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La batalla socialista de Madrid

Pedro Sánchez se lo juega todo con su apuesta de Madrid.

Rosa Paz

Más allá de una encuesta de urgencia, según la cual Pedro Sánchez sale reforzado y las expectativas de los socialistas en Madrid elevadas hasta la primera posición, nadie sabe a ciencia cierta si la operación del secretario general del PSOE de apartar a Tomás Gómez de la dirección del PSM y de la candidatura a la Comunidad de Madrid va a tener éxito en las urnas. Esa es, seguramente, la principal debilidad de decisión tan arriesgada, pero también su mayor fortaleza. Porque con esa abrupta resolución es ahora Pedro Sánchez quien se juega directamente su liderazgo. Si su apuesta madrileña sale mal, puede darse por acabado, pero será el PSOE el que saldrá ganando si el cambio de candidato le permite obtener en las elecciones del 24 de mayo un resultado mejor que el que los sondeos le vaticinaban hasta ahora.

Madrid es una plaza fundamental en la próxima convocatoria electoral, porque se juegan dos grandes centros de poder y de proyección política, la alcaldía y el gobierno autonómico, y porque el partido que consiga hacerse con ellos aparecerá como ganador moral de los comicios aunque tenga pobres resultados en otros territorios. Si siempre ha sido así, en esta ocasión la batalla de Madrid tiene aún más trascendencia, porque será aquí, más que en ningún otro lugar, donde los partidos medirán sus fuerzas en una convocatoria que llega revolucionada por la irrupción de Podemos. Esa es la razón por la que es en las federaciones madrileñas de los principales partidos donde se están produciendo las principales escaramuzas preelectorales.

El PP de Madrid, sin candidatos decididos, se desangra en una sorda batalla, IU acaba de sufrir su mayor fractura interna con la marcha de Tania Sánchez, la gran vencedora de las primarias, y el PSOE está aireando sus trapos sucios, sus debilidades y sus divisiones tras la destitución de Gómez. Parafraseando a Tolstoi se podría decir que todos los partidos felices se parecen, pero los infelices lo son cada uno a su manera. Y en el PSOE, pese a que las peleas internas son una tradición del PSM, parece que la decisión de Pedro Sánchez responde al temor a que la investigación judicial sobre el sobrecoste del tranvía de Parla les pudiera dar un susto en plena campaña electoral y a que la popularidad de Gómez había caído tanto, que en Ferraz temían que el PSOE rozara la irrelevancia en Madrid.

No es la primera vez, ni será la última, que la dirección de un partido actúa con esta contudencia cuando ve peligrar un resultado electoral. Sí lo es que la persona a la que la cúpula del partido se quiere quitar de en medio se resista y en lugar de aparentar que abandona voluntariamente, como suele ocurrir habitualmente, fuerce una destitución por decreto y después se atrinchere en el cargo. Pero Gómez es así. Aunque parece que esta vez su rebeldía va a ser estéril, porque no se vislumbra posibilidad alguna de que pueda doblegar a la Ejecutiva federal ni tampoco de que vaya a concitar el apoyo de muchos dirigentes, salvo su círculo de fieles madrileños. Más bien se arriesga a cosechar reproches por dañar al partido con su insumisión.

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