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¿Puede ser Susana Díaz la Hillary Clinton del socialismo español?

Nos podemos encontrar con un escenario esperpéntico: una candidata sin rivales, que ni siquiera tenga que llegar a las primarias y que se convierta en secretaria general gracias al apoyo del pasado (encarnado de forma singular por Felipe González)

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Felipe González: Si fuera Susana Díaz no me presentaría a la secretaría del PSOE

La secretaria general del PSOE-A y presidenta de la Junta, Susana Díaz (d), y el expresidente del Gobierno Felipe González. EFE

La estructura interna del PSOE, ese galimatías de cargos, favores, promesas y ambiciones que ha sostenido por años la fachada del socialismo español, está al borde del abismo. La ficción pudo sostenerse durante los estertores del bipartidismo, con un coste dramático de pérdida de talento, sí, pero con el bálsamo de seguir tocando el poder de vez en cuando. La llegada de Podemos lo ha dinamitado casi todo. La falta de ideas se une ahora a la crisis de votos. Un partido que en el 82 batió todos los récords electorales de la historia reciente de España, debe asumir ahora una nueva realidad que, con suerte, le pone el techo en torno al 20%.

El llamado aparato, acostumbrado a salvar in extremis todas las aventuras que pudiesen perjudicarle, está ya totalmente desenmascarado. Los barones, que apoyaron a Pedro Sánchez, pero casi desde el primer momento le acosaron y acotaron su margen de maniobra hasta la destitución final, vuelven a estar como al principio: obligados de nuevo a unas primarias y sin candidatos con tirón, nivel o coraje. Es en este escenario de incertidumbres y miedos en el que entre bambalinas se ha movido Susana Díaz, jugando al escondite para no revelar sus verdaderas intenciones, pero moviéndose con habilidad –tiene experiencia– en los entresijos del poder.

Dicen que la gerontocracia política y económica está con ella. Parece que también la mediática, sobre todo la que se empleó a fondo para deshacerse de Pedro Sánchez. Díaz ha jugado estos meses con la indefinición, pero llegado el momento de la verdad, cuando ya tiene decidido su futuro, ¡qué mala suerte!, parece que en su propio territorio empiezan a lloverle los problemas. La marea blanca contra las deficiencias del sistema sanitario andaluz, la joya de la corona, ha prendido con fuerza. Y simultáneamente,  las bases del PSOE también han empezado a revolverse contra la presidenta.

Al final, nos podemos encontrar con un escenario esperpéntico. Una candidata sin rivales, que ni siquiera tenga que llegar a las primarias (ya lo hizo así en Andalucía) y que se convierta en secretaria general gracias al apoyo del pasado (encarnado de forma singular por Felipe González, el señor X de todas las conspiraciones) y sostenida por una estructura que está condenada a perder el futuro.

Díaz se ha convertido en una política que basa su discurso en pretender ser líder de una oposición que su partido ya no monopoliza y que alimenta su atractivo en la permanente agresión a Unidos Podemos, alejándose cada vez más de los que deberían ser sus socios naturales.

Es una pena que el socialismo español no sea capaz de tomarse a sí mismo en serio y siga gobernado por estas peleas de salón y conveniencias en vez de abrir un debate serio de ideas sobre qué quieren ser y qué país quieren que seamos. Y que esto suceda justo en un momento en el que la derecha (PP y Ciudadanos) no solo gana las elecciones, también ha conseguido imponer su discurso en casi todos los temas importantes (economía, derechos, inmigración, etc).

Susana Díaz tiene todas las papeletas para convertirse en nuestra Hillary Clinton, esa candidata de la que todos (incluidos sus padrinos) al final acabarán renegando. Un drama para el PSOE y seguramente también para España.

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