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La fantasía gana-gana de la democracia liberal

A raíz de los recientes errores de cálculo, debemos recalibrar nuestros radares políticos, y eso significa tomar en cuenta todas las fuentes potenciales de interferencia, no solamente aquellas que encajan en una narrativa limpia y ordenada

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Pocos analistas esperaban que los británicos votaran a favor de salir de la Unión Europea o los estadounidenses eligieran a Donald Trump como su próximo presidente. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que surgió una explicación de consenso para justificar estos errores de cálculo. No obstante, cuando se trata de sucesos tan complejos, y con tantas consecuencias, deberíamos estar muy atentos para no caer en razonamientos simplistas.

El consenso actual culpa a las "élites" –en la academia, los medios de comunicación y las empresas– por haberse dejado atrapar tan fuertemente por su mundo relativamente cosmopolita y conectado que no llegaron a escuchar atentamente a los grupos menos educados y conectados. Al ser estos grupos los que menos se han beneficiado de la globalización, han sido los más propensos a rechazar a las instituciones supranacionales (en el caso de Brexit) o a los candidatos de la corriente política tradicional (en el caso de Trump). Ignorar a estos grupos fue, en muchos sentidos, un error patente.

Hay una considerable cantidad de apreciables razones para justificar este punto de vista. El "pensamiento grupal" afecta habitualmente a la élite financiera e intelectual de hoy en día, incluyendo a los encuestadores, quienes a menudo tienen formaciones académicas similares, trabajan juntos, leen los mismos medios de comunicación, y se reúnen en las mismas conferencias y eventos, celebrados en lugares que se extienden desde Davos a Aspen.

Los miembros de este grupo tienden a creer que absorbieron las grandes lecciones de la historia. Tienden a desacreditar al racismo e incluso a las formas más leves de etnocentrismo, y es poco probable que rechacen el feminismo. Aunque estos grupos no son parangones de la diversidad, hay un reconocimiento generalizado del valor de la diversidad, y del hecho que el predominio de los hombres, como mínimo, está comenzando a declinar.

El otro denominador común de este grupo es la riqueza. Si bien no todos los miembros de este grupo son multimillonarios, tienden a tener la educación y las habilidades necesarias para cosechar los beneficios de la globalización económica. Como resultado, en general no llegaron a reconocer, hasta hace poco, la creciente desigualdad, especialmente en Estados Unidos, como un problema prominente (sin embargo, sin lugar a duda, muchas de las élites más ricas se han involucrado en una cantidad sin precedentes de obras de filantropía).

Está claro que las élites cosmopolitas, que son las que toman decisiones que tienen consecuencias en sectores de importancia crítica, desde los sectores empresariales y financieros hasta los políticos, son las que deben prestar más atención a las quejas de los menos afortunados, de los menos educados y de los menos conectados. En lugar de juntarse con personas con ideas afines a las suyas en silos aislados, estas élites deben crear plataformas que conecten a las personas provenientes de los contextos y circunstancias más diversas –incluyéndose a aquellas cuyas vivencias con respecto la globalización son muy distintas a las de ellos. Tales plataformas ayudarían a abordar la fragmentación del debate público.

Sin embargo, las "burbujas" ideológicas no son el único problema. En primer lugar, las élites han fracasado no sólo en predecir las recientes victorias populistas, sino también en anticipar que el decididamente no populista François Fillon ganaría la primaria presidencial de los republicanos de centro-derecha franceses por un amplio margen. Claramente, ignorar la ira de la clase trabajadora no es el único factor que bloquea sus radares políticos.

Por supuesto, es reconfortante creer que, si los hechos fueran mejor conocidos y las personas pudieran discutirlos más desapasionadamente, los votantes se unificarían más y la política sería más constructiva. Pero, incluso con un discurso mejorado y más sustentado en los hechos, los intereses de las personas serán divergentes.

Aquellos que votaron por Brexit o Trump no solamente fallaron en cuanto a poder entender los verdaderos beneficios de la globalización; hoy en día, estas personas carecen de las habilidades o las oportunidades para garantizar que irán a recibir un pedazo del pastel de los beneficios de la globalización. Por lo tanto, más allá de la necesidad de comunicación, radica una auténtica necesidad de instauración de políticas redistributivas, las mismas que no son beneficiosas para todas las partes. Los principales beneficiarios del libre comercio y el cambio tecnológico deben compensar activamente a los perdedores mediante impuestos, subsidios y apoyo al empleo.

Del mismo modo, está fundamentalmente errada la suposición de que el Occidente liberal y democrático es, en gran medida, homogéneo en cuanto a sus intereses económicos y geopolíticos. La verdad es que las potencias occidentales tradicionales, a pesar de tener mucho en común, tienen divergencias en muchas áreas, que van desde la política energética –Europa es mucho más dependiente de los hidrocarburos en comparación con Estados Unidos– a la seguridad. En este contexto, simplemente no bastará comunicarse de mejor manera y llegar a acuerdos sobre los hechos. Serán necesarias negociaciones, en las que ambas partes deberán sacrificar algo.

Estos problemas apuntan a un defecto más amplio en la cosmovisión occidental: la creencia en soluciones donde todos ganan, en las llamadas soluciones "gana-gana". De hecho, la democracia liberal, tanto en sus encarnaciones de centroderecha como de centroizquierda, se sustenta en la creencia de que tales soluciones (siendo la más importante entre ellas la paz) pueden beneficiar a una "sociedad" –o, en realidad, a la humanidad en su conjunto– a la larga. La democracia negocia las vueltas y rodeos de dichas soluciones y gestiona los sacrificios a corto plazo. Sin embargo, en última instancia, todos se van a beneficiar.

Por supuesto, el fracaso en cuanto a garantizar las soluciones gana-gana, a menudo, lleva a situaciones pierde-pierde. En la primera mitad del siglo pasado, se creía, de manera generalizada, que la falta de conquista del espacio agrícola condenaría a los países a morir de hambre. Hoy, se esgrimen argumentos similares sobre la energía.

La realidad es más complicada. Para que las economías garanticen el "triunfo" del crecimiento inclusivo, los muy ricos pueden tener que someterse a una forma de regulación y tributación, incluyéndose su sometimiento a las normas internacionales, lo que les costará sustancial riqueza a largo plazo. Si bien esto no convertiría a los ricos en perdedores (ellos aún continuarían siendo ricos), no se puede negar que incurrirían en pérdidas.

Lo que el enfoque liberal-democrático sí comprende correctamente es que casi siempre hay espacio para llegar a soluciones de compromiso, es decir soluciones toma y daca. Si bien no todas las personas se irán a casa sintiéndose como verdaderos ganadores, a las personas y países, de manera individual, les va mejor cuando trabajan en conjunto y llegan a acuerdos en comparación a cómo les iría si se apropiaran y defenderían espacios y recursos limitados mediante el uso de todos los medios a su disposición. Los costos de los conflictos modernos, incluyendo el costo del estancamiento a nivel nacional, son demasiado grandes, al punto de que incluso los ganadores terminan perdiendo.

A raíz de los recientes errores de cálculo, debemos recalibrar nuestros radares políticos –y eso significa tomar en cuenta todas las fuentes potenciales de interferencia, no solamente aquellas que encajan en una narrativa limpia y ordenada. En este punto, la diferencia fundamental en la cosmovisión de los demócratas liberales o de los socialdemócratas y de los ideólogos de línea dura, sean estos nacionalistas o no, puede ser la diferencia que acarree más consecuencias. Los primeros deberían reconocer que sí existen situaciones gana-pierde a medio plazo, pero deberían mantener su fe en que en el largo plazo habrá un cambio democrático gradual en sus propios países, mientras que de manera simultánea trabajan para sostener la paz internacional.

Traducción: Rocío L. Barrientos

                                                                                                                    

                                                                                        Copyright: Project Syndicate, 2016

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