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15M para Rato

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Siempre he pensado que al 15-M le faltaba un poco de mala leche. No es que yo esté en contra de la paz, de las asambleas vecinales o que no valore en su justa medida los logros del movimiento en este último año, que han sido muchos. Al revés: su renuncia a la violencia me parece una estrategia muy realista para evitar su demonización y el rechazo de la gente. La quema de bancos, por poner un ejemplo de acción directa, sólo habría servido de excusa para su aniquilación. Y ha sucedido lo contrario: cada vez más personas sienten cada vez más simpatía por el movimiento de los indignados. ¡Hasta un mito de la ultraderecha como Ricardo Ynestrillas se siente cercano a los que toman las plazas! Y la estrategia no ha resultado estéril del todo, han conseguido cosas:  leyes como la de Transparencia —bien es cierto que muy descafeinada— o el debate sobre la dación en pago no hubieran sido posibles sin las reivindicaciones de los indignados. Por no hablar de las plataformas que han surgido a su alrededor, como Stop Desahucios, que con su presencia en las ejecuciones de hipoteca ha llevado a cabo una de las tareas ciudadanas más útiles y hermosas de estos años de crisis.

Pero aún así siempre he echado en falta un poquito más de ira, siempre he pensado que faltaba mordiente. Al PP le molestaban esos andrajosos jipis, sí; pero era más bien una molestia estética. Le molestaba como le molestan los pobres o las putas en la calle. No veía yo al verdadero poder, a la familia Botín, por poner un ejemplo a voleo, inquieta por las acampadas, nerviosa por las reivindicaciones pacíficas o incómoda con las asambleas de los barrios. Insisto: no es que yo quiera el caos, ni que incite a la violencia. No quiero sangre ni quiero fuego, tengo niños pequeños, estoy terminando de pagar mi hipoteca y sería una lástima que ahora me quemaran la casa o que me rompieran el televisor. Pero que yo sea un burguesito no cambia las cosas. Por lo que me acuerdo de mis clases de historia en el bachillerato, nunca se ha producido un cambio de régimen político y económico sin violencia. Con otras palabras: me parecía que el 15-M estaba a punto de  convertirse en una válvula de escape social, en parte imprescindible del sistema. Cualquiera que haya cocinado con una Magefesa sabe lo necesario que es el pirindolo: tiene que dar vueltas y hacer ruido para que la olla no reviente y se lleve la cocina por delante.

Por eso me ha dado tanta alegría la iniciativa del 15-M para destruir la imagen pública de Rodrigo Rato, el expresidente de Bankia (Ver en Twitter @15MpaRAto o en la red http://15mparato.wordpress.com). Por desgracia, la lista de objetivos es interminable, y después de Rato habría que continuar con Blesa, pero también con Dívar, el minero de Marbella. Como dicen en su perfil de Twitter: "En la guerra de los de arriba contra los de abajo el miedo ha cambiado de bando. Ahora los objetivos los ponemos nosotros". Es justamente este tipo de campañas el que hacía falta: acciones directas — very aggressive, como diría De Guindos—, pero nada violentas, pacíficas, pero contundentes. Pura defensa propia: ante la inacción de las autoridades y de los políticos, ante la indecencia impune, los ciudadanos se unen para llevar a Rato ante la Justicia, para impedir que se lleve cruda esa obscena indemnización de dinero público o por lo menos, por lo menos, por lo menos, para conseguir que se le caiga la cara de vergüenza. Viva.

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