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La Iglesia más hipócrita del mundo

Antón Losada

Si los terribles sucesos que se investigan en Granada y han conducido a la detención de tres sacerdotes y un seglar profesor de Religión hubieran sucedido en Tennessee o en California, el 'clan de los Romanones' sería calificado sin remilgos como una secta donde los acólitos eran material de consumo sexual reemplazable al servicio de una organización mafiosa que se dedicaba a extorsionar y robar a ancianos moribundos. Como hemos topado con la Iglesia católica, todo se vuelve no llamar a las cosas por su nombre y agotar el repertorio de sinónimos y metáforas.

Mientras la policía investiga con un celo por la intimidad de los acusados que para sí quisieran muchos otros, lo más llamativo del caso sigue siendo cómo salió a la luz. Fue como resultado de una carta enviada por un miembro supernumerario del ultraconservador Opus Dei a un Papa con fama de progre y poco ortodoxo. No se la remitió al arzobispo de Granada, Francisco Javier Martínez, ultraconservador y miembro del movimiento ultramontano Comunión y Liberación. Tampoco a la Conferencia Episcopal Española, que tantas lecciones de moral nos ha impartido.

Parece algo extravagante pero tienen una lógica aplastante. A un lado tenemos al arzobispo de Granada, el editor del clásico Cásate y sé sumisa, hombre de negocios y leal protector de los pocos sacerdotes que le son fieles en su diócesis. El prelado que igual se postra en el suelo para pedir perdón que para remodelar su palacio. Al otro tenemos a un papa Francisco que cesa obispos pederastas, acude a rezar por los inmigrantes muertos en Lampedusa mientras los gobernantes corren a esconderse y va al Parlamento Europeo a denunciar que el Mediterráneo no puede ser una tumba. Cualquier persona en su sano juicio y que quisiera que alguien hiciera algo, también habría mandado la denuncia al Vaticano.

El caso de Granada demuestra de manera inapelable cómo la gerontocracia que manda en la Iglesia católica española la ha convertido en la más reaccionaria, retrógrada, cínica e hipócrita del mundo, mientras que en el Vaticano han decidido volver a conectarse con el mundo, la realidad y la gran mayoría de católicos que intentan vivir su fe con decencia.

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