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El amor, la Vespa y la UVA de Vallecas

El creciente fenómeno de los trabajadores pobres y las migraciones crecientes van a convertir el problema de la vivienda en el eje de las preocupaciones y las políticas de Madrid

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La segunda de Carmena sería Marta Higueras y Rita Maestre (Podemos), portavoz

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, junto a la concejala Marta Higueras. Foto de archivo EFE

Ese ¡hola, pareja! siempre me sonaba a música celestial. A reconocimiento público de una realidad que mi yo enamorado disfrutaba desde hacía unas semanas. ¡Hola, pareja!, nos decían cuando llegábamos en enero de 1977 a los barracones de la parroquia de la UVA de Vallecas, uno de los poblados más deprimidos y necesitados de Madrid.

Viajábamos a bordo de mi vieja Vespa, una 125S de 1960, que probablemente había rendido sus mejores servicios en manos de algún cartero, pero que ahora, con su inconfundible sonido y ya bastante achacosa, aún tenía fuerzas para llevarnos a María Jesús, mi novia, y a mí, a los confines de la capital cargados de libros, lapiceros y cuadernos.

Las UVA (Unidades Vecinales de Absorción) nacieron en 1963 –había siete– para dar cobijo a los inmigrantes, sobre todo de Andalucía y Extremadura, que por cientos de miles estaban llegando a Madrid. Eran construcciones muy básicas, que estaban pensadas para no sobrevivir más allá de cinco años, soluciones provisionales para alojar con rapidez a las familias más necesitadas. En el caso de la de Vallecas, más de 1.200. Pero esos cinco años iniciales se fueron alargando. En Vallecas se tardaron más de 20 años en cambiar los barracones por viviendas con hechuras de ser consideradas como tales. Y en todo ese tiempo a la precariedad económica, educativa y de salud, se añadió la de los barracones, que a pesar de los cuidados de sus inquilinos, eran cada vez más endebles e insalubres.

Tantos años después de ese tremendo mes de enero de 1977, en el que aún no había democracia y los ultraderechistas mataban en las calles y en los despachos de abogados a los demócratas, Madrid tiene un problema de miles de familias necesitadas de una vivienda. De miles de historias de precariedad. De miles de víctimas de una crisis de la que en su mayoría han sido actores pasivos pero víctimas activas.

Marta Higueras, la primera teniente de alcalde de Manuela Carmena, nos dice que hay 17.000 familias en lista de espera para recibir un piso social. De las que 8.000 están en situación de emergencia y 4.500 necesitan asistencia prioritaria. El Ayuntamiento no tiene pisos, apenas le quedan 300 para los casos más urgentes. Pero Marta Higueras tiene un plan, ha encontrado una solución, al menos provisional. Se usarán algunos solares de propiedad municipal para construir barrios prefabricados y poder acoger con rapidez al mayor número de familias posible. "Viviendas de construcción efímera", parece que les van a llamar. El primer mini barrio se instalará en un solar de San Blas, dará cobijo a 70 familias y debe estar listo en abril del próximo año. Luego vendrán otros en Chamartín, Moncloa, Hortaleza...

Bienvenida sea esta iniciativa, siempre será mejor que no hacer nada, pero la verdad es que si atendemos a las previsiones de casi todos los especialistas, Madrid –como otras grandes capitales– se enfrenta en el inmediato futuro a un problema creciente de necesidad de vivienda, sobre todo para personas de rentas bajas. El creciente fenómeno de los trabajadores pobres, en parte nacido de la desastrosa reforma laboral del PP y su uso abusivo por parte de las empresas, y las migraciones crecientes, van a convertir el problema de la vivienda en el eje de las preocupaciones y las políticas de Madrid. Y no creo que un puñado de casas prefabricadas sirva para casi nada. Necesitamos en Madrid, en Barcelona, en Valencia o Málaga, planes en los que se impliquen las tres administraciones –estatal, autonómica y municipal–, para pensar y planificar el futuro antes de que la realidad arrase y sea de nuevo, frente a la racionalidad, la que diseñe nuestras ciudades.

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