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Sísifo se ha unido al grupo

Todo lo que hemos visto hasta ahora puede quedarse chico ante la necesidad de gestionar la realidad que nos espera a partir del lunes

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Mariano Rajoy, junto al Carles Puigdemont. (EFE).

Mariano Rajoy, junto al Carles Puigdemont

Palpita en muchas actitudes una especie de sensación de que hoy, el 1-O, arribamos a una meta en la escalada de tensiones y de incertidumbres y que pasado el día señalado habremos salvado un gran obstáculo. Unos, porque consideran que el día 2 amanecerá como el señalado para la liberación y se verán frustrados, y otros porque pretenden que no celebrándose la votación declarada ilícita ya se habrá resuelto lo más grave del pulso entre una parte de los catalanes y el Estado, pero estos tampoco verán sus esperanzas cumplidas.

La realidad es muy otra. Todo lo que hemos visto hasta ahora puede quedarse chico ante la necesidad de gestionar la realidad que nos espera a partir del lunes. La semana que viene será aún más complicada y las ramificaciones y problemas subrogados que nuestro sistema político y social vivirá se amplificarán si cabe. Transcurra como transcurra el día de hoy, todos saldremos magullados. Puede que unos más que otros, pero no hay esperanza para los que piensen amanecer ajenos.

Desde el Govern tendrán que elegir entre continuar la huída hacia ninguna parte o reconocer que no es posible hacer las cosas tal y como prometieron al pueblo. El Gobierno tendrá que mostrar sus cartas respecto a cómo piensa hacer frente a esta nueva situación y a una eventual declaración unilateral de independencia y ahí pueden comenzar a complicarse las cosas. Los que han sustentado la idea de defensa del Estado de Derecho y de la Constitución no están forzosa ni acríticamente de acuerdo con el Partido Popular y sus modos de actuación. Es un sofisma pretender que alinearse con la defensa de la legalidad es alinearse con Rajoy, su partido y su forma de entender y de hacer las cosas. No es así y no querer verlo es una manipulación. Los socialistas están ahí, con los dientes cerrados como un emoticono, esperando tensos la llegada de ese momento. De los sucedido hasta aquí hay que matizar muchas cosas y, sobre todo, la utilización directa de la Fiscalía, sin filtro judicial, para ciertas acciones. La realidad de ese exceso ha quedado probada con la orden de la instructora del TSJC de que cesen las diligencias y le sean entregadas. Ya ven, el sistema que sigue funcionando aunque le pese a algunos. No obstante, esa aquiescencia forzada por el sentido del deber no tiene por qué ser absoluta y expansiva y eso es lo que no se si Rajoy y sus huestes terminan de ver. Su manera de dejar pudrir los asuntos nos ha traído hasta aquí, pero no puede contar con que el discurso de la racionalidad y la defensa de la ley obligue a acompañarle por senderos de dudoso trazado en materia de defensa de la legalidad y los derechos y de utilidad política.

Así que no queda otra que bregar con la necesidad de hallar una solución política a un problema que no la tiene fácil. Citaré aquí a Manuel Azaña: " Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias, ya las cometa el Estado, ya se cometan contra él: eso prueba la realidad del problema, que está muy lejos de ser una cuestión artificial. Es la manifestación aguda, muy dolorosa, de una enfermedad crónica del cuerpo español. Desde hace casi siglo y medio, la sociedad española busca, sin encontrarlo, el asentamiento durable de sus instituciones. Las guerras civiles, pronunciamientos, destronamientos y restauraciones, reveladores de un desequilibrio interno, enseñan que los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo". Azaña escribió esto en el exilio. Fue probablemente, junto con Cánovas, uno de los jefes de Gobierno más culto y más consciente de la historia que ha tenido este país. No tenemos la suerte de contar con dirigentes así ahora y por eso no es fácil pensar que vamos a ser capaces de quitarle la razón y de demostrarle que sí somos capaces de crear un espacio común de respeto para todos.

Esa es la tarea que debiera estar fraguándose. Otra vez más. Sísifo se ha unido al grupo de nuevo. No queda otro remedio. Lo que suceda hoy en las calles de Catalunya debería tener presente en todo momento el día después, en el que no quedará otra opción que buscar una solución política. Temo que eso es lo que el Partido Popular, o parte de él, y los nacionalistas españoles rancios se niegan a ver ahora como se han negado a ver durante años. Las banderas en los balcones, las despedidas patrióticas y las soflamas sólo tienen una traducción posible: siguen sin entender nada.

El mayor consenso, nacional e internacional, que se ha podido hallar en estos días de tribulación se concentra en la necesidad de ofrecer una salida legal al elevado número de catalanes que quieren una votación legal y con garantías. Muchos de ellos para poder decir "no" y estar seguros de ser escuchados. Una votación con normas pactadas referidas, claro, a participación, volumen de síes necesarios para ganarla, cuestiones económicas y políticas para una supuesta escisión, etcétera. Mucho me temo que tanto calentar la olla les va a impedir descabalgarse de parte de la cerrazón que han arrastrado hasta ahora y sin bajarse de la burra, unos y otros, dialogar y pactar es imposible. No, no tenemos que votar todos. No, no tiene que poder hacerse en todos los territorios.

La mesa de diálogo propuesta por los socialistas es, hasta el momento, la única iniciativa puesta sobre la mesa para el día después. La limitación de las propuestas posibles es evidente dada la situación política del conjunto de España y la implicación que en los futuros resultados electorales pueda tener el posicionamiento para la resolución de esta grave crisis de convivencia.

No tengo muchas esperanzas puestas en la grandeza de espíritu con que se aborde una solución política al problema. Grandes cabezas políticas y grandes corazones ya se estrellaron antes contra el mismo muro. Así que no arriesgo nada al pronosticar que lo más difícil está por llegar.

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