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No es lo mismo 'tic-tic' que 'tic-tac'

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La campaña de publicidad del Partido Popular en los medios de comunicación llega tarde porque el vacío generado con su renuncia a la política o dicho en otras palabras, la traición a su electorado al abandonar el programa electoral con el que alcanzó la mayoría parlamentaria, ese vacío, el espacio donde convergen las demandas de los ciudadanos, ya está ocupado por otros agentes políticos.

El presidente Mariano Rajoy va abriendo puertas para dar las gracias por la aceptación de sus medidas de austeridad, aquello que la socióloga Saskia Sassen coloca en el contexto semántico correcto y define literalmente como el equivalente económico de la limpieza étnica.

¿Pero, podía el Partido Popular hacer otra cosa? No, por la sencilla razón que ese era y es su fin último y más allá de los desaciertos de sus relatos –poco afortunados por cierto– continúa férreo en su cometido tal como quedó demostrado el viernes en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministro en la que el Gobierno se alineó claramente a las tesis de la canciller Angela Merkel en lo referente al planteo griego obviando los matices y acercamientos que François Hollande y Matteo Renzi han hecho reivindicando el crecimiento frente a la austeridad, es decir, la herramienta de limpieza étnica económica.

Mariano Rajoy abandonó el plasma, frío y distante, para encerrarse en un spot publicitario, una suerte de relato tradicional, un paso de comedia o de telenovela en la que al final de la historia el malo no lo era tanto y se alcanza la conciliación, como en los viejos culebrones en los que la familia del chico rico guarda sus armas perversas ante la chica pobre de la que el vástago se enamoró y celebran todos las nupcias.

Mariano Rajoy apeló también en su día a la realidad como autora no ya de su relato sino el de todos. No se percató que justamente esa realidad que se ha tornado insumisa ya que el sistema financiero ha destruido todas las infraestructuras económicas tradicionales y ha roto la narración sostenida durante décadas por el cuerpo social. En aquel pasado no tal lejano, había certezas, una desigualdad en la que la socialdemocracia podía intervenir para mitigarla y por eso se podía representar en una telenovela o un culebrón a la hora de la siesta. La realidad a la que apela Rajoy –sin saberlo– se expresa con el reality show, con la telerrealidad, que se transmite en directo, carece de guión y por lo tanto es imprevisible.

Dos o tres años atrás, la mayoría actuaba frente a los primeros desahucios, los alarmantes datos iniciales del paro o ante el prólogo de recortes de la misma manera que cuando se produce un accidente en la carretera: se aminora la marcha para ver, asomarse al desastre y después se acelera para dejar atrás a los heridos y a la chatarra. Ya no.

¿Alguien podía predecir hace un par de años el triunfo de Syriza en Grecia? Su base electoral era muy baja pero se sometió al país a una prueba de estrés de máxima violencia, desmantelando todos los contenedores sociales, tanto públicos como privados ya que la austeridad arrasó también a las pequeñas economías; los créditos y los rescates no llegaron para paliar ningún daño, todo lo contrario: el dinero circuló solo dentro del sistema financiero. Por eso ahora pasa, mira y se va; los vehículos se detienen y los ciudadanos bajan de ellos para ocupar la carretera y debatir de que manera se pueden evitar los accidentes. Como en aquel cuento de Julio Cortázar, La autopista del sur, un atasco monumental, inconcebible, la gente descubre nuevas formas de relación política en la vía pública.

Dice Sassen, desde su aguda mirada, que en Davos no solo se buscan herramientas económicas, con el mismo afán se trabajan también mecanismos culturales que puedan construir relatos de modo tal que la troika consiga moralejas conciliadoras para la fábula de la desigualdad. Da la impresión que al igual que Rajoy, dando las gracias en los portales, ya no tienen quien les escriba.

Días atrás Pablo Iglesias puso en circulación una expresión nueva para acentuar el cambio griego y otros que puedan avecinarse: el tic-tac. Tan eficaz resultó la metáfora que incluso la marca de pastillas del mismo nombre no dudó en sacar anuncios aludiendo a ese inesperado golpe de suerte para su producto.

El crítico británico Franz Kermode tiene una bella descripción del tic-tac. Según Kermode el tic-tac del reloj es un relato en el que tic es el principio y tac el final. El cuento del tiempo que nos contamos ya que en realidad, la onomatopeya del reloj es tic- tic. Los escritores de Davos deberían tomar nota. Su pragmatismo les lleva a oír solo el tic-tic pero el relato que está en la calle es tic-tac.

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