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Los dos bandos de esta guerra

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Viajeros se oponen a un vuelo de deportación de Vueling. Foto: @ANNAPALOU

Viajeros se oponen a un vuelo de deportación de Vueling. Foto: @ANNAPALOU

Hay dos clases de personas y constituyen dos bandos: el de las que bloquean el pasillo de un avión para tratar de impedir que alguien que se lamenta esposado sea deportado sin compasión, y el de las que se suben a un barco a amedrentar en alta mar a gente hacinada en una balsa de terror y a bloquear la compasión de quienes se acercan a ayudarlos.

Las primeras personas eran  pasajeros que se encontraban en un avión de Vueling que iba a volar de Barcelona a Dakar. En él estaba también un joven al que se disponían a deportar a Senegal. Ante la situación del ciudadano que se quejaba del mundo que iba a expulsarlo de la que acaso fuera su última esperanza, de manera espontánea se pusieron del bando de la solidaridad. Once de ellas fueron obligadas por la Guardia Civil a abandonar el avión de la deportación y se enfrentan a multas que van de los 60 a los 225.000 euros por infringir la ley de seguridad aérea. La solidaridad puede salir muy cara, tanto que la próxima vez que surja de manera espontánea quizá sea autorreprimida y un ciudadano sin mundo se quede más solo aún. O quizá no: depende del bando en que quieras estar.

Las segundas personas forman parte de la organización ultraderechista  Defend Europe y surcan el Mediterráneo en un barco, llamado C-Star, que han podido fletar gracias a donaciones anónimas. Su objetivo es que “Europa no se convierta en África” y “hacer más seguro el Mediterráneo”. Su enemigo, las ONGs, a las que acusan, en un ejercicio de aberrante cinismo, de ser responsables de las muertes de personas africanas en el mar. Uno de los miembros más destacados de Defend Europe es Clément Galant, vinculado al Frente Nacional Francés. Galant y el resto de los treinta neofascistas y xenófobos del C-Star han decidido “no irse de vacaciones” este verano y destinar su tiempo de asueto a truncar el afán de supervivencia de miles de personas para quienes la palabra vacaciones no existe sino como un escarnio.

La situación vivida en el avión del vuelo de deportación de Vueling y las que se vivirán en el Mediterráneo frente al barco de Defend Europe son pequeñas batallas de la guerra mundial que se libra y sufrimos, cuyas víctimas directas son el joven senegalés que lloraba esposado y las personas que, empapadas de nada, vomitando lo último, tratan de huir de sus peores efectos. Un avión comercial cualquiera y un viejo barco de los 70 constituyen ahora suficiente flota bélica para marcar los bandos. Los Estados y las instituciones deben escoger en cuál de los dos quieren estar, así como debemos escoger los ciudadanos: si somos los once de la dignidad de Vueling o los treinta del escuadrón de la vergüenza del C-Star.

Porque, mal que nos pese a quienes defendemos la paz, ya hay una guerra, por difusa que sea, en la que se dirime el futuro de nuestra Europa y del mundo. Una guerra con dos bandos: el de la generosidad universal y el del egoísmo identitario. Y en cada uno de ellos, una clase de personas. Toca luchar, así sea en la cabina de un avión.

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