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Cine de verano (y 3)

Todas las remakes de las películas de Alfred Hitchcock son, para Slavoj Zizek –y no sin razón–, films que respetan la trama pero que no confieren la mirada particular, genial, que el realizador plasmó en la versión original

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El cineasta Alfred Hitchcock

Slavoj Zizek ve el remake como una copia, pero una copia radical, llevada hasta las últimas consecuencias. Para ilustrarlo toma el ejemplo, nada menos, que de Shakespeare y de Hitchcock. Hay una serie de las obras de Shakespeare publicada por una editorial americana titulada Shakespeare Made Easy que consiste en una interpretación sui generis de la edición bilingüe, ya que la misma incluye la versión arcaica en una página y el inglés contemporáneo, el de la calle, en la otra. De modo que en esa serie la clásica duda de Hamlet, "ser o no ser, esa es la cuestión" se convierte en algo así como "Esto es lo que me preocupa: ¿me mato o no me mato?". Todas las remakes de las películas del director inglés son, para Ziziek –y no sin razón–, una suerte de Hitchcock Made Easy, films que respetan la trama pero que no confieren la mirada particular, genial, que el realizador plasmó en la versión original.

Quien hizo un intento tal y como lo plantea Zizek es Gus Van Sant al recoger el guante y aventurarse a realizar un remake de Psicosis de Hitchcock. Van Sant se entregó a la parsimoniosa tarea de ir prácticamente plano a plano tras la huella del famoso director, ajustar la fecha y, en el mismo escenario, situar la historia en nuestros días. Recurrió al color, pero a un valor cromático con cierto toque vintage, con ecos de la atmósfera de Vértigo o de La ventana indiscreta y, por lo demás, incluyó algunas alteraciones, o más bien inclusiones, que se pueden considerar como las citas propias de un autor.

Zizek toma en cuenta una de ellas para poner en tela de juicio el criterio de Van Sant desde una perspectiva psicoanalítica, pero la escena creada por el realizador estadounidense no se sostiene desde una perspectiva hitchcocktiana. Como es sabido, la película comienza con una mujer que comete un robo para luego reunirse con su amante, quien ignora el delito y sus intenciones. En su fuga, la mujer llega a un motel donde se topa con Norman Bates, un personaje que padece una suerte de trastorno de identidad disociativo. Éste la asesina y luego hace lo propio con un investigador hasta que es descubierto por el amante y la hermana de la ladrona en fuga.

Antes de matarla, en la versión de Van Sant, el asesino la espía y se masturba. Zizek sostiene que si puede masturbarse es capaz de alcanzar algún tipo de satisfacción sexual, con lo cual no se justifica la pulsión criminal. Hitchcock seguramente descartó esta posibilidad no sólo porque tenía un profundo conocimiento del psicoanálisis, sino también por su interés en mantener la tensión ya que si de alguna manera Norman Bates alcanza algún placer le quita tensión a él y por ende a la trama.

En la versión original, Norman Bates se retira a su casa, lindante con el motel, y se toma un tiempo de reflexión. La escena vuelve a la habitación de la mujer y nos olvidamos del que todavía no sabemos que es un asesino. Y eso pretende Hitchcock, que nos olvidemos para sorprendernos. Pero la intervención más relevante de Van Sant es a través de fotogramas que incluye durante los dos asesinatos a los que asistimos, nubes que cruzan un cielo de tormenta en el caso del asesinato de la mujer, y en el caso del investigador, una mujer desnuda con un antifaz y un animal en la carretera visto desde un coche.

Esto le quita fuerza a la única inclusión de este tipo que hace Hitchcock al final, que desconcierta al espectador y cierra la película. Se trata de un monólogo interior de Norman Bates en el rol de su madre –en virtud de su patología– donde sonríe a cámara. En la fracción de un segundo, Hitchcock superpone los dientes apenas vislumbrados en la sonrisa de Bates con la dentadura de una calavera, en obvia cita al esqueleto de la madre que fuera descubierto en el desenlace. Esta suerte de epifanía donde el espectador ve la escenificación de la esquizofrenia de Bates, las dos caras que provoca el trastorno, es un acento final para la afirmación del relato.

El remake de Van Sant, al haber abusado de inserciones subjetivas, diluye este efecto. Se diría que Van Sant, a pesar de respetar el original no puede evitar, obvio, incluir citas propias para cargar, desde su perspectiva, de significación al relato (el remake), mientras que Hitchcock solo pretende manejar en todo momento al espectador y darle una sacudida final. Le dice al respecto a François Truffaut en una de sus conversaciones: "La construcción de esta película es muy interesante y es mi experiencia más apasionante como juego con el público. Con Psicosis, dirigía a los espectadores, exactamente igual que si tocara el órgano".

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