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Que la izquierda no pague el pato del PSOE

Felipe González ha cegado la única posibilidad que el PSOE tenía de mover el panorama general: la de un acuerdo con los independentistas catalanes, y con Podemos, para que Sánchez fuera investido presidente

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Todos los actores de la crisis del PSOE deben saber, es imposible que no lo sepan, que su partido va a salir fuertemente dañado de la actual guerra interna. Sea cual sea su resultado. Porque en la batalla, como ocurre desde hace ya mucho, no ha aparecido atisbo alguno de ideas, de proyecto político que permita dar el mínimo salto hacia adelante. Porque la imagen del partido entre sus votantes y en la ciudadanía va a empeorar aún más. Y porque ninguno de los dirigentes que se están peleando se perfila como un líder con la fuerza necesaria para mejorar significativamente la suerte del socialismo español.

En privado cualquier socialista reconoce que el futuro no es de color rosa. Algunos incluso dicen que la cosa puede empeorar mucho. Pero inmediatamente pasan a echar la culpa de ello al otro, al rival. O a rebuscar en el pasado, inmediato o no tanto, la causa de los males presentes, que siempre atribuyen a una acción o una omisión del bando contrario al suyo. Es un debate estéril, que no va a concluir en nada y del que no va a salir nada que valga para algo. O mejor, no es un debate, sino la mera expresión multiforme de la ira y el resentimiento que provoca el fracaso, el declive imparable del PSOE.

En los próximos días o semanas comprobaremos cómo termina este capítulo dramático de la guerra interna. Hoy por hoy es una incógnita. Para los observadores y para los que están metidos en ella. En realidad no es muy importante. Al menos desde el punto de vista de la política española. Dando el banderazo de salida para la ofensiva de los críticos, Felipe González ha cegado la única posibilidad que el PSOE tenía de mover el panorama general. La de un acuerdo con los independentistas catalanes, y con Podemos, para que Sánchez fuera investido presidente. Eso sí, aceptando alguna fórmula de referéndum en Cataluña.

Esa vía ya no existe. Ni siquiera en el supuesto, muy improbable, de que Sánchez conserve la Secretaría General. Porque nadie va a pactar nada con un partido que se ha dividido en dos partes iguales, o casi, justamente por culpa de la política de pactos. La hipótesis de unas terceras elecciones ha quedado arrumbada por la crisis socialista. Ningún socialista en su sano va a propiciar un nuevo descalabro electoral. Ya lo único que puede ocurrir es el que el PSOE, o cuando menos bastantes de sus parlamentarios, se abstengan en la votación de investidura de Rajoy. Falta un requisito para que eso pueda pasar: el de que los socialistas nombren a alguien que en su nombre participe en la ronda de consultas que Felipe VI tiene obligatoriamente que realizar antes de hacer el encargo al líder del PP.

Superado ese escollo se podrá decir que Felipe González y los críticos han ganado la partida. Que ha desaparecido el riesgo de que se abrieran las puertas a que el independentismo catalán cosechara un primer y notable éxito en su procés, gracias a que un líder débil del PSOE estaba dispuesto a hacer esa concesión para mantener su cargo.

Los protagonistas del contraataque sobre Sánchez no podían desconocer que la operación iba a tener un coste enorme para el PSOE. Que se hayan decidido a lanzarla indica que para ese sector del partido evitar una cesión ante los nacionalistas merecía cualquier coste. Que su operación estuviera mal articulada, que no tuviera garantías de triunfar fulgurantemente, no les ha arredrado. Querían frenar, destruir, no parir algo con futuro. Y que Sánchez no haya sido capaz de detectar la profundidad del rechazo que esos comportamientos sugieren, no hace sino confirmar la levedad del personaje, su aventurerismo sin base que el pacto PSOE-Ciudadanos de hace unos meses indicó bien a las claras.

Y una cosa más. Que se desengañen quienes piensen que el PSOE, cuando menos en un horizonte previsible, va a sufrir la misma suerte que el Pasok griego. Porque cuenta aún con muchos resortes para resistir aunque sea a la baja (¿qué oposición puede hacer su grupo parlamentario dividido? ¿Los mismos diputados que se abstendrán en la investidura de Rajoy aprobarán el presupuesto que éste presente dentro de muy poco?).

Pero también porque la Syriza en ascenso, y menos la de hace tres años, no es el Podemos de hoy. Está claro que la crisis interna socialista ha oscurecido, quién sabe si aplacado bastante, la que sufre la organización que lidera Pablo Iglesias. También que el dramón del PSOE da nuevos e imprevistos vuelos a las esperanzas políticas de Podemos. Pero para que éstas se conviertan en realidad tiene que pasar tiempo, y seguramente no poco. Y asimismo que durante el mismo el partido del cambio y del rechazo se aclare, decida qué quiere ser y cómo.

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