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The Guardian en español

ANÁLISIS

La 'doctrina Biden' se enfrenta a un nuevo desafío en Ucrania con pocas ganas de guerra

Joe Biden, a su llegada a la cumbre del G20 en Roma en octubre.

Julian Borger

Washington —

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La metedura de pata sobre Ucrania con la que Joe Biden marcó su primer aniversario como presidente de Estados Unidos la semana pasada mandó al traste semanas de negociaciones diplomáticas y mensajes coordinados. La sugerencia del presidente de que una “pequeña incursión” de Rusia podría dividir la respuesta de los miembros de la OTAN puso automáticamente a la Casa Blanca en modo de control de daños.

Aunque miembros del Gobierno de EEUU insistieron en que Biden no se refería a tropas rusas cruzando la frontera sino a ciberataques y actividades paramilitares, no pudieron calmar del todo los nervios de Kiev y otras capitales europeas. Sobre todo, por la otra sorpresa que dio Biden al decir que Vladimir Putin “entraría” en Ucrania porque “tiene que hacer algo” y probablemente prevalecería.

Está claro que mucha gente comparte el análisis de Biden sobre las intenciones de Putin y sobre las debilidades de la OTAN, pero el error del presidente fue decir en voz alta lo que se debía guardar en silencio, contradiciendo las declaraciones de sus propios subordinados. Su consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, acababa de decirle a la revista Foreign Policy que uno de los grandes éxitos de la Administración Biden había sido lograr que “los 30 aliados de la OTAN hablaran con una sola voz en la crisis ruso-ucraniana”.

Los asesores que han trabajado con Biden a lo largo de su dilatada carrera como senador y vicepresidente están acostumbrados a su meticulosidad y a su tendencia a dar demasiadas explicaciones debido a su gran experiencia en política exterior. Pero ahora que es presidente y trata de intimidar a Putin, lo que está en juego con Europa al borde de la guerra es mucho más importante.

Algunos logros

El tropiezo de Biden ha hecho olvidar sus logros de este primer año en política exterior, como la mejora de los lazos transatlánticos; el refuerzo del apoyo estadounidense al asediado Gobierno de Kiev; y el desarrollo de una política coherente hacia Moscú, abierta al diálogo pero también dispuesta a tomar medidas de castigo y firme ante los intentos de generar divisiones dentro de la OTAN.

Ninguno de esos logros se podía dar por sentado en la política exterior de EEUU tras cuatro años de Donald Trump, un presidente que solía poner los beneficios políticos y comerciales por delante de los intereses estratégicos de EEUU, especialmente en lo referido a Rusia. Tras la volátil era Trump, el mayor éxito de Biden en política exterior hasta ahora ha sido arreglar las alianzas, volver al multilateralismo y recuperar la previsibilidad en la política estadounidense.

“Estados Unidos ha vuelto”, dijo Biden cuando asumió el cargo, una afirmación que respaldó con la firma de un rápido acuerdo para prorrogar el tratado START III con Rusia y salvar así el único pacto de control de armas relevante que había sobrevivido a la era Trump. Biden también reincorporó a Estados Unidos al Acuerdo de París para luchar contra el cambio climático y al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, además de regresar a las conversaciones nucleares con Irán junto a las principales potencias y de convocar en diciembre la Cumbre por la Democracia de manera virtual.

Según Nathalie Tocci, que dirige en Roma el Instituto de Asuntos Internacionales, todos esos pasos se enmarcan en una estrategia general que ella define como la doctrina Biden. “Creo que la reorientación estratégica es hacia competencia/conflicto con China y, en la otra cara de la moneda, hacia relaciones más cercanas, de forma bilateral y multilateral, con los socios de Europa y de Asia”, dice. “Y confiar menos en la herramienta militar para lograr los objetivos de la política exterior estadounidense”.

De retirada

El tropiezo con Ucrania no es el primer caso en el que se daña la estrategia diseñada durante su ejecución. La retirada de Afganistán pretendía ser una ruptura decisiva con el pasado: sacar a Estados Unidos de su guerra más larga para centrarse en el rápido ascenso de China, el principal desafío geopolítico. Pero la salida se volvió un caos cuando el ejército afgano, en cuya construcción EEUU había invertido 20 años y 83 millones de dólares, se desmoronó tras pocos días de ofensiva talibán. Las escenas de afganos desesperados tratando de aferrarse a aviones estadounidenses a punto de despegar, con varios de ellos muriendo, también forma parte del legado de Biden.

Biden ha argumentado que el Acuerdo de Doha no le daba opción. Firmado en febrero de 2020 por la Administración Trump y los talibanes, el pacto estipulaba que Estados Unidos debía haber abandonado completamente el país el 1 de mayo de 2021. Biden pudo alargar cuatro meses ese plazo, pero siempre sostuvo que quedarse más tiempo habría provocado nuevos ataques contra las tropas estadounidenses.

Según Nathan Sales, que durante la Administración Trump fue subsecretario de Estado en funciones y ahora forma parte del think-tank The Atlantic Council, el Acuerdo de Doha ya no era vinculante para Biden y el presidente podría haber dejado una fuerza estadounidense para mantener su influencia en el país. En su opinión, “cuando una de las partes de un acuerdo lo incumple de manera sistemática y evidente, como hicieron los talibanes, la Administración Biden habría estado en su derecho de decir 'nosotros tampoco estamos obligados a cumplirlo'”.

El argumento de los miembros del Gobierno actual es que se habrían seguido produciendo nuevos ataques contra las tropas estadounidenses, por mucho que Washington dijera que eran los talibanes los que habían incumplido el acuerdo, y eso habría obligado a tomar una decisión: cortar y salir del país o enviar refuerzos a gran escala. El statu quo, dicen, no era sostenible.

Pero la retirada fue un fiasco incluso considerando las limitaciones heredadas de la Administración Trump. Los estrategas estadounidenses no fueron capaces de anticipar la velocidad del derrumbe y eso que un organismo oficial de control, la oficina del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán, había advertido en 2021 sobre la pérdida de una ventaja clave para las tropas afganas: la fuerza aérea de Afganistán no podría seguir funcionando sin contratistas estadounidenses que hicieran el mantenimiento de aviones y helicópteros.

La salida de Afganistán tuvo la apariencia de traición para los afganos que trabajaban con Estados Unidos, para los aliados, para las mujeres y para las niñas del país. También puso seriamente en duda la declaración de que la Administración Biden había puesto de nuevo los Derechos Humanos en el centro de la política exterior estadounidense.

Algunos pasos en derechos humanos

En este sentido de los derechos humanos, ya había un poco de todo en el historial. Por un lado, la Administración Biden había adoptado una postura firme contra la persecución masiva que el Gobierno de China ejerce contra los uigures musulmanes, declarándola un genocidio.

También había destacado por juntar una coalición de unos 130 países con el objetivo de fijar un impuesto mínimo global. Una medida que, según el asesor de asuntos exteriores del senador Bernie Sanders, Matt Duss, fue “un paso para abordar la desigualdad económica mundial, uno de los motores del conflicto y del autoritarismo”.

“Un primer paso importante y valiente”, dijo Duss, que también celebró las sanciones contra empresas de vigilancia como el grupo israelí NSO, cuyo software es usado por regímenes autoritarios para espiar a los disidentes. “Fue una medida muy importante, y aunque ha habido una gigantesca campaña de presión para que den marcha atrás, se han mantenido firmes”, dijo.

No obstante, las medidas tomadas contra la monarquía saudí por el elevado número de víctimas civiles en su guerra aérea de Yemen y por el asesinato del columnista del Washington Post Jamal Khashoggi quedaron muy por detrás de lo que esperaban los defensores de los derechos humanos y los demócratas más progresistas: el Gobierno de Biden no ha dejado de vender a Riad importantes cantidades de armamento. “Básicamente hemos vuelto al enfoque tradicional estadounidense de apoyar los derechos humanos en países que no compran nuestras armas”, dice Duss. “De verdad espero que eso cambie”.

Malestar innecesario

La forma en que se produjo la retirada estadounidense de Afganistán también fue en contra de la estrategia general de la Administración Biden porque marginó a los aliados europeos, que se sintieron excluidos de una decisión que se veían obligados a seguir. Según Elisabeth Braw, del American Enterprise Institute, “la retirada causó mucho malestar innecesario”. “Se puede decir que es la principal causa de descontento dentro de la alianza”, dice.

La creación en septiembre del Aukus, una asociación con el Reino Unido y con Australia para ayudar a Canberra a adquirir submarinos de propulsión nuclear, forma parte del giro hacia Asia. Pero a los protagonistas del acuerdo se les pasó por alto informar a Francia, que se enteró el mismo día de la cancelación de su contrato para vender submarinos diésel a Australia. Biden se vio forzado a reconocer la “torpeza” con la que se había gestionado, una desavenencia que enturbió durante meses las relaciones bilaterales.

La amenaza de Putin a Ucrania ha contribuido a unir a la alianza transatlántica, pero como reveló el propio Biden haciendo públicas sus reflexiones, bajo la superficie sigue habiendo grandes divisiones que limitan su capacidad de maniobra.

La libertad de acción del presidente en cuestiones globales, como avanzar en la lucha contra el cambio climático o firmar un pacto nuclear con Irán, se verá aún más obstaculizada si los republicanos se hacen con el control del Congreso tras las elecciones de mitad de mandato de 2022. En ese caso, y por revuelto que parezca hasta ahora el historial del presidente, es posible que ya hayamos visto el punto más álgido de la doctrina Biden.

Traducido por Francisco de Zárate

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