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Unidad popular y sentido común

"Si nos creemos que el "sentido común" ya ha hablado y que los hechos son irrefutables: la vía es la "unidad popular", así, a secas, corremos el peligro de perder la brújula que ha sabido traernos hasta aquí", afirma el autor

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La complejidad de los resultados de las elecciones del 24 de mayo del año 15 es inseparable del complejo recorrido de la política española en su último año. Parecería una banalidad poner esto de manifiesto si no fuera por la simplicidad con la que algunos sectores parecen complacientes imaginando que por fin han conquistado el sentido común –sin muchos intentos ni esfuerzos previos; todo hay que decirlo–.

"Es el momento del mezquino triunfo del "sano sentido común", que se atiene efectivamente "a los hechos" y pretende dejarse de historias: positivismo agnóstico, petrificación y reificación de la vida de un pueblo". Hoy sus representantes son quienes hablan de unidad popular olvidando las raíces de la tensión que dotaba su sentido. En el ciclo electoral español, "unidad popular" fue la respuesta a quienes insistían con la soflama "unidad de la izquierda" en el contexto del surgimiento de Podemos. Cuando entonces se decía "unidad popular" era la forma de mentar un proyecto que no pasaba por apilar actores e identidades sino por de la construcción de significantes capaces de trascender la agregación de demandas ciudadanas bajo una voluntad general. Esto es, reconocía la complejidad de la construcción de un sentido común de época donde lo fundamental era la pelea por ciertos significantes (ciudadanía, cambio, solvencia) alejándose de símbolos más identitarios  (izquierda, partido). La política española del último año es incomprensible sin la intervención positiva de todos los aparatos políticos y comunicativos existentes por situar a Podemos sobre ese eje de tensión.

En estas circunstancias se han desarrollado las elecciones del 24 de mayo. Podemos concurría como tal allí donde había autonómicas y apoyaba candidaturas ciudadanas de "unidad popular" en las municipales. Con la práctica excepción de la ciudad de Madrid, los resultados autonómicos en las ciudades han ido mejor que las candidaturas municipales. Madrid ha sido la bonita excepción.

El éxito de Manuela Carmena no se debe a que una pequeña porción de sus votantes denominemos a la candidatura "de unidad popular"; poco ha tenido que ver la composición de la lista o la organización interna con en el resultado. Más bien, Madrid -con Manuela Carmena-, ha sido el lugar dónde más y mejor se ha apostado por aquello que se encontraba en la raíz de la hipótesis: construir significantes agregadores y soltar identidad. La jueza Carmena, con su malvada antagonista, es hoy el significante más amplio, cercano, fresco, amable y rupturista con el que contamos los madrileños. Y, como todo significante, siempre en disputa.

Pues bien, si en lugar de aceptar este contexto, nos creemos que el "sentido común" ya ha hablado y que los hechos son irrefutables: la vía es la "unidad popular", así, a secas,  –como  han venido apropiándose aquellos mismos que decían lo de la "unidad de la izquierda" para decir exactamente lo mismo–, entonces corremos el peligro de perder la brújula que ha sabido traernos hasta aquí. El reto es saber actualizar el proyecto en una realidad política, afortunadamente, cada vez más compleja, tupida, y cuyo sentido común de época no se deja apresar tan fácilmente.

En los próximos meses corremos el riesgo de hacernos más simples y por ello no estar a la altura; así que abandonemos los lugares comunes esencialistas y sigamos construyendo con palabras, proyectos y sentidos materiales que recuperen la frescura en lugar de enquistarla.

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