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Ni vagos ni perdidos

Ni la vieja ni la nueva política está logrando dar respuesta a las inquietudes de las chicas y chicos más jóvenes de nuestro país. Aunque unos les escuchen más que otros, nadie termina de tomarles en serio

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Una de las manifestaciones convocadas por el colectivo 'Juventud Sin Futuro'.

Una de las manifestaciones convocadas por el colectivo 'Juventud Sin Futuro'.

Una cosa es la impotencia que provoca el desánimo y la frustración y otra, muy distinta, es que la gente joven viva despreocupada de la situación a la que se enfrentan cada mañana cuando se levantan. No es verdad que a las chicas y chicos entre 16 y 29 años todo les dé igual, pero en ellos predomina el desaliento. No es para menos, la altísima tasa de desempleo juvenil en España no es fruto de que los jóvenes no quieran trabajar sino, más bien, de que no les quieren contratar. Y cuando lo hacen, es a través de fórmulas precarias y mediando bonificación para el empleador.

Entre los países de la OCDE, España lidera el ranking de paro juvenil con casi un 40% de jóvenes desempleados. Una cifra que triplica la media de ese selecto ‘club de países ricos’. Los últimos datos publicados ayer, ahondan en el diagnóstico: en el mes de septiembre el paro juvenil aumentó un 11,8% y cuatro de cada diez nuevos parados son mujeres menores de 25 años.

Hace unos días, la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social - EAPN, reunió a más de una veintena de jóvenes que están en contacto con la pobreza y la exclusión social. La finalidad de aquel seminario (que duró cuatro semanas) fue –con un enfoque propositivo– reflexionar y dialogar sobre las alternativas que el Gobierno les ofrece para hacer frente a la tasa de desempleo juvenil. Las conclusiones pueden ser desoladoras por la falta de información y alternativas que encuentran, pero esperanzadoras por la cantidad de energía, ideas y propuestas concretas que formularon y han hecho llegar a diferentes agentes de decisión del ámbito de la justicia, la política y la universidad.

Al igual que el informe que esta misma organización publicó en el mes de junio sobre el Sistema Nacional de Garantía Juvenil (SNGJ), este grupo de jóvenes corroboró la deficiente implantación de la medida estrella del Gobierno de Rajoy. Un programa europeo que lleva cuatro años funcionando y cuya dotación presupuestaria representa el mayor desembolso económico de la Unión en su lucha contra el paro juvenil. Ningún otro miembro europeo recibe tantos fondos dentro de este Programa como España, sin embargo, pregúntele a alguien con menos de 30 años, que esté buscando trabajo, si conoce la Garantía Juvenil y su bono de 430 euros para quienes se inscriban. No es nuevo el plan de choque que ahora anuncia la ministra Fátima Bañez para que 800.000 jóvenes logren trabajo. Su impulso con nuevas medidas es más bien fruto de un plazo que se acaba, que de una buena planificación. La Estrategia europea dura hasta el 2020 y el tiempo que resta puede ser estéril si además de añadir medidas no se subsanan las importantes deficiencias detectadas en el acceso, acompañamiento y oferta de la Garantía Juvenil.

A la falta de información y publicidad se añaden las dificultades para acceder a su web que tiene la población joven más vulnerable (y necesitada de este tipo de programas): ocho de cada diez jóvenes en situación de exclusión social no logran inscribirse porque los requisitos tecnológicos no han tenido en cuenta su situación personal. Otra de las dificultades ha sido que, mientras en la Unión Europea el 70% de las ofertas de la Garantía Juvenil son de trabajo, en España, estas solo representan el 30%. Es decir, el 70% se dedica a formación. Algo que choca de lleno con uno de los principales obstáculos que encuentran los jóvenes cuando buscan trabajo: tener experiencia. “Si no te dan la oportunidad de tener trabajo, no podrás tener experiencia y si no tienes experiencia no te podrán contratar y así, sucesivamente” dice un joven informático de 28 años que nunca ha trabajado de lo suyo.

Los jóvenes son hombres y mujeres que quieren y necesitan trabajar. Se muestran cansados de que se les nombre como la ‘generación perdida’ y les pinten de negro el futuro mientras solo les ofrecen cursos de formación alejados de sus capacidades o trabajos precarios que desperdician su juventud y talento. Más que perdidos, se sienten olvidados. No comparten la imagen que se devuelve de ellos a la sociedad.

Una observación común en la juventud es que quieren que se tenga en cuenta su opinión. Quizá esta sea la razón por la que tiene tan buena acogida la iniciativa del Gobierno de Navarra de constituir, este otoño, un Parlamento Joven. De hecho, su creación como espacio de participación es una de las propuestas realizadas por el grupo de jóvenes que congregó EAPN este mes de septiembre. Para ellos, la idea de que haya un espacio donde se recojan las propuestas hechas por grupos de jóvenes auto-organizados (desvinculados de los partidos políticos), es una de las formas más directas que podrían tener de incidir en las políticas juveniles que les afectan si estas después son debatidas en los plenos municipales, autonómicos y estatales.

Ni la vieja ni la nueva política está logrando dar respuesta a las inquietudes de las chicas y chicos más jóvenes de nuestro país. Aunque unos les escuchen más que otros, nadie termina de tomarles en serio porque predomina una especie de paternalismo que les invalida como interlocutores. Pero ellos lo tienen claro: para que algo cambie o son ellos mismos quienes toman la iniciativa, o nadie lo va a hacer en su nombre.

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