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El valor del 15M

Lo más importante de aquella revuelta de hace cuatro años ha sido la concienciación de buena parte de la sociedad sobre la injusticia y la desigualdad económica y social, la lejanía de los políticos y la corrupción

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Cuando hace cuatro años miles de ciudadanos, especialmente jóvenes, acamparon en la Puerta del Sol de Madrid y en las plazas de otras ciudades para expresar su descontento con una situación que había cercenado sus expectativas de futuro, hacía recaer las consecuencias de la crisis en los más débiles y hacía irrespirable la atmósfera política con los casos de corrupción que se conocían hasta entonces, muchos pensaron que se trataba de una revuelta juvenil, tan espontánea como fugaz. Que terminaría en cuanto se celebraran las elecciones y los jóvenes acampados volvieran a sus casas, o en cuanto "los antisistema", a los que la derecha atribuía la inspiración de las movilizaciones, fueran disueltos o se cansaran.

De hecho, en las elecciones municipales del 22 de mayo del 2011 hubo una participación del 66,23% y en las generales del 20 de noviembre del mismo año del 68,94%, lo que hizo que muchos políticos, desde luego los del PP, y también algunos analistas pensaran que aquello del "No nos representan", o de la "Democracia real YA" no eran más que eslóganes ocurrentes pero vacíos. Al fin y al cabo una mayoría muy amplia acababa de participar en los comicios y el resultado de la indignación ciudadana solo se había traducido en un duro castigo al partido que gobernaba, el PSOE, y en la abrumadora victoria del PP, que les sacó a los socialistas diez puntos de ventaja en las elecciones locales y más de 15 en las generales.

Pero el resultado del 15M, trascendió mucho más allá de los recuentos electorales. Siguió en el ánimo de los ciudadanos, hizo que se cuestionara el reparto injusto de las consecuencias de la crisis, los intentos de acabar con los servicios sociales públicos y el recorte de los derechos laborales y civiles. Algunas de esas protestas no tuvieron fuerza suficiente para frenar políticas que el PP aprobó con su mayoría absoluta, como la reforma laboral o la ley mordaza, pero sí para parar otras.

En estos cuatro años ha habido movimientos sociales, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que han provocado modificaciones legales, además de evitar muchos desahucios. Se han forzado debates y la elaboración de nuevas leyes contra la corrupción, si bien, sigue faltando un cambio en la actitud en los partidos inmersos en escándalos, que tienen que empezar a colaborar con la justicia, en lugar de tratar de entorpecerla, y tienen que asumir de una vez responsabilidades políticas por la Gürtel, los papeles de Bárcenas, la Púnica, los ERE, o tantos otros casos. Y también es consecuencia del 15M el cuestionamiento del bipartidismo, con la irrupción de Podemos, un partido que emana de aquel movimiento, y su contrapeso conservador, Ciudadanos.

Lo más importante, con todo, de aquella revuelta de hace cuatro años, ha sido la concienciación de buena parte de la sociedad sobre la injusticia y la desigualdad económica y social, la lejanía de los políticos y la corrupción. Es probable que sin 15M pero con las políticas injustas como las que han hecho recaer el peso de la crisis en quienes no tenían responsabilidad alguna en su génesis también se habrían producido mareas verdes y blancas y se habría canalizado de algún modo la decisión de tantos ciudadanos dispuestos a dejar patente su indignación. Pero fue el 15M el que puso todo eso sobre la mesa.

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