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La falla valenciana

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Ha querido la casualidad que la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana declarando nulo el ERE que dejó en la calle a 1.200 trabajadores de la Radio Televisión Valenciana –y el precipitado anuncio del cierre del ente público, que conlleva el despido de otros 500– haya coincidido en el tiempo con la detención de la cúpula directiva de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), acusados de cometer varios delitos en operaciones financieras realizadas en el Caribe. La casualidad, el azar, o la acumulación de tantas irregularidades que llevaron a la quiebra de esa Comunidad Autónoma y, que tarde o temprano, tienen que acabar por coincidir en la portada de los medios de comunicación.

¡Qué lejos quedan aquellos años de vino y rosas en que los gobernantes valencianos se paseaban con los magnates de la Fórmula 1, habituales a su vez del papel cuché! Por poner un ejemplo. ¡Qué olvidados aquellos paseos en Ferrari, aquellas inauguraciones por todo lo alto de esas obras faraónicas que hoy se están desmoronando! ¡Cuánta megalomanía alimentada por los pelotazos del ladrillo! Nada era suficiente entonces. El dinero corría e incluso, en ocasiones, se perdía en bolsillos ajenos.

Ahora, no quedan euros ni para pagar la luz, mucho menos para hacer frente a las deudas. Claro que el despilfarro no fue exclusivo de la Comunidad Valenciana, pero la Comunidad Valenciana fue el paradigma de aquel momento nuevo rico que contagió a buena parte del país. Se pueden enumerar una por una las piezas de la ostentación y no tener ni espacio para colocar la retahíla: Terra Mítica, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el circuito de Fórmula 1, la Copa América de vela, el aeropuerto peatonal de Castellón, son sólo los casos más evidentes. Como los son también las tres entidades financieras arruinadas. Bancaja, Caja de Ahorros del Mediterráneo y el Banco de Valencia.

En fin, dinero había mucho, pero tampoco había para todo. Era una cuestión de prioridades. Porque, en medio de aquella borrachera de gasto innecesario, los Gobiernos del PP valenciano empezaron a ensayar, por ejemplo, la privatización de la Sanidad. Para disminuir costes, decían, aunque más bien parece, por el resultado, que se trataba de repartir el negocio.

Ahora sólo quedan los restos de aquel naufragio. Desaparecidos del primer plano de la política por razones diversas quienes presidieron los años del jolgorio, a Alberto Fabra le toca administrar las míseras consecuencias. La herencia que le dejó su propio partido. Esta falla valenciana, que no es que se queme, es que se hunde.

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