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Ni España de los 50 ni gobierno de concentración ni conspiración neoliberal

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Artículo de respuesta a este post de Rafael Escudero, que rebatía a los economistas firmantes de un artículo en El País.

El artículo de Santos, Garicano y Fernández-Villaverde del viernes en El País ha dado que hablar. Uno no escucha a menudo tres economistas de prestigio diciendo  abiertamente que necesitamos un nuevo gobierno, y menos aún cuando el ejecutivo lleva apenas medio año en el poder y tiene mayoría absoluta en el Congreso. Reacciones ha habido de todo tipo, pero leyendo opiniones escritas en Zona Crítica, creo que comentaristas como Rafael Escudero parecen no haber entendido el mensaje.

Empecemos por lo obvio: Santos, Garicano y Villaverde no forman parte de ninguna conspiración mundial del neoliberalismo, y desde luego este gobierno les ha hecho cualquier cosa menos caso. La semana pasada el propio Garicano repasaba la lista de reformas pendientes que la Comisión Europea sugería para España, quejándose amargamente que ellos llevaban pidiendo cosas parecidas desde hace años sin que nadie les prestara atención. Una crítica recurrente de los autores estos meses (que yo comparto, por cierto) es que el gobierno de Rajoy ha sido increíblemente tímido en sus reformas, presentando retoques menores como grandes cambios. La reforma laboral, sin ir más lejos, está a años luz de cualquier cosa reclamada por FEDEA ( un modelo de contrato único). El problema del mercado de trabajo es la dualidad, algo que la nueva ley no toca apenas.

Aparte de este hecho no precisamente irrelevante, Escudero basa todo el argumento del artículo en una elaborada teoría de la conspiración donde la ciencia es imposible si no es a cargo del estado. La gran banca está detrás de todo lo que escriben; no lean esos papiros, pues contienen palabras pagadas por el Mercado y Belcebú. Escudero ni se molesta en explicarnos por qué las propuestas de esos economistas empeorarían la situación española; si el Capital está a favor, el hombre está en contra. Uno no puede criticar a un think tank por intentar proyectar una imagen de “neutralidad, objetividad e imparcialidad” y obviar la necesidad de rebatir los argumentos de forma remotamente racional. España tiene una larga tradición de matar al mensajero, pero esto es llevarlo a un extremo absurdo.

Más allá de los ataques personales, el gran problema de la crítica de Escudero es que parece no entender cómo funciona un sistema parlamentario. Santos, Garicano y Villaverde piden un cambio de gobierno, no la abolición de la democracia y el advenimiento de un cirujano de hierro que cure los males del país. Reclamar que el Presidente del Gobierno deje el cargo no tiene nada de autoritario; todo el sistema democrático se basa en tener una oposición que pide esto de forma insistente todos los días del año. Si decir en voz alta que Mariano Rajoy es un inútil que va camino de cargarse el país y que debería abandonar el cargo es querer “eliminar la molesta soberanía popular” me temo que España está llenísima de dictadores involuntarios.

Si hablamos sobre cambios en el ejecutivo de forma específica, aproximadamente la mitad de presidentes del gobierno en democracias parlamentarias no pierden el cargo al caer derrotados en las urnas. Un presidente tiene casi la misma probabilidad de ser defenestrado por sus compañeros de partido o socios de coalición que en unas elecciones. Durante los últimos meses hemos visto dos jefes de gobierno caer de este modo, en Italia fruto de una rebelión dentro del partido del Primer Ministro, en Holanda por la salida de un socio minoritario.

Esta clase de revueltas parlamentarias aparecen incluso con dirigentes que disfrutan de mayoría absoluta; basta recordar las salida de Margaret Thatcher (víctima del sector europeísta del partido, cosa que tiene mérito) o Tony Blair (“pactada” con Gordon Brown) a media legislatura. En ambos casos,  fue una decisión perfectamente racional. Los tories británicos contemplaron con horror como Thatcher estaba hundiendo el partido en las encuestas; los laboristas veían el fantasma de la guerra de Irak. Si los diputados del PP un buen día se despertaran y decidieran plantear una moción de censura, no serían ni los primeros ni los últimos en sacar a un compañero de partido a patadas del gobierno.

¿Es esto antidemocrático? No, en absoluto. España es una democracia parlamentaria; votamos a una lista de legisladores, y estos escogen un Presidente. Si los legisladores PP creen que Rajoy va camino de cargarse el país y destruir el partido, tienen el deber constitucional de retirar su apoyo al gobierno. El Congreso, como representante del pueblo español, está perfectamente legitimado para hacerlo. Si el ejecutivo no es capaz de mantener una mayoría en la cámara, pierde el cargo y listos.  El parlamento está ahí para controlar al ejecutivo; eso incluye también vigilar su (in)competencia.

Tras defender el derecho de todo español a pedir que los inútiles pierdan el cargo y exigir que nos mande gente competente, es cierto que el artículo original de Santos, Garicano y Villaverde tiene lagunas. Comparto plenamente con los autores la idea que Rajoy es un problema y que el país necesita reformas urgentes. Lo que no estoy tan seguro, sin embargo, es que un gobierno de concentración sea una alternativa realista.

Para el PP, forzar la salida de Rajoy, especialmente ahora, sería firmar su suicidio político. Para empezar, debilitaría aún más nuestra maltrecha posición negociadora en Europa; nada dice “república bananera” como un partido con mayoría absoluta forzando la salida de su presidente a seis meses de la investidura. Por no hablar del efecto que esta zozobra política tendría en los inversores, especialmente en un país que no tiene un banquillo de tecnócratas con peso político demasiado extenso. Por añadido, es difícil creer que el electorado se tome a bien un golpe palaciego seguido por un rescate europeo; por muy incompetente que sea Rajoy, es una maniobra muy arriesgada.

Más allá de este detalle, los socialistas no tienen el más mínimo incentivo a apoyar un gobierno que tiene una mayoría absoluta aplastante; el PP no los necesita en absoluto.  Los conservadores tienen una capacidad de maniobra esencialmente infinita; tener unos cuántos ministros socialistas, en todo caso, disminuirá esta libertad de acción, no la aumentaría. Si queremos un gobierno de tecnócratas aislados del mundanal ruido, Rajoy tiene los escaños necesarios para ponerlo a la práctica sin buscar excusas.

¿Estaría mejor España con un Presidente distinto? Sí, es bastante probable. ¿Es realista decir que podemos cambiarlo ahora? Me temo que no, a menos que el PP tenga una vena heroica / suicida. Lo único que podemos hacer a estas alturas es rezar para que franceses y alemanes puedan llegar a un acuerdo institucional decente, que los votantes de la eurozona no nos envían a la mierda por cretinos, y que Rajoy se dé cuenta que no tiene ni idea sobre lo que está haciendo y salga de en medio. Me temo que el destino de nuestro país dejamos de controlarlo hace meses, cuando escogimos a un tipo para la presidencia que no sabía ni quién iba a ser su ministro de economía.

En política, los héroes no existen. Es hora que nos acostumbremos a esta idea y dejemos de esperar que de repente todo el mundo deje de responder a incentivos y haga “lo correcto”. Las instituciones a menudo cuentan mucho más que los políticos, mal que nos pese.

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