y nuestra casa subraya su rematada condición de ninguna parte, ese ni aquí ni allí propio de toda experiencia de emigración prolongada. Por eso, seguramente, Aitana dice que ella también quiere votar a Manuela. "¿Por qué a ella?", le pregunto. "Porque no se enfada y siempre habla tranquila", me responde. Así que, movidos por su insistencia, improvisamos una urna con una caja de cartón y dibujamos las papeletas. En el último momento, sin embargo, Aitana cambia el sentido de su voto. Se debate entre la Princesa Merida y Winter el delfín. Finalmente, acaba convenciéndome vehementemente para que votemos a Pippi Calzaslargas. Cuando atisba la indecisión en mi gesto, Aitana me tranquiliza con un susurro al oído: "Ayer le levanté el pantalón a Manuela en una fotografía y vi que también lleva medias largas". Ahora entiendo por qué estos días le ha dado por pintarla con coletas. Aitana cuenta que Pippi de mayor quiere ser Manuela.

4. Ayer Aitana pasó la tarde jugando con su amiga María, que también nació en Brooklyn pero dice que es de Santander. Esta primavera Aitana y María están aprendiendo a leer y a escribir, así que se la pasan experimentando y juntando garabatos. Ayer tocó la palabra "Hada", a la que la bendita desobediencia infantil al diccionario transformaba una y otra vez en Ada. Me pareció divertido y me dio por pensar en el milagro desobediente que convierte los nombres propios en comunes. Ada y Manuela nos nombran, sobre todo, porque expresan el anhelado abrazo entre lo político y la ética. Por eso se han convertido en un bien común. Si Ada encarna una nueva gramática, Manuela significa la vital importancia de los afectos. Ambas ponen nombres a una ilusión que está resultando, antes que nada, un proceso colectivo de enamoramiento.

Lo interesante es que cuando nos enamoramos de un nombre común nos estamos enamorando de nosotros y nosotras mismas en sentido inverso al narcisismo generalizado y al egoísmo impuestos por la cultura neoliberal. Nos enamoramos de los otros con los que construimos un nos-otros. En ese proceso, que Manuela y Ada nos nombren no significa que nos representan, sino que expresan la comunidad multitudinaria que estamos siendo. Así es, tal vez, como estamos agrietando los corsés de la representación para reinventar entre todos y todas una política de la expresión que es, entre otras cosas, un enorme ejercicio colectivo de reflexividad: de las personas, de nosotros y por nosotros mismos.

Ahora Madrid y Barcelona en Comú son, sobre todo, una energía que ha movilizado la ilusión y el saber hacer de miles y miles. También lo están siendo las experiencias municipalistas que en otras ciudades y pueblos habitan la misma estela. Un nos-otros participable por cualquiera, a su modo y desde su singularidad. Máquinas de cooperación y de afecto que están consiguiendo lo que hasta hace poco resultaba impensable: recomponer lo común, salvar el amor. En definitiva, reconquistar la democracia. Eso significa ganar.

5. Que las personas estemos ganando no significa que ya no haga falta que ganemos las elecciones de este domingo. No sólo son importantes, resultan vitales. También necesitamos ganar en las urnas. Sabedores de que la clave de lo institucional no reside en lo instituido, hemos aprendido igualmente que la asfixia impuesta por el poder se ha convertido en un freno insalvable para la potencia y la creatividad de la gente común. Nos lo están quitando todo y tenemos que echarles. Es una cuestión de dignidad y, cada vez más, de necesidad. No se trata de tomar el poder, sino de que los ciudadanos y las ciudadanas nos hagamos cargo de los recursos públicos y de la toma de decisiones acerca de los asuntos comunes. Para poder respirar, necesitamos aire. Nos quedan apenas unas horas para convencer al familiar escéptico, a la compañera de trabajo desafectada o al vecino indeciso. Cada voto cuenta, porque cada uno y cada una somos un tesoro. Es el momento de la gente. Y que, como dice Aitana, se acaben de una vez los domingos sin paella. Vamos Madrid.

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