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La disputada memoria de Monseñor Romero

Fue asesinado en 1980 por defender a los pobres, por denunciar en sus homilías y cartas pastorales las matanzas del ejército

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Hablar de  Óscar Arnulfo Romero en El Salvador ha sido siempre hablar de un santo. Un santo y un mártir para los creyentes, pero también para los que no lo son tanto, incluso para los que no lo son en absoluto. Fue asesinado en 1980 por defender a los pobres, por denunciar en sus homilías y cartas pastorales las matanzas del ejército y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos de los gobiernos conservadores.

Monseñor Romero era, en palabras del periodista salvadoreño Carlos Dada, fundador de ElFaro.net, un sitio que les recomiendo, un permanente indignado por los privilegios de una oligarquía salvaje que tenía atenazado al pequeño país centroamericano. Pero también un crítico implacable de los excesos de las guerrillas izquierdistas.

El próximo sábado, 35 años después de que un francotirador le partiera literalmente el corazón cuando oficiaba una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, la iglesia oficial va a proceder a su beatificación. Esa iglesia que le dejó solo ante sus ejecutores. Hoy, incluso los mismos poderosos que alentaron su asesinato o lo jalearon, intentan apropiarse de su memoria.

El pueblo le recuerda por su valentía, por su de defensa de los derechos humanos, por sus críticas a las políticas criminales, por su cercanía a la gente y su distancia con los poderosos. Y ellos, los que siguen de alguna manera controlando el país, decididos a edulcorar la figura de Monseñor Romero, a reescribir la historia para ocultar su responsabilidad en este y en tantos asesinatos de inocentes, solo quieren ahora hablar de amor. Mártir por amor, y punto. ¿Por qué recordar ahora sus homilías? ¿Por qué remover las responsabilidades de su muerte? ¿Por qué reconocer que su discurso sigue vigente en este país asediado por la violencia y la injusticia?

El sábado será un gran día para el pueblo salvadoreño, pero en esas tribunas de invitados privilegiados, quizá en las primeras filas, habrá alguno que no tendrá la conciencia tranquila.

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