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Si hay rescate, que sea en 3D

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El héroe sostiene en una mano unas tenazas y con la otra sujeta dos cables, rojo y azul, a los que dirige alternativamente la herramienta sin acabar de decidirse, mientras el segundero prosigue la cuenta atrás, nueve, ocho, siete, cable rojo, cable azul, seis, cinco, cuatro, cable azul, cable rojo, tres, dos, uno, ¡cable rojo! Uf, el cronómetro se detiene, qué poco ha faltado.

En otra secuencia, el musculoso protagonista forcejea con el villano sobre la plataforma del tren, con medio cuerpo fuera de la máquina, mientras la locomotora se dirige desbocada hacia el muro donde termina la vía, sólo quedan cuatrocientos metros para estrellarse, el prota resbala y está a punto de caer, trescientos metros, doscientos metros, engancha del pie al malo y lo arroja a la vía, cien metros, logra agarrar la palanca de freno y tira con fuerza, cincuenta metros, cuarenta, treinta, chirriar de ruedas, veinte, diez, uf, el tren se detiene a dos centímetros de la pared, de otra no la contamos.

Tercera secuencia: España está al borde del rescate, el euro se hunde, Grecia a punto de ser desahuciada, la eurozona se tambalea, Bankia hace agua, el contador de la prima se acelera, 520, 525, 530, que alguien haga algo, pronto, la bolsa se desploma, 535, 540, 545, estamos perdidos, recen lo que sepan, 550, 555, 557, un momento, parece que Bruselas propone recapitalizar directamente a los bancos, Francia presiona en la misma dirección, desde Berlín no dicen lo contrario, 550, 540, 530, 520, uf, pa’habernos matao.

Pero un momento, no se relajen tan pronto en las butacas, no abandonen la sala que aún no ha terminado la película: la bomba era sólo un señuelo, había un segundo artefacto escondido, mucho más potente y sin cable rojo ni azul, el minutero reanuda su marcha, diez, nueve, ocho, siete; un segundo tren se acerca por la vía a toda velocidad y cargado de explosivos, el héroe intenta saltar pero tiene el pie atrapado entre hierros, el otro tren está cada vez más cerca, trescientos metros, doscientos, cien; los cambios en Europa no serán tan rápidos, Merkel vuelve a poner pegas, el agujero de los bancos es mayor que el esperado, los griegos dan la victoria a partidos contrarios al plan de rescate, 520, 530, 540, 550, rápido, que vienen los hombres de negro, socorro…

¿Cuántas veces más nos salvaremos en el último suspiro? ¿Cuántas subidas y bajadas le quedan a la montaña rusa de la crisis? Los lunes arrancamos optimistas, los martes empieza todo a torcerse, los miércoles nos desplomamos, el jueves estamos al borde del rescate, el viernes nos salva la campana del fin de semana, y vuelta a empezar otra semana de infarto, otro mes, otro año.

¿Por qué seguimos hablando de ‘doctrina del shock’? ¿No sería más exacto, visto el desarrollo de esta crisis, hablar de ‘doctrina del action hero’? A efectos de aturdirnos para que no nos resistamos demasiado a los recortes, rescates y reformas, ¿no es más eficaz este “huy, huy, huy” permanente, antes que el costalazo de una vez por todas? Sobre todo porque la narrativa de la crisis, con ingredientes de cine de acción (emoción, héroes, villanos, situaciones límite, ritmo trepidante, salvación in extremis, riesgo incesante, vértigo, revisen las portadas de prensa del último año si creen que exagero), con su sucesión agotadora de momentos de tensión extrema, nos coloca en el lugar donde menos molestamos: como espectadores.

Nos sentimos espectadores de la película, y como tales vivimos con el corazón encogido, agarrados a la butaca, tapándonos los ojos en algunas escenas y respirando aliviados en otras. Sólo falta que nos den gafas 3D para hacerlo todavía más emocionante.

Esta semana, por ejemplo, toca cantar victoria: hemos cortado el cable bueno, el tren no llegó a chocar, la prima no llegó a 600 y Rajoy no suplicó el rescate a Berlín y Bruselas; pero ya hemos visto esta película demasiadas veces, y sabemos que la semana que viene puede aparecer otra bomba sin cables a la vista, otro tren dispuesto a embestirnos, una nueva sorpresa bancaria, otro susto en la eurozona, y así seguiremos, de persecución en persecución, de tiroteo en tiroteo, esperando que al final el héroe, como suele pasar en el cine de palomitas, salga vivo y salve a la chica, al perro, al planeta y a la economía.

Lo malo es que, aunque a menudo nos comportemos como tales, no somos espectadores, no estamos en la butaca a este lado de la pantalla, sino dentro de la misma película de acción. Somos todos esos figurantes cuyos coches embiste el héroe en las escenas de persecución urbana al saltarse los semáforos y circular en dirección contraria; somos los que se quedan sin casa cuando el protagonista lanza lejos de él la bomba a punto de estallar; somos los secundarios que mueren por decenas en toda película con tiros, explosiones y coches volcados que se precie. Diría más: somos también el negro chistoso y la rubia tonta que siempre tienen todas las papeletas para convertirse en la primera víctima del monstruo de turno.

Y mientras nos creemos espectadores, mientras seguimos las carreras y peleas de los protagonistas con el corazón acelerado, a su paso va quedando la ciudad destrozada, que ya saben cómo quedan las calles después de las películas de acción, cuanto más presupuesto más rascacielos derrumbados, puentes dinamitados y trenes estrellados, hasta que al llegar al final de la escapada, exclamaremos con el protagonista, uf, pa’habernos matao, mientras alrededor se extiende un paisaje devastado y sobre el suelo quedan decenas de atropellados o alcanzados por alguna bala perdida en el tiroteo.

Pero claro, cuando uno está tan metido en la película, pendiente de si corta bien el cable o lograr parar el tren a tiempo, no anda fijándose en si el lanzagranadas del malo impacta en una casa o si el coche del prota se lleva por delante un autobús urbano, esas cosas pasan. Ahí está, por ejemplo, nuestro alivio de esta semana: tan intensa fue la persecución de la semana pasada, tan cerca de estrellarnos estuvimos, que ahora, cuando nos secamos el sudor de la frente y el corazón baja de pulsaciones, ni nos damos cuenta de los destrozos alrededor de la heroica lucha: por ejemplo, que al final la solución pase una vez más por rescatar bancos con dinero de los ciudadanos; bancos españoles y todo aquel que lo necesite.

Tampoco nos paramos a pensar en qué puede suponer esa propuesta de rescatar a los bancos españoles sin rescatar antes al país entero, bastante susto hemos pasado como para andar mirando la letra pequeña, y si al final el rescate no se llama rescate pero acaba teniendo las mismas consecuencias sobre nosotros –entre otras cosas porque los primeros bancos a rescatar son hoy propiedad del Estado, nacionalizados-, qué le vamos a hacer, el cine de acción es así.

En fin, agárrense, que la película está lejos de llegar al happy end, y ya sabemos cómo es el buen cine de acción: empieza con un terremoto, y de ahí para arriba.

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Unos que sí se han dado cuenta de que no son espectadores, sino figurantes atropellados y con sangre de verdad, sin maquillaje ni efectos especiales, son los estudiantes de la Universidad de Sevilla. Llevan dos semanas de paro académico, con encierro en el Rectorado, manifestaciones, clases en las calles y todo tipo de protestas, aunque los grandes medios no les están haciendo mucho caso, y cuando lo hacen es para criminalizarlos. Atención a esos universitarios, que pueden estar prendiendo una mecha que acabe por incendiar toda la universidad española en el nuevo curso. Y no es para menos.

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