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Si ves a alguien hablando solo

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Están a punto de finalizar las últimas oposiciones a jueces, hasta nuevo aviso, hasta que se vuelvan a convocar unas nuevas dentro de dos años, según el Gobierno, aunque los más pesimistas, o sea, los optimistas informados, se temen que podrían venir tres o cuatro años de carestía sin que salga una nueva promoción de jueces.

Deberíais saber que para ser juez es necesaria una preparación de diez o doce horas diarias, sin vacaciones ni festivos para descansar, ni amigos con los que desfogarse, opositores bañados durante años (cinco, seis, diez…) apenas por la luz de la luna que les confiere ese bello color céreo de enfermo crónico. Si por la calle ves a alguien hablando solo, que sepas que está preparando unas oposiciones o tiene obreros en casa. Particularmente creo que los males de la judicatura, que nos regala tanto ejemplo de sentencia disparatada y de falta de sentido común, se han fraguado años antes en la forma demencial con que se fabrica un juez.

Los tribunales españoles padecen un atasco monumental, convertidos en el ejemplo más cabal de que una justicia lenta no es justicia. Según me cuentan, ya no hay dinero para contratar los llamados “jueces suplentes”, esa solución recurrente y barata utilizada hasta ahora mediante la cual jóvenes opositores bien cualificados sacan adelante los casos atascados que se acumulan en las estanterías de los jueces titulares. Los recortes, además de empujarnos a acudir a trabajar aunque tengamos tuberculosis, porque ahora las bajas matan más que las tuberculosis, convertirán los tribunales en una inmensa lista de espera que ríete tú de la de los hospitales.

No habrá jueces suplentes, no habrá jueces nuevos, y, por lo que yo sé, los viejos no tienen intención de trabajar más. Es lo que tiene ser funcionario. Y ante tal panorama, el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Joder Pudicial, Carlos Dívar, quien debería dar un ejemplo supremo de afición al trabajo, es un adicto a la semana caribeña, fines de semana que van de jueves a martes, mientras los casos judiciales dormitan en sus despachos.

Él asegura que paga de su bolsillo sus escapadas a los hoteles de lujo de Marbella y los restaurantes de lujo, acompañado de un séquito de guardaespaldas cuyos gastos de manutención servirían para convocar no pocas plazas de nuevos jueces. Él cree que tiene que defenderse de la acusación de malversación de caudales públicos, casi 6.000 euros de nada. Se queda en la anécdota cuando en realidad no nos alarma tanto que sea un presunto “apandador” de nuestros impuestos como que la justicia suprema pueda estar en manos de un talibán católico como él, que debe anteponer las órdenes de una potencia extranjera como el Vaticano a las leyes democráticas españolas,  sin la menor sensibilidad para los que debemos sufrir su extraño sentido de la ética y, en última instancia, de la justicia.

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