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Y mañana, Cataluña

Rosa Paz

Puede que sea porque Mariano Rajoy no es un hombre capacitado para el dramatismo. O a lo mejor se debe a que durante tres años no ha hecho nada para tratar de resolver el problema catalán, salvo recurrir al Tribunal Constitucional y a la Fiscalía, mientras que Artur Mas, Convergència, Esquerra Republicana, la Asamblea Nacional Catalana, Omnium Cultural y decenas de miles de catalanes enfliaban el camino de salida. Pero el caso es que hay muchísimos ciudadanos allí, en Cataluña, y aquí, en el resto de España, que piensan que gane quien gane el domingo no pasará nada. Deben de creer, que de ser algo grave, el Gobierno habría intentado arreglarlo. Habría analizado el problema, habría dialogado, habría desplegado un abanico de soluciones y habría buscado hasta mediadores, si hubiera hecho falta. Así que como no ha habido nada de eso, deben de pensar que es porque no pasa nada.

Y eso que en los últimos días de campaña electoral se han desatado las furias advirtiendo de todos los males del universo si Cataluña se independiza, lo que podría, al menos, haber transmitido la idea de que hay preocupación. Pero parece que ha sonado tan exagerado y tan de última hora que a unos les ha resbalado y a los otros también.

Con todo, no deja de ser sorprendente que mientras Junts pel Sí y la CUP anuncian que en caso de sumar mayoría absoluta de escaños harán una declaración unilateral de independencia —DUI en sus siglas—, algunos incluso de los que van a votar a esas dos candidaturas crean que no la habrá. No que no habrá independencia. Porque como dice ahora el PNV “la independencia no la proclamas, te la reconocen” y no parece que vaya a haber organismo internacional, ni la ONU ni la Unión Europea, dispuesto a reconocer una declaración unilateral catalana. No, es que hay muchos ciudadanos, votantes incluso de esas listas, que piensan que no se producirá la DUI.

Así que la que resulta asombrosa es precisamente esa tranquilidad de espíritu que anima a unos a votar a quienes avanzan hacia la independencia y a algunos otros a no votar a nadie, porque total, no pasará nada. Y no es que no se fíen de sus representantes políticos. Es que argumentan, por ejemplo, que las fuerzas económicas catalanas lo impedirán. Lo peor es que les parece bien que sean los poderes fácticos de toda la vida quienes frenen el procés y no la fuerza de los votos y de la política.

Están también los que confían en que la Unión Europea no consentirá que una región rica como Cataluña se separe de España y mediará para buscar una solución con el Gobierno español. Y hay quien piensa que esa manifestación de fuerza a favor de la secesión que se puede producir mañana en las urnas tiene como único objetivo forzar al Gobierno a negociar. A negociar ¿qué?, ¿la independencia?, ¿los protocolos a seguir para que Cataluña sea un estado nuevo? No, no. Creen que el Ejecutivo negociará, por ejemplo, una mejora de la financiación autonómica o una reforma de la Constitución, o ambas cosas.

Ese relativismo ciudadano es, en el fondo, una fuente de esperanza. Porque parece que los electores no conciben un aumento de la tensión política y social dentro de Cataluña y de Cataluña con España, y si la mayoría no lo ve, seguramente no se producirá.

Lo grave es que quien no se dé cuenta de la trascendencia del asunto sea Rajoy, que se mantiene impasible, reformando de urgencia el Constitucional para que adopte medidas coercitivas contra quien se plantee proclamar la independencia, y que en lugar de buscar soluciones negociadas que satisfagan a la mayoría, a la que no quiere la independencia pero tampoco el inmovilismo, parece dispuesto a utilizar una vez más Cataluña para tratar de ganar las elecciones generales.

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