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La Internacional Negra

Cabría preguntarse, asistidos por la experiencia de la novela negra y ante el cadáver de la socialdemocracia o al menos frente a su cuerpo malherido, quién es el asesino (o quién intenta deshacerse de ella) y aunque parezca obvio, verificar si el culpable es el capitalismo quien ejecuta con mano propia.

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De un tiempo a esta parte, con el sigilo que caracteriza a los movimientos que se articulan con voluntades férreas en células operativas, los creadores y lectores de la novela negra se han articulado en torno a organizaciones que operan en distintas ciudades y países: la Semana Negra de Gijón, Barcelona Negra, Getafe Negro, Buenos Aires Negra, el Encuentro de Novela Criminal en Bilbao, Valencia Negra

Se suele decir que Edipo Rey es el primer policial, o su antecedente trágico. Ricardo Piglia, apoyándose en Borges, fija el origen del género en Edgar Allan Poe y su detective Auguste Dupin. El matiz, según Piglia, estriba en que con Edipo nace la investigación y Poe inaugura el género policial a través de la figura del investigador privado. No es casual que el género sea coetáneo al capitalismo, que el dinero sea una de sus máquinas centrales y que, más allá de que lo consiga o no, el fin último de la novela policial es vender porque hay un mercado específico para ella. Por otra parte, la figura del detective, una figura privada que se mueve al margen del estado, resuelve los enigmas que se le escapan a este.

Si la novela negra es contemporánea del capitalismo, también lo es la socialdemocracia.

Cabría preguntarse, entonces, asistidos por la experiencia de la novela negra y ante el cadáver de la socialdemocracia o al menos frente a su cuerpo malherido, quién es el asesino (o quién intenta deshacerse de ella) y aunque parezca obvio, verificar si el culpable es el capitalismo quien ejecuta con mano propia.

El 1 de marzo de 1863 Ferdinan Lassalle, un ciudadano de Breslavia, escribió un texto reclamando cambios ante las injusticias de la primera revolución industrial que produjo la creación de la Asociación General de Trabajadores Alemanes. La creencia de una industrialización eterna –como la de un consumo perenne, religión asumida por nuestra sociedad hasta la llegada de la gran crisis– alentaron ese movimiento en cuya génesis está el ADN de la socialdemocracia: derecho al voto para aumentar con su fuerza mayoritaria el poder del Estado, un Estado que obligaría a los bancos a subsidiar cooperativas de productores y así participar activamente en un nuevo sistema.

Será Gerhard Schröder, también alemán, quien de manera explícita, señala que no hay una economía capitalista y otra socialista, sino una buena y otra mala. Esto produjo dos cosas en Alemania, una fue el alejamiento de Oskar Lafontaine de este programa neosocialdemócrata y la otra, la actual situación del SPD germano: un posible cogobierno con Angela Merkel, lo cual evoluciona las palabras de Schröder hacia el postulado de que no hay gobiernos de derechas o de izquierda, sino gobiernos buenos o malos.

Zygmunt Bauman observa que la izquierda ha venido a decirle a la derecha: “cualquier cosa que hagas nosotros la haremos mejor”. Es decir, en lugar de presentar un programa alternativo, como a finales del diecinueve impulsa Lassalle, el socialismo intenta demostrar que puede hacer lo mismo que los conservadores. José Luis Rodríguez Zapatero y Francois Hollande están en esa sintonía. Como afirmaría Gramsci, la derecha le ha ganado la batalla cultural a la izquierda.

El detective, puesto a mirar la escena del crimen, se preguntaría, ¿desde donde partió la bala?

La caída del muro de Berlín, liberando al poder occidental del peso soviético, podría llevar a pensar que vino del Este. Hoy el mundo es un entorno sin salida: la única manera de dar la espalda es escapar de su órbita, algo absurdo. No hay alternativas. El mismo Bauman sugiere que la solidaridad hoy se expresa de manera festiva o explosiva, como la de 15-M, una solidaridad que solo invita a unirse para sincronizar el griterío sin saber cómo pasar del ruido a la transformación de las condiciones sociales. Como afirmó, en este sentido, el filósofo Edgar Morin los indignados hacen críticas justas, denuncian, pero no pueden enunciar.¿Puede haber venido el disparo desde la idea de una nueva felicidad? Es aquella que indica que su esencia reside en los grandes almacenes o en cualquier punto de compra donde se pueda adquirir un objeto que satisfaga la infinita pulsión por el consumo. Consumir y no vivir. Porque vivir era, antaño, la expresión de la felicidad: compartir espacios laborales, afectivos y comunitarios.

También podríamos sumar más muertos y convertir al criminal en un asesino serial si incluimos a los trabajadores que han perecido en el actual marco social. Y, junto a ellos, la gran difunta: la política. No es casual que en los encuentros que convoca la novela negra se hable mucho más de política que de libros. No hay que olvidar que de algún modo el complot aparece en política traído por la ficción: las fuerzas oscuras que operan en el funcionamiento de los gobiernos. ¿O acaso los mercados no son los oscuros oráculos que marcan el paso de los gobernantes? ¿Podemos, entonces, acusar a los mercados de la muerte de la izquierda y de la desaparición del socialismo en Europa como fuerza moderadora, desde lo público de las relaciones sociales, de la interacción de clases?

La escritora sueca Maj Sjöwall, coautora junto a su pareja Per Wahöö de la serie de novelas protagonizadas por el inspector Martin Beck, entrevistada por este diario en el contexto de la última edición de Barcelona Negra, nos dijo que “desde los sesenta hasta el día de hoy, la socialdemocracia se derechiza cada vez más. Ahora tenemos un régimen burgués y los socialdemócratas intentan recuperar el poder pero los dos partidos, el de derechas y el de izquierdas, son casi idénticos, son como si fueran uno, prácticamente”.

¿Y si en lugar de ser víctima de un crimen, la socialdemocracia, se suicidó?

Escuchemos un último testimonio.

Cuando se le preguntó a Margaret Thatcher cuál había sido el mayor logro de su gestión respondió sin dudar: Anthony Blair.

Gran lectora del género y en especial de Agatha Christie, Thatcher no evitó la clásica respuesta: el asesino es el mayordomo.

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