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Debates de paja

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En febrero y marzo de 2003 seguí desde  Bagdad el debate diario introducido por Estados Unidos y asumido por buena parte de la prensa internacional. En él se imponían cuestiones referidas al alcance que podían tener presuntos misiles Scud iraquíes, al carácter de las ojivas y muelles de dichos misiles y a la búsqueda de las inexistentes armas de destrucción masiva. La táctica cuajó, tuvo el efecto buscado. Las causas reales que motivaban a Estados Unidos en su empeño por ocupar Irak se vieron desplazadas por aquél debate técnico y estéril.

Ahora asistimos a un  ruido similar, en el que las voces dominantes imponen  debates-paja alejados del grano de los problemas.

El objetivo del discurso oficial es hallar cuántos recortes y barbaridades se necesitan para seguir alimentando a un monstruo cuya prioridad son los intereses del poder financiero y el desarrollo de las cadenas de distribución global de las multinacionales, construidas sobre ejércitos de trabajadores baratos concentrados en el llamado Sur.

En segundo plano, casi ocultos en los discursos del poder, quedan el bienestar y los derechos amenazados de los ciudadanos.

La gran difusión que reciben los mensajes tecnócratas ayuda, y de ese modo un honesto trabajador puede terminar creyéndose que lo mejor para él es que se reduzca el déficit y se inyecte dinero a la banca a costa de reducir los servicios públicos.

Los fenómenos atmosféricos

Los efectos del sistema económico actual se presentan como fenómenos atmosféricos impersonales. De este modo, los mercados son entes con vida propia que se mueven al son de las leyes de la naturaleza, normalmente sabias, a veces crueles, pero siempre autónomas, sin dirigentes ni cómplices humanos. Y así, cuando cae la tormenta, el fraude pretende aparecer inocente, sin responsables.

Según estas tesis dominantes, el crecimiento económico es la consecuencia natural del capitalismo. Se produce gracias a la concentración de capital, derivada de la competitividad, otro concepto planteado como un fenómeno tan natural como el discurrir de un río: sencillo, inocente, inevitable.

Que  Bankia --líder en desahucios-- sea rescatada con más de 7.000 millones de euros de dinero público se presenta como lógico e incuestionable, más aún teniendo en cuenta  el informe emitido el 25 de abril de este año por el Fondo Monetario Internacional, ese organismo que se presenta siempre como juez y nunca como parte interesada:

“Para preservar la estabilidad financiera es fundamental que estos bancos [vulnerables], especialmente el más grande, adopten cambios y medidas decisivas para fortalecer sus cuentas de resultados y mejorar sus prácticas de gestión (...) Para evitar que los costes sean demasiado altos para que la industria [financiera] pueda asumirlos, sobre todo en un periodo de tiempo razonable, puede ser necesaria una mayor dependencia de fondos públicos (...) ”, rezaba uno de los párrafos del informe del organismo internacional.

La fiabilidad de los informes “sagrados”

En los años setenta México fue considerado uno de los mejores reformistas del mundo. Poco después, cayó en picado durante la suspensión de pagos de deuda. En los años ochenta Argentina fue presentada como un ejemplo para el planeta. Años más tarde, en 2001, explotó con la crisis del “corralito”. En 2007 el Banco Mundial presentó Egipto como modelo exitoso y lo escogió como “el número uno de los reformistas”, porque aplicaba medidas que favorecían la inversión extranjera y la reducción del déficit. El 40% de la población egipcia vivía --y vive-- con menos de dos dólares diarios, el coste de la vida se había duplicado en pocos años, se habían congelado los salarios y había crecido las desigualdades sociales y el desempleo. Pero los datos que importaban eran otros.

“Lo que ocurre en el norte de África muestra que no es suficiente tener en cuenta los buenos datos macroeconómicos; tenemos que mirar mucho más allá de eso”, llegó a reconocer tras el estallido de las revueltas árabes Dominique Strauss-Kahn, entonces director del FMI.

Ahora le llega el turno al Mediterráneo europeo. Se imponen los  debates-paja. Nos hablan de  ojivas, muelles y misiles, de medidas necesarias e inevitables. Si las aplicamos, quizá haya informes positivos. ¿Servirán de algo?

Podemos creernos, como el caballo Boxer de  “Rebelión en la granja” (Orwell), que ahora más que nunca debemos comportarnos como súbditos sin derecho a rechistar para que el sistema siga funcionando. “ Trabajaré más fuerte, trabajaré más fuerte”, se decía Boxer mientras sus gobernantes, los cerdos, seguían atiborrándose de la comida que robaban al resto de la granja. El caballo sucumbió por agotamiento y los cerdos lo llevaron al matadero porque ya no les resultaba útil.

El proceso de acumulación de capital está llegando a límites extremos. Ha generado inestabilidad financiera, estancamiento y un aumento de la desigualdad. La brecha entre ricos y pobres crece. Cuando las cosas no funcionan, hay que cambiar de modelo. Pero en vez de impulsar esfuerzos colectivos para implementar nuevos esquemas de organización, seguimos tratando de salvar un barco que avanza contra nosotros mismos. Y así permanecemos, como diría  Lorca, “como peces atados a un punto sin conciencia”.

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