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Wert y Rajoy se parten de risa

José María Calleja

La cosa empezó cuando Rajoy estaba en la oposición y Wert, con la soberbia inherente al personaje, despreciaba el sistema educativo vigente y tenía muy claro cómo aniquilarlo para instalar sobre sus escombros la excelencia, termino sobado por el uso de las FAES.

Con suficiencia redundante, Wert decía saber perfectamente cómo hacer un sistema educativo radicalmente distinto, que acabara con todos los males que le habían endosado al socialista: buenista, que no premiaba el esfuerzo, que pretendía la igualdad de todos/as, en el que se impartía educación para la ciudadanía. Wert sabía, con sólo mirarse al espejo, que él era superior, muy superior, a la media de la Humanidad y que en unos días lo cambiaría todo.

Wert en la oposición tenía muy claro cómo acabar con las bobadas de la educación socialista y cómo poner en marcha un sistema educativo como Dios manda.

Wert sabía que su fórmula era el éxito, se miraba a si mismo, siempre sin dudar, y llegaba a pensar, como Aznar: el éxito soy yo.

Durante los meses previos a las elecciones se paseó a Wert por televisiones, radios y periódicos para difundir, con suficiencia y simpatía, el martilleo de la buena nueva pepera que acabaría con todos los males conocidos, que establecería una nueva escala de valores basada en los méritos y que arrumbaría la zarandaja igualitaria. Así, Wert se quedó a vivir un buen rato en los medios de comunicación, enviado como excelente mensajero del PP que anunciaba que en España, pronto, empezaría a amanecer.

Tan claro lo tenía todo Wert, y tanto confiaba en él Rajoy, que hasta le escribía discursos al indolente, le ayudaba a interpretar encuestas electorales y le guiaba sobre los pasos a dar para derrotar a los despreciados socialistas. (Wert ya hizo algo parecido cuando le cocinaba encuestas a Mario Conde y le adulaba como salvador de España).

Todo iba entonces a la perfección, verás como en poco tiempo le damos la vuelta a la situación y acabamos con la hegemonía cultural de la izquierda, con su dominio de la educación, parecían decirse Wert y Rajoy.

Bien, llegados al Gobierno, Wert salió disparado en la carrera por convertirse en el peor ministro de educación de la democracia, esprintó, semestre tras semestre, por ser el peor valorado del mediocre Gobierno de Rajoy y empezó a actuar y a acuñar frases que lejos de resolver los problemas existentes, los agravaban o, incluso, creaban otros nuevos.

Sin dejar las risitas y la soberbia, Wert echó gasolina en Cataluña: “hay que españolizar a los alumnos”; embistió contra las gentes de la cultura a golpe de IVA letal y, sin complejos, quiso establecer criterios de gestión de empresas privadas en centros públicos. Nuevos valores que había que instalar en tiempo récord.

Los que le elogiaban y reían las gracias en los medios, empezaron a asustarse a los pocos meses de llegar Wert al Gobierno, al ver sus ataques furibundos a lo público, su desprestigio del profesorado, su obsesión por sacar del sistema educativo a todos aquellos que suspendieran.

Con Wert se criminalizaron las protestas de profesores, se estableció la idea de que estos eran privilegiados, que vivían de la mamandurria del Estado, que no estaban preparados y tenían muchas vacaciones.

Había que cargarse la LOGSE y a las generaciones formadas en ella y establecer una ley que alumbrara al hombre nuevo liberal: excelente, esforzado, emprendedor, que huye de lo público. Había que actuar con urgencia, sin complejos, pegar una patada en el culo a los tildados peyoratívamente de funcionarios, hacer un plan de choque de consecuencias irreversibles y que acabara de una vez por todas con una educación pública, caricaturizada y despreciada desde la soberbia de las FAES.

En realidad había que hacer una traslación del “capitalismo del desastre” (Klein) a la educación, que ha resultado ser un desastre en manos del PP.

Wert seguía pedaleando por ser el último en las encuestas --él se veía como el primero en las Antípodas--, comprobaba en sus propias carnes cómo alumnos excelentes, los mejores expedientes de la pública y la privada, le negaban el saludo en actos públicos por sus recortes. Wert soportaba ataques de actores y gentes del cine, rechifla, cabreo e indignación general.

Incluso su robusto ego empezó a resentirse, pasó a un perfil más bajo, al mutismo casi, y empezó a rumiar la idea de huir, huir a París, con su novia.

Dicho y hecho. Después de las urgencias y las suficiencias, después de las miles de veces en las que dijo que él tenía la solución, Wert no acaba la legislatura (¿y el esfuerzo?); no se queda para ver las consecuencias de su ley (¿y el elogio de la excelencia?); y tira de lo público para conseguir una canonjía (¿dónde la crítica a la mamandurria?).

En la Avenue Foch, lujo dentro del lujo, tendrá Wert un piso de 500 metros --¡cuadrados, eh!--; chófer; personal a su servicio, dos; sueldo de 10.000 euros al mes, con vacaciones en verano, Navidad y Semana Santa. Todo ello pagado por el Estado al que hay que combatir. En París se encontrará, ¡qué casualidad!, con la que hoy es su mujer, Montserrat Gomendio, que era la número dos en el Ministerio de Educación cuando Wert era ministro y que compartía el mismo ideario liberal.

De manera que excelente Wert no ha sido capaz de completar una legislatura, después de anunciar durante años lo claro que tenía todo lo que había que hacer, se ha dado el piro con una gigantesca mamandurria pública y en este minuto del verano se parte la caja de la risa ante los pringaos públicos, profesores y funcionarios en general, de los actores y de todos los que han sufrido sus políticas.

Rajoy ha premiado la excelencia en el desastre, reacio a los cambios, ha pagado al escribidor de sus discursos con un cargo que demuestra su sentido patrimonial de la política, su desprecio a la opinión de los ciudadanos y su frivolidad.

Frívolo Wert exonera su vejiga por la risa, lo hace sobre todos los españoles y lo hace desde el lujo parisino pagado por todos, desde un cargo que pagamos todos; todos menos él.

Esta es la excelencia liberal: premio a los que no acaban el curso.

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