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El peligro de normalizar a Trump

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Rosa María Artal

El error más dañino sería considerar a Donald Trump un dirigente más, como se intenta y terminará pasando. La elección del magnate norteamericano cambia el tablero y las reglas de juego internacionales. A poco que la sociedad siga su hábito de mirar para otro lado, será el elemento más perjudicado. De ahí, que las mujeres norteamericanas, directa, abrupta y tempranamente afectadas por el Trump presidente, se hayan echado a la calle en una de las mayores manifestaciones de repulsa que se conoce en su país.

No hay grandeza democrática alguna sino un malogro del Sistema en la elección de Trump. No respeta derechos civiles de amplios sectores sociales. Supremacista blanco, los hispanos le sobran por puro racismo. Se han quedado sin representación en los primeros niveles de su gobierno y, de entrada, sin la web en español de la Casa Blanca. Machista militante. Ha excluido a los LGTB. No descarta la tortura para los detenidos. Y ha hecho ya de la mentira y la fullería su práctica política. Los “datos alternativos” que opone a la realidad que no le gusta son eso: mentiras. Y las defiende con agresividad.

Trump es el símbolo del declive de los Estados Unidos. Por eso ha sido elegido. Ha vencido con la bandera ultranacionalista. Con la promesa de volcarse en “América”, en “hacerla grande otra vez”. Lo que implica alejarla de las veleidades de la dirección del mundo y desde luego de los valores de solidaridad y cooperación en los que los mejores presidentes fundamentaron ese papel. No quiere decir que Trump vaya a renunciar a una política ofensiva. En su discurso inaugural, dijo textualmente que a los americanos les defendería el Ejército, las Fuerzas Armadas y Dios. Pero parece que pretende regir sus embestidas por libre. Es una fase.

La rescisión del TPP, el acuerdo de Comercio de Asia Pacifico (excluida China), y la renegociación del NAFTA con México y Canadá, van en el mismo sentido. Claro que los trabajadores norteamericanos se han visto perjudicados por los desmanes del capitalismo, como los españoles o los europeos en general. La incorporación de China al comercio mundial hizo perder millones de empleos. Las medidas extraordinarias de decisión de las empresas sobre las personas previstas en los nuevos tratados estaban levantando muchas ampollas. Ahora Trump decreta aislacionismo y proteccionismo. Y tiene repercusiones. En el comercio exterior propio y en otros países a los que daña y pueden tomar represalias. Es cambiar la cooperación por un protegerse de los demás. Una vuelta a los clásicos. A modo de ejemplo, la ley arancelaria Smoot-Hawley del presidente Hoover en el Crack del 29 que Roosvelt hubo de reducir y quedó suprimida en los Acuerdos de Bretton Woods.

Es curioso cómo resaltaba nuestro telediario de TVE esta decisión: “Trump cumple sus promesas”. La de publicar su declaración de impuestos no, y es la primera vez en 40 años que un presidente prescinde de ese requisito. No hay savoir faire que valga, ni oportunidades que darle. El Alto Comisionado para los DDHH de la ONU llegó a decir que Trump es un peligro global.

Nadie debe engañarse, un multimillonario al frente del equipo de multimillonarios ultraconservadores que ha nombrado Trump, seguirá trabajando por los intereses de los suyos. Las “máximas bajadas” de impuestos que anuncia las sumará o restará de otras partidas. Estamos ante la personificación de la demagogia, carente de todo escrúpulo. Máxime con la herramienta de las “verdades alternativas” de la que se ha pertrechado.

Es cierto que Hillary Clinton no era una buena candidata, era el empecinamiento en el error. O que el Partido Demócrata segó los pasos de Sanders como alternativa más progresista. O que Obama no cumplió cuanto prometió. O que conocemos dirigentes que mienten en cada palabra. Pero Trump se ubica en otra división.

El peligro, letal, es normalizar lo que Trump representa. Hay precedentes de amargo recuerdo en los años 30 del SXX y por la misma causa. Idéntica crisis económica por los mismos abusos, la demagogia y el desvío de atención hacia culpabilidades ajenas. No querer ver los síntomas. El fascismo es una gangrena para los Estados y las sociedades que los habitan. Literalmente, las destruye.

Y no lo pueden dejar más claro. La entronización de Trump en “la nueva América” ha dado alas a la “nueva Europa” que proclaman los principales partidos de ultraderecha, ya numerosos. Recibidos en casa de los neonazis alemanes, sus líderes se mostraron exultantes y decretando el fin de la UE. Empieza a no verse como un demérito apoyar a la ultraderecha. En Suecia, los conservadores del Partido Moderado, que antaño rechazaban apoyar a los Nacionalistas Suecos (SD) -en cabeza de las encuestas- declaran ahora que cooperarán con ellos. Theresa May en el Reino Unido anunciaba también su intención de un Brexit con alzamiento de fronteras para emigrantes pobres. En xenofobia, egoísmo y nacionalismo, no se queda atrás.

El resurgimiento en notoriedad de la Rusia de Putin, a la que nostálgicos intentan ver heredera de una idealizada Unión Soviética, tampoco ofrece precisamente tranquilidad. Y China, la que no impone imperialismos según dicen, compra deuda pública sin parar de Estados Unidos, o de los reconducidos Argentina y Brasil, acude en socorro de África. Todo ello con mucho dinero y su fórmula de capitalismo salvaje bajo la dictadura de los jefes del proletariado. Alemania se ofrece por boca de su vicecanciller a “llenar el vacío dejado por un Washington aislacionista”. El mundo se dispone a vivir peligrosamente. Otra vez.

Como los Demócratas norteamericanos, la socialdemocracia europea no cesa de dar tumbos. Manuel Valls en Francia -hasta ahora presidente de un gobierno bajo la denominación de socialista- ha quedado por debajo de Homes, un crítico de su partido, en las primarias. Las encuestas les auguran un 5º puesto en las elecciones presidenciales. Francia elegirá entre ultraderecha y derecha extrema, como tantos otros. La responsabilidad de los partidos socialdemócratas en la situación que vivimos es enorme, decisiva. Los electores no han percibido un papel de oposición y cambio, sino todo lo contrario. No hay más que ver al PSOE español desdibujado a los pies de Rajoy, tras su apoteósico golpe interno.

En Davos, los gerentes económicos del mundo se muestran muy preocupados por el cariz que están tomando los acontecimientos. Esa parte sí la ven. Y piensan que lo mejor es que vuelva todo a su punto de partida, con los partidos y equilibrios de fuerzas tradicionales, solo que un poco más atrás en los derechos sociales. Más o menos, un siglo. Vuelven a decir que es necesario cobrar salarios más bajos, contar con menos sanidad y educación públicas, y bajar las pensiones. Los impuestos que pagamos deben ser para subsumirse en sus agujeros negros.

Todos quieren volver atrás. Como si lo sucedido estos años hubiera sido un mal sueño que, eso sí, dejó bolsillos bien repletos. Conservadores, liberales, socialdemócratas de siempre, los grandes medios de comunicación del sistema. Llaman “populismo” a las amenazas a sus intereses personales y evitan mencionar “fascismo” para lo que está sitiando a la sociedad. Obvian los atropellos que nos han traído hasta aquí y han alumbrado soluciones nocivas. Trump y sus colegas europeos de la ultraderecha, la conservadora May británica, se fijan como modelo aquel tiempo primigenio en el que, según sueñan, todos eran blancos, ricos y felices.

Las reglas de este juego aún se están escribiendo; sus trampas, la forma de eludirlas, la astucia y la fuerza para enfrentarlas, las lecciones de la historia, los cómplices necesarios, todo. Apasionante y peligrosa partida en la que la mayoría tiene mucho que perder y nada que ganar. Lo último, normalizar lo que dista enormemente de ser normal. Muchas y muchos ya los saben, y actúan.

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