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Los partidos políticos necesitan un "shock de modernidad"

Un país que no es capaz de imaginar su propio futuro con esperanza es una sociedad en crisis

La marcha de Eduardo Madina de la política es síntoma de una situación de deterioro del sistema de partidos que no son capaces de renovar a sus élites de manera eficiente

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Eduardo Madina en el Congreso EFE

Se presentó pidiendo un shock de modernidad para este país, pero le venció la caspa que todavía se posa sobre los hombros de nuestra política. En las semanas que convivimos recorriendo agrupaciones socialistas durante la campaña electoral por la Secretaría General del PSOE en 2014, Eduardo Madina repetía insistente que aquí no se escucha Radio 3, que para él simboliza una España culta e intelectual, una España que no es.

Para el proyecto de Eduardo Madina formamos un equipo electoral que jamás he vuelto a repetir e iniciamos un viaje fantástico en busca del ideal de la belleza en política. Madina nos lideraba a todos en busca de esa nueva España que él tiene en la cabeza: una España competitiva que se llame a sí misma España, un país de gente preparada, nacionalistas de su tiempo, patrióticos con la cultura y la modernidad anhelada.

Fueron días de vino y rosas. Nos rebosaba el optimismo y la juventud. Por primera vez asistía a un desbordamiento electoral. Nos rodeó la épica desde el primer momento. Teníamos un candidato excepcional, al que todos temían, dentro y fuera de su partido. Sus fortalezas eran sus debilidades. Su visión le alejaba de una realidad que él no reconocía. Pero sus discursos y sus destellos de brillantez superaban todos los momentos adversos.

Tengo la absoluta convicción de que la historia le volverá a llamar para la política y responderá fiel, como lo ha hecho siempre. Madina tiene que volver al PSOE porque él es más PSOE que nadie, porque su pierna salto por los aires y porque siempre ha querido superponer las siglas a las personas. Igual que en esta última campaña.

Muy poco de lo que he leído corresponde a la realidad de este político peculiar que muchos asocian al aparato y otros tantos lo consideran falto de carácter. Pero lo cierto es que nunca he conocido a nadie tan fuerte psicológicamente. Aguantó la explosión, la muerte, la falta de fe, las traiciones, el miedo y, sobre todo, el dolor físico. Unas semanas antes de la campaña le diagnosticaron un problema en su pierna que significaba que debía medicarse fuertemente. Y aguantó. Y aguantamos todos ese dolor y su irritación. Compensaba su humor terrible con los sermones sobre la belleza y la utopía, sobre el amor a una ideología y sobre escritores y músicos que nadie conocía.

Lo intentó con todo su saber y sus fuerzas pero los demás no estuvimos a su altura. No fuimos tan heroicos, ni el equipo, ni el partido, ni Susana Díaz, ni las élites. Madina no era el candidato del aparato. Era Pedro Sánchez, al que apoyaba toda la maquinaria del partido. Nosotros éramos una panda de idealistas recibiendo los golpes bajos de la campaña más dura que he vivido en España.

La marcha de Eduardo Madina de la política es un síntoma, un pequeño episodio de una situación de deterioro del sistema de partidos que no son capaces de renovar a sus élites de manera eficiente. Da la impresión de que la política expulsa al talento o, al menos, no lo retiene. De hecho, los que deben decidir la renovación y el rejuvenecimiento de la organización ¿cómo van a tomar esa decisión que conlleva que ellos son los primeros que deberían salir?

Hemos bautizado al 2017 como el año de los huérfanos políticos, aquellos votantes que no encuentran en la oferta electoral un “producto” que encaje con sus demandas. Mucho me temo que noticias como la marcha de Madina sustrae energía política a una situación en el que el modelo de partidos ha dejado de aportar confianza. Sin confianza, no hay relación posible entre los ciudadanos y la política. Un país que no es capaz de imaginar su propio futuro con esperanza es una sociedad en crisis. La emoción colectiva que se impone es la tristeza.

Y en el fondo de ese ambiente desafecto y desconfiado de los ciudadanos, lo que cabe es hacer dos cosas: o reformar el modelo o dinamitarlo. Apostar por el modelo clásico de intermediarios, pero más participativo y orientado a las personas; o bien, lanzarse hacia un modelo nuevo, interpersonal, basado en plataformas de intercambio entre actores en iguales condiciones, sin élites. Sea cual sea la apuesta, no debemos fallar porque pronto podríamos encontrarlos en un ensayo de José Saramago, donde la mayoría no vota, o en una política sin partidos, o lo que es peor, sin clientes.

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