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¿Cuándo empezó la economía a premiar a los directivos fracasados?

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En un exceso retórico, la prensa británica lo ha llamado la Primavera del Accionista. No hay barricadas ni antidisturbios peleando por cada centímetro cuadrado de asfalto. Pero sí es en cierto modo un levantamiento contra una de las tendencias más acusadas en el capitalismo de los últimos 20 años: el poder supremo de los directivos de las grandes corporaciones. El detonador ha sido algo que hasta ahora se aceptaba como inevitable: el constante incremento de sus retribuciones incluso con independencia de los resultados de la empresa.

En EEUU la relación entre el sueldo de un CEO (consejero delegado) y un trabajador era de 20 a 1 en 1965. Treinta años después, la ratio se había acercado a 90:1 con un crecimiento sostenido. A partir de entonces, la curva se lanzó hacia el cielo y en 2010 alcanzó el nivel de 200:1. La diferencia entre lo que cobra la cúpula y el trabajador medio ha aumentado hasta niveles inconcebibles en décadas anteriores. Quizá sea una coincidencia, pero, al igual que en la desregularización de la industria financiera, esta tendencia se aceleró a mediados de los noventa con la Administración de Bill Clinton.

La actual crisis no sólo no ha supuesto un freno a esta desigualdad creciente. De hecho, se podría decir lo contrario. La media de las remuneraciones de los consejeros delegados de las empresas que cotizan en el índice bursátil FTSE de Londres subió un 11% en 2011 (hasta los 3,65 millones de libras). Es decir, nueve veces más que sus trabajadores. La austeridad o la contención salarial sólo funciona en una dirección. En la planta noble, no se ve afectada por la cuenta de resultados o la deuda.

A veces, no importa que las empresas sufran pérdidas o atraviesen una situación difícil. En un agudo contraste con la realidad, los emolumentos no dejan de subir. En España, el Consejo de Administración de Prisa prevé que sus integrantes ingresen 10,57 millones de euros en 2012, un 23% más que el año anterior. Se alegan circunstancias inusuales, pero lo que de verdad llama la atención es que sean las decisiones tomadas por esos mismos las que directivos hayan conducido a que el grupo empresarial tenga una deuda de 3.500 millones de euros, su acción en Bolsa valga sólo 37 céntimos de euro, y exista el riesgo real de que la plantilla de el diario El País tenga que sufrir fuertes recortes en los próximos meses. Los trabajadores y los accionistas pagan un alto precio por la crisis. No se puede decir lo mismo del equipo directivo.

Otro ejemplo reciente en España fue el de Fernando Martín, presidente de la constructora Martinsa Fadesa. Uno de los símbolos de la burbuja inmobiliaria --no el peor aunque sí uno que tuvo su minuto de gloria cuando presidió el palco del Bernabéu, además del club de fútbol que juega allí--, incrementó su remuneración un 23,3% para llegar a los 2,65 millones. Las pérdidas netas de Martinsa fueron en 2011 de 496 millones de euros. ¿Qué cobrará Martín si algún día su empresa vuelve a los beneficios?

No hay muchas posibilidades de implicar a los gobiernos en una respuesta a esta situación. Los salarios en una empresa privada son un asunto que no concierne a nadie más. Si los accionistas lo permiten, será que están contentos con la gestión de los directivos. La realidad es que ciertas normas de buen gobierno son sólo un trámite, ni siquiera engorroso. Los miembros independientes de un Consejo de Administración son nombrados por el consejero delegado, con lo que muy independientes no son. Raramente, hacen de contrapeso y además se ven beneficiados por la extrema generosidad en materia de remuneraciones. ¿Cuál es su incentivo para que esos salarios millonarios no se disparen?

De ahí que lo que esté ocurriendo en el Reino Unido llame la atención y quizá pueda extenderse a otros países. El pasado 3 de mayo, cinco juntas de accionistas se vieron afectadas por la protesta de pequeños inversores molestos tanto con la gestión de la compañía como por los sueldos de sus directivos. No fue un súbito y no organizado movimiento de protesta. Ahí estaba el grupo Fair Pensions, que promueve que fondos de pensiones e institucionales hagan inversiones responsables y no especulativas.

En la junta de Aviva, la mayor compañía de seguros del Reino Unido, el control absoluto habitual en este tipo de reuniones saltó por los aires. Los accionistas votaron en un 59% contra el informe de remuneraciones. Este tipo de votaciones no son vinculantes, pero el consejero delegado, Andrew Moss, recibió el mensaje. Unos días despues, presentó la dimisión.

A Moss no le había servido intentar renunciar a un aumento salarial del 5% que hubiera hecho que sus ingresos superaran la barrera del millón de libras. Los accionistas estaban más atentos a otra cifra. Las acciones de Aviva han caído un 30% este año. En realidad, desde que Moss llegó a dirigir la empresa en 2007 ese descenso ha estado cerca del 60%.

¿Desde cuándo una de las reglas del capitalismo consiste en premiar a los fracasados?

Una de las razones de que este movimiento de accionistas haya tenido un cierto éxito es el apoyo del ministro británico de Empresas, el liberal demócrata Vince Cable. "Los inversores tienen que mantener la presión", ha dicho Cable, que tiene la oportunidad --se dice que también el interés-- de pasar de un apoyo testimonial a los hechos. El Gobierno podría obligar a las empresas que cotizan en bolsa a que el veredicto de la junta de accionistas sobre la remuneración del consejo sea vinculante. Otra posibilidad contemplada, al menos así lo han solicitado los laboristas, es que se necesite una mayoría cualificada, de hasta el 75%, para aprobar en la junta cambios en las remuneraciones, habitualmente al alza. Eso serviría de efecto disuasorio.

¿Hasta qué punto? Como se vio en la polémica de los bonus en los bancos, los dirigentes empresariales parecen inmunes a las repercusiones políticas y hasta éticas de la crisis. Lo único que importa son los números. La actuación del ministro Cable demuestra en cualquier caso que algo de liderazgo político nunca está de más y puede tener consecuencias importantes.

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