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Después del minuto de silencio

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Magnus Carlsen, a los 13 años, leyendo un comic del Pato Donald antes de su partida con Kasparov. Fotograma del documental "Mozart of Chess" de la CBS

Durante el torneo de ajedrez celebrado en Bilbao en el que participó, junto a otros maestros internacionales, el actual campeón del mundo, Magnus Carlsen, se pidió un minuto de silencio en memoria de las víctimas del atentado de Múnich, donde un hombre abrió fuego en una zona de ocio matando a nueve personas e hiriendo a muchas otras.

La IX Final de Maestros tenía lugar en el teatro Campos Elíseos, un magnífico edificio modernista de principios del siglo XX. Jugadores y público entraban a una sala perfectamente acondicionada, con una atmósfera de sosiego y meditación donde el silencio se mantenía durante horas. En ese escenario, todos nos habíamos puesto en pie. Quizás enseguida volviera a pensarse en qué apertura se utilizaría o en la serie de contraataques posibles, pero en aquellos primeros segundos todavía se escuchaba el eco de las palabras de la organización: “atentado terrorista”, “muertos”, “heridos”.

De pronto parecía imposible que esas matanzas fueran cometidas por seres humanos iguales a los que teníamos allí delante, y sin embargo no, no se trata de dos especies diferentes de homínidos. Los ajedrecistas no nacen ajedrecistas, se hacen, como se hace un ingeniero, un artista. En ese sentido, los niños y adolescentes que se hacinan en los centros de refugiados griegos es difícil que se dediquen a contemplar las distintas tonalidades del mar, y casi imposible que se pongan a pintar cuadros. Según una investigación de la revista Der Spiegel, en los campos de refugiados sirios en Líbano el precio del riñón ha caído de 3.000 dólares a 700 porque la oferta supera la demanda. Ellos son el producto, no el sujeto.

Pasaban los segundos del minuto de silencio en aquella sala art noveau y en ese lapso el mundo de afuera se sentía más lejos que nunca, y más inhóspito, en contraste con esa burbuja de paz y tiempo detenido. Muchos estaréis en algo parecido: mirar el mar, tomar el sol, pasear, disfrutar de la lectura o de la música, todo eso son placeres privilegio de una vida educada. Pero allí “afuera” el sistema en que vivimos va conformando un mundo mucho más feo, polarizado entre grandes zonas de miseria y unos pocos que acumulan la mayor parte de la riqueza del planeta.

Un artículo en The Guardian relacionaba la abundancia de series inglesas ambientadas en la época eduardiana con el brexit y la nostalgia de una Inglaterra pasada. La rigidez del sistema de clases sociales que imperaba entonces podía dar la sensación de que “todo estaba en su sitio”. No aparecen inmigrantes, ni mujeres “fuera de lugar”, ni trabajadores que se rebelen –o no demasiado-. En España también se están emitiendo series de época: Seis hermanas, Acacias 38, quizás responda al mismo deseo. Un deseo reaccionario: en lugar de eliminar las injusticias se asumen como un orden natural y voilà.

Las ficciones, novelas, películas, tienen una ideología, aunque no sea explícita. Proponen, ofrecen una visión de la sociedad que la propia sociedad recibe. Y todo ello conforma nuestro imaginario, crea los arquetipos de los que nos nutrimos. Un estudio de la Universidad de Pensilvania revela que los lectores de Harry Potter tienen más tendencia a rechazar la política de extrema derecha de Donald Trump. No es extraño que los admiradores de un libro donde se defiende a los más débiles rechacen esa retórica agresiva. Los libros no son inocentes. Esta semana hubo polémica en las redes sociales con un libro juvenil publicado por Alfaguara cuya protagonista aceptaba y se servía del bullying para sobrevivir en el colegio. El debate por supuesto no es si se prohíben los libros con personajes no ejemplares. Pero tampoco es cierto que el hecho de ser ficción lo convierta automáticamente en algo irrelevante o ajeno a toda consideración social.

Comprendo (y es más, comparto) que alguien quisiera quedarse a vivir en un capítulo de Retorno a Brideshead, como también me hubiera gustado quedarme en aquel confortable mundo ordenado de jugadores de ajedrez. Pero el minuto de silencio se termina, el tiempo pasa. Y todos sabemos lo que viene después. No queda otra que abandonar el teatro y salir a la calle.

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