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¿Quién teme al Hollande feroz?

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Todo estaba saliendo a pedir de boca: una crisis económica y cultural que se había llevado por delante los principios ideológicos y la autoridad moral de la izquierda, víctima también de sus propios errores; y una población empobrecida y atemorizada que había aceptado sin demasiadas protestas la vieja aspiración del capitalismo silvestre: el desmantelamiento y venta del sector público.

Pero no iba a ser todo un camino de rosas. Las elecciones en Francia y Grecia acaban de sembrar la incertidumbre en un camino que parecía libre de obstáculos. Los observadores más atentos pudieron sin embargo advertir el peligro tras las elecciones andaluzas y la dimisión del Gobierno holandés, forzada por la extrema derecha de Geert Wilders. La democracia, incluso en su versión más descafeinada, contiene un factor de inestabilidad que conviene reducir y controlar. Naturalmente ningún líder europeo va a decir esto en público. Los mercados y sus aliados ideológicos necesitan la palabra libertad para justificar su agenda ultraliberal. Con todo, más de uno habría suspendido los procesos electorales durante la resolución de esta crisis económica. O por lo menos habría tratado de controlarlos como en Estados Unidos, donde el factor económico hace muy difícil que se produzcan sorpresas; o como en Rusia, donde se recurre sin complejos al fraude para mantener la estabilidad política; o como en China, donde las elecciones libres simplemente no existen.

Ni siquiera Grecia, cuyo sistema electoral añade 50 escaños al partido más votado, se escapa a la inestabilidad innata del sistema democrático. Dado el número de escaños obtenido por los partidos anticapitalistas, se va abriendo paso la idea de anular los resultados, recurriendo a la democrática figura de una nueva convocatoria electoral. Estas elecciones se celebrarían con la esperanza de que el partido en el poder utilizara convenientemente las herramientas a su alcance para obtener en el segundo intento unos resultados favorables.

El caso de Francia es diferente. Pese a la euforia desatada por Hollande (o quizás precisamente por eso), su victoria en las presidenciales no es tan peligrosa como se dice para la agenda neoliberal. La devastadora política de recortes impuesta desde Alemania se estaba llevando por delante uno a uno a todos sus defensores. El Gobierno español, bastante chamuscado ya con sólo 100 días de vida, no ha visto nunca con malos ojos una victoria del socialista que atemperase las exigencias alemanas de ahorro. Conquistadas sin demasiada resistencia social la sanidad y la educación, esas dos áreas de negocio tan ansiadas por la derecha española, no había motivos para seguir asfixiando de ese modo a la población. Es más, se corría el riesgo de provocar con una vuelta de tuerca innecesaria una situación como la griega. O, lo que es peor: un error de cálculo podía encender la mecha del conflicto social y dar al traste con todo lo que se había conseguido, y en especial con la preciada rebaja de derechos laborales, todo un botín.

Así que, bien manejada, la victoria de Hollande, lejos de suponer una amenaza para la Reconquista puede servir de válvula de escape para toda esa ira y frustración acumuladas. Hollande canalizará el descontento de los europeos, y gracias a ello no se producirá el temido estallido social, la desaparición del tabú que por el momento está frenando la violencia contra la clase dirigente.

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