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Tres lecciones del PP sobre el asunto de los estibadores

En solo seis meses de legislatura, el asunto de la reforma del sistema de estiba ha evidenciado tres características del Partido Popular: la indolencia, la incapacidad de diálogo y la hipocresía

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Los estibadores de los puertos anuncian movilizaciones en contra la reforma del sector

Hace una semana sucedió algo muy poco frecuente en el Parlamento: la derrota de un gobierno en la convalidación de un Decreto Ley, esto es, una norma dictada por el Gobierno para casos de extraordinaria y urgente necesidad. Tan solo dos precedentes de tales derrotas existían (1979, 2009) y no es casualidad que ello le haya sucedido con un ministro (reciente) de Fomento como De la Serna, cuya experiencia al frente de un Ayuntamiento como el de Santander, su trampolín, ha sido la de un comportamiento muy absolutista.

Es sin duda muy complejo el asunto de los estibadores y bastante se ha escrito en este tiempo explicando el tema. Yo sólo quiero centrarme en tres lecciones de lo acontecido la pasada semana en el Congreso y que revelan unos comportamientos que caracterizan la forma de gobernar que tiene el Partido Popular, muy marcado por el estilo de su presidente.

La primera lección es la inacción y pasividad del PP en su forma de abordar los problemas. Es característico de Rajoy que las decisiones ante hechos a los que debe enfrentarse sea con harta frecuencia el no tomar decisiones.

Hay una parte que es de vagancia, otra de pereza vital y otra que es estratégica: evitar los problemas y confiar que el paso del tiempo los arregle, como pasa con las cicatrices. Es indudable que esto, aplicado desde aquella máxima de que quien resiste, gana, le ha dado a él personalmente buenos resultados con cierta frecuencia. La idea de ganar por aburrimiento la tiene muy interiorizada. Esas eran las lágrimas de Esperanza Aguirre.

La reforma del sector de estiba y desestiba portuaria no es algo caprichoso, sino una obligación de los Estados de la Unión Europea donde existe una normativa muy clara de liberalización de todos los sectores, particularmente en este sector y que obligaba y obliga a todos los países a llevarla a cabo.

Pero esto que se podía y debía haber hecho hace tiempo, era ya muy coercitivo desde finales de 2014 con una clara sentencia del Tribunal de Luxemburgo. Lo que hace ya más de dos años tenía que haber sido abordado, fue tratado con estilo rajoniano: dejándolo enfriar. Pero es que bastante antes, el 25 de noviembre pero de 2011, a punto de ganar las primeras elecciones Rajoy, ya la Unión Europea envió un primer requerimiento a España. En él le advertía que el sistema de estiba y desestiba en España vulnera la normativa comunitaria.

En esos años, pensaría nuestro líder que era un engorro y eso, los "lios" -como él llama a los problemas-, suponía enfrentarse a un modelo y a unas asociaciones a las que el propio poder (ya en tiempos del emperador Aznar) había dado gran fuerza. Y luego, tras la sentencia del Tribunal europeo, implicaba enfrentarse a un riesgo cuando a finales del año siguiente habría elecciones y acaso esto les perjudicase.

Tenían mayoría absoluta pero hicieron dejación de sus responsabilidades. Y esto revela que frente a la petición a la ciudadanía de una amplia mayoría y respaldo a un gobierno fuerte, además de cobardía, lo que puede suponer es una falacia pues ¿por qué esperaron a perder la posibilidad de abordarlo entonces?

La otra lección a extraer de lo acontecido en ese debate es que el PP no sabe gobernar negociando. Su capacidad de diálogo es ínfima. Su forma de tomar decisiones es la de ordeno y mando. Por ello, buscan en esta situación cualquier subterfugio (entre otros el vetar la tramitación de iniciativas legislativas de la oposición) para gobernar sólo en la manera que conocen.

Y eso que tiene dos potenciales socios: uno es un partido como Ciudadanos, que es tan o más de derechas que el PP y que en materia económica se mueve incluso en aguas hasta más liberales que el propio PP. Pero al partido de Rivera lo único que le importaba no tanto eran esos trabajadores portuarios sino decirle parlamentariamente al PP que ellos son imprescindibles y que deje de ningunearlos. El otro potencial y no infrecuente socio que le ha echado varias manos, en paripés de "pseudo pactos de Estado", es un PSOE bastante alejado de la izquierda, muy frágil y temeroso de tener que presentarse ante la ciudadanía en unas hipotéticas elecciones.

En efecto, esta amenaza puede ser utilizada (en parte ya lo es por la prensa del régimen) por un PP al que en el país inventor de la "siesta" (palabra internacional) recibe incremento de votos por no hacer nada por mejorar en asuntos como empleo, corrupción, desigualdades, etc.

La tercera lección de este embrollo, siendo el PP quien se metió en ello y después no negoció, es la hipocresía. Pretender ahora llamar "irresponsables" a los grupos de la oposición por lo que no son sino equivocaciones suyas es muy cínico.

Que el único e insistente discurso del alcalde que soñaba (y lo logró) ser ministro sea que esa acción de la oposición nos va a costar al Estado una multa que tendremos que pagar quienes sufrimos impuestos (porque hay gente muy poderosa que no paga y luego se los perdonan estos y las sanciones) es algo sin valor. ¡Pues no hemos tenido que pagar desmanes y agujeros como los de Rato, los políticos corruptos y despilfarradores y los grandes constructores que eran capaces de hacer fuentes en el desierto!

En solo seis meses de legislatura, el asunto de la reforma del sistema de estiba ha evidenciado tres características del Partido Popular: la indolencia, la incapacidad de diálogo y la hipocresía.

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