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Si en el PSOE y en Podemos sólo se lucha por el poder...

Los eventuales pactos o la formación de un Gobierno han pasado a un segundo plano en la lista de preocupaciones de los dirigentes del PSOE y Podemos

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Es inquietante que la lucha por el poder interno sea en estos momentos el dato dominante de la situación tanto del PSOE como de Podemos. Pero también muy elocuente. Porque eso quiere decir que las incógnitas de la política nacional, los eventuales pactos o la formación de un Gobierno, han pasado a un segundo plano en la lista de preocupaciones de los dirigentes de ambos partidos. Porque las tensiones internas deben ser graves y exigir respuestas urgentes. Pero también porque unos y otros deben de pensar que a estas alturas ya poco pueden hacer en ese terreno y que no está en sus manos, en las de los dos partidos, la posibilidad de modificar sustancialmente las cosas. A menos que haya enormes sorpresas.

Siguiendo en esa línea de interpretación, el paso siguiente sería apuntar que ni el PSOE ni Podemos creen de verdad que pueda fraguarse y ser elegido por Las Cortes un gobierno alternativo al del PP. Que todo lo que ambos están diciendo al respecto, y sobre todo la dirección socialista, es retórica o tal vez sólo munición para la pelea interna. Lo cual lleva a concluir que antes o después, con terceras elecciones o sin ellas, con Rajoy o su sucesor a la cabeza, será el PP quien vuelva a La Moncloa. De la que, por cierto, no ha salido para nada y vaya si se nota.

Sin necesidad de rasgarse las vestiduras, todo eso indica que la situación de la izquierda en España es realmente mala. Y lo peor es que del debate interno que viven los dos partidos que grosso modo se inscriben dentro de esa denominación no apunta nada que haga pensar que puede mejorar.

La crisis del PSOE es sin duda más profunda que la de Podemos. Porque viene de lejos y ha dejado demasiados resentimientos a su paso, porque afecta a la razón misma de ser del partido, a su sentido político -¿qué es ser socialista hoy en España?- y porque parece imposible tender un puente entre las posiciones que hoy guerrean a muerte por hacerse con su dirección. Entre otras cosas porque en el centro de la polémica interna también se han instalado las distintas visiones y pasiones que existen en torno de la insoluble cuestión de la configuración del Estado español. Alimentadas además por los muy distintos intereses políticos que tienen los dirigentes y militantes de unos y otros territorios en cuanto exponentes de las fuerzas sociales de los mismos.

La vieja guardia del PSOE parece añorar el modelo de inserción del socialismo en el establishment, o de estrecha vinculación al mismo y a sus principales opciones, que tanta gloria dio a sus miembros, además de propiciar importantes avances sociales y estratégicos para el país. Es además intransigente con cualquier concesión a los nacionalismos catalán y vasco. Los barones regionales participan de esa misma lógica. Una y otros creen que Pedro Sánchez es un peligro para la continuidad de esa dinámica. Y quieren acabar con él.

Hay mucho más en la guerra interna del PSOE. Personalismos de todo cuño, rencores sin cuento, capillitas formadas en torno a intereses muy precisos y el hábito de la pelea a la mínima de cambio. Hasta ahora Sánchez y los suyos han sabido resistir a esa presión. Sacándose de la manga intentos imposibles de investidura, proponiendo pactos igualmente imposibles a sabiendas de que lo eran y lo son –como el acuerdo entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos de ahora- y maniobrando los resortes internos de poder un día y otro.

Está jugando con fuego y el día menos pensado puede quemarse. Pero tiene algo a su favor: sus adversarios carecen de una propuesta alternativa. No tienen un líder claro que oponerle, Susana Díaz lo es cada vez menos, y su idea de que abstenerse para que Rajoy sea investido frente al “no” de Sánchez se les ha deshecho en las manos: lo confirmó hace tres semanas Felipe González, su líder espiritual, cuando dijo que esa abstención requería que Rajoy se apartara del camino. Habrá que ver cómo termina la pelea. Sólo una predicción es posible: el PSOE seguirá muy débil, aunque en unas eventuales terceras elecciones conserve sus 84 escaños o le arranque alguno a Podemos.

En este partido también se ha abierto la guerra por el poder. Pablo Iglesias concita la oposición abierta de sectores significativos de Podemos. No pocos creen que el futuro del partido pasa por un cambio de líder. Tampoco es de extrañar tras un fracaso electoral tan sonado como el del 26-J y menos si se recuerda que Iglesias concentró en su persona toda la imagen y las opciones estratégicas del partido que precedieron a aquel chasco. El contrataque, la exigencia de una rendición de cuentas tenía que llegar. Se preparaba para después del verano, ya está en curso y seguramente no ha hecho más que empezar. El hecho de que haya estallado cuando dos campañas electorales están en curso no indica mucho y menos vocaciones suicidas. Porque en Galicia y en Euskadi la dinámica del mundo de Podemos va por su cuenta, es bastante inmune a lo que pasa en el resto de España y en Madrid. Lo cual no quiere decir que la articulación de las confluencias –de las dos citadas y de la catalana y la valenciana y puede que de alguna otra más- no vaya a ser un problema, y muy gordo. Pero más adelante.

De la manera tan sui géneris y reduccionista que permite el lenguaje de Twitter, en la batalla por el poder también ha aparecido una disquisición ideológica entre la opción del “miedo” y la de la transversalidad. Tal y como se han formulado quieren decir bien poco y hay que hacer un esfuerzo por intuir que detrás de ellas se dirime otra cuestión: la de que si Podemos puede aspirar a representar la vocación de cambio y de rechazo de la situación española actual teniendo como espina dorsal ideológica, cultural y de comportamiento político la que viene de la antigua militancia en el izquierdismo de origen marxista o leninista.

O si por el contrario, tiene que rechazar para siempre, por caduco e inservible, todo lo que eso comporta y lanzarse a la aventura, cuya suerte es indudablemente incierta, de buscar una nueva vía, hasta ahora prácticamente inexplorada, gestos puntuales y ya olvidados aparte. En torno a esa contradicción las espadas están ya en alto. Y como en todo partido que se precie, las batallas se librarán por los puestos en las distintas instancias de poder. El liderazgo de Iglesias y la fuerza de sus adversarios se medirán en función de los resultados en las mismas. En ese asador está y estará puesta toda la carne. Lo de los pactos y lo del gobierno importa menos.

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