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La justicia divina del supremo juez

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En la Escuela Judicial, ese lugar donde se prepara a los jueces neófitos para su futuro oficio, circula el chascarrillo de que “por encima de todos está dios; por encima de los jueces, ni dios”. En el caso que nos ocupa y preocupa estos días del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Joder Pudicial, Carlos Dívar, no está muy claro el papel de los dioses y de los jueces, y cuál de ellos está de jefe.

A todos nos ha preocupado el extraño y laxo sentido de la moral del supremo juez, devenido presuntamente en una especie de Berlusconi de la judicatura que al parecer no sabía distinguir muy bien entre el ocio y el negocio. Pero me alarmaría que al final de esta historia, si la denuncia llega a término, cosa que dudo dada la endogamia corporativa, todo se quede en apenas una chorizada, “una mala interpretación” del uso del dinero público, “un simple error”.

Porque la sola presencia de Carlos Dívar al frente del Tribunal Supremo, nombrado por un gobierno de Zapatero con el aplauso de Mariano Rajoy, ya es una anomalía democrática, fruto del miedo de los socialistas de topar con la Iglesia, lo que ha servido para que los súbditos morales del Vaticano continúen conservando sus privilegios medievales y sus inmensas riquezas por miedo a perder votantes.

Y digo que es una anomalía, porque en el caso concreto de Dívar “dios sí está por encima del juez”. Él ya ha declarado sin pudor que los dictados de su religión están por encima de las leyes de los hombres, lo que debería preocuparnos mucho más que el despilfarro de sus semanas caribeñas.

Su dios, por boca del vicediós que vive en el Vaticano, el farsante de Roma, ha declarado ilegales los matrimonios entre homosexuales, ha dictaminado que ser homosexual es un desorden de la conducta; considera el aborto, en cualquiera de sus circunstancias, un asesinato; y prohíbe el divorcio, por citar supuestos legales en nuestra legislación que Carlos Dívar debería aceptar... pero que se supone que no puede aceptar por imperativo divino.

Por si esto fuera poco, tenemos de juez supremo a un tipo que adora y se somete a los dictados de un dios básicamente injusto que, si existiese, debería ser llevado maniatado ante la Corte Internacional de Justicia acusado de atentar gravemente contra los Derecho Humanos avalados por Naciones Unidas.

Veamos el sentido de la justicia del dios de Dívar:

- No respeta el más elemental principio jurídico de que la pena ha de estar en consonancia con la falta o el delito cometido por el reo. Su dios te puede condenar a permanecer en el Infierno eternamente por el “delito” de masturbarte. Cinco minutos (bueno, yo tardo más, por la edad) de placentero delito, y toda una eternidad de condena.

- La condena en el Infierno conlleva, además, la modalidad de tortura, ardiendo eternamente en el fuego inagotable, entre alaridos y cagondios, tortura taxativamente prohibida en cualquier sociedad medianamente civilizada, excepto en Guantánamo.

- Sus leyes, que rozan el disparate, están dictadas por el puro capricho. Te expulsa en pelotas del Paraíso y te condena a morir por la nimiedad de haber desobedecido la orden de no comer del fruto prohibido del árbol de la Ciencia del bien y del mal. Por no hablar de la prohibición de comer carne los viernes de Cuaresma, aunque te puedes forrar de marisco, como bien hacía, supongo, Carlos Dívar para flagelarse en los restaurantes de lujo marbellíes que frecuentaba presuntamente con nuestro dinero.

-Ese dios sería condenado por negación de auxilio, pues siendo como es omnipotente, permite sádicamente y sin mover un dedo que media humanidad pase hambre y sed, que la pobreza, la injusticia y la enfermedad avancen como una mancha de aceite, y no hace nada por detener las guerras que desangran al planeta.

Es decir, que tengamos de presidente del Supremo y del Joder Pudicial a un seguidor de la secta judaica cristiana, a un incompetente que considera las leyes de ese dios atrabiliario escritas en la Biblia más justas que las publicadas en el Boletín Oficial del Estado, que todavía pensemos, digo, que lo importante es que nos devuelva unos cuantos miles de duros que presuntamente nos afanó es no comprender que estamos al borde del precipicio a punto de dar valientemente un paso al frente.

Ni dios pude estar por encima de nosotros. Ni siquiera Carlos Dívar, que debe de ser la hostia.

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