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Josep Ramoneda: "Estamos en la culminación de un proceso de mercantilización del mundo entero"

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Josep Ramoneda

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"Quiosco. Monumentos que nos recuerdan que hubo un día, no muy lejano, en que la prensa era la Biblia del mundo contemporáneo".
Josep Ramoneda, Después de la pasión política.

El quiosco es, ahora, medio callejero y medio virtual y es justamente en esa división o más bien mezcla de aguas en que nos reencontramos, Ramoneda y yo, una mañana ventosa de marzo, en su despacho de la calle Ganduxer, en Barcelona. Nos conocimos en los años ochenta (yo le fui a pedir trabajo) en la redacción del periódico La Vanguardia, y la compartimos el tiempo suficiente como para vivir el último fulgor de la prensa como Biblia diaria desplegada en los quioscos, mientras pasábamos de la máquina de escribir al ordenador.

Ahora, pongo el móvil encima de la mesa, toco el ícono del grabador y le hago preguntas para este periódico digital: “Periodismo a pesar de todo”… El mundo (el trabajo, el negocio, la izquierda y la derecha, la escuela, la cultura, la índole de los medios de comunicación y sus procedimientos…) ha cambiado hasta lo grotesco, hasta la tentación de la melancolía, pero sería indecente no empeñarse en el análisis del actual “nihilismo”; en descifrar y combatir frases infecciosas como “es lo que hay…”. Los tópicos, ese subgénero fascistoide que, como el Demonio, nos ronda en la oscuridad y al que Ramoneda persigue por un camino que viene de las Luces. La crisis no es “lo que hay” de modo inevitable porque no es inamovible, ni está inmóvil, ni es inoperante.

– "Crisis, desde su origen griego, es disyuntiva y decisión”, escribió en La izquierda necesaria, su ensayo más reciente. ¿Es la expresión “marca España” uno de esos tópicos?

– Proviene de la Transición, de la idea de una Transición bastante bien construida y sin precedentes de un régimen dictatorial a uno democrático. Del mismo modo que, a partir de una transformación urbanística en ocasión de unos Juegos Olímpicos, empezó a hablarse de una “marca Barcelona”. Quizá entonces no se usara esa expresión, pero es que estamos en la culminación de un proceso de mercantilización del mundo entero y el lenguaje mercantil lo domina todo (la política, la estética, la moral), ya que la tiranía de la derecha neoliberal ha logrado convencer de la existencia de unas leyes básicas de la economía fuera de las cuales no hay salvación posible: unas reglas inevitables como las de la naturaleza. Con “marcas”, pues se pretende indicar que se compra y se vende.

En cambio, los “modelos” no se compran ni se venden sino que sirven, en todo caso, como referencia. Y la Transición española pudo efectivamente influir sobre procesos de transición política en algunos lugares del mundo, aunque después, en países de América del Sur lo hicieran mejor que nosotros, por ejemplo en Argentina, donde algunos responsables de crímenes del pasado fueron condenados y en España no fuimos capaces de condenar a ninguno. En España la amnistía se convirtió en amnesia.

Y ahora, no estamos precisamente asistiendo a la emergencia de una España nueva y reluciente sino al hundimiento del régimen surgido de la Transición. A menos que sepamos hacer una mutación ejemplar de este régimen que en este momento está agotado, o gripado como me gusta decir y escribí en un artículo. ¿Por qué está gripado? ¿Por qué ya no se mueven los cojinetes, los mecanismos? Probablemente por lo que expresa muy bien esa idea de que la amnistía se convirtió en una amnesia, ¿no? Esto es solo una parte de la cuestión, pero es importante para comprender lo que pasó.

La Transición se hizo bajo el imperio del miedo a la inestabilidad, y era entonces razonable aquella preocupación. Eso pesó. Pesó no haber tenido una idea clara de la relación de fuerzas. Luego ocurrió la explosión de UCD y más tarde su disolución. El PSOE llegó al poder con una autoridad política y moral inconcebible en la actualidad para nadie, y lo cierto es que se inclinó por la afirmación de la estabilidad, pasando por encima de la preocupación por el desarrollo de una cultura democrática, que en España no existía, y ahí empezaron todos los males. Se convierte en un superpartido en que, como mandaba Guerra, para salir en la foto no había que moverse. Se crea la cultura de las mayorías absolutas. Se elevan sospechas sobre la independencia de los tres poderes. Se da a entender que el poder legislativo está al servicio del ejecutivo, y así sucesivamente.

Esto se va consolidando desde la lógica de la estabilidad. Se suma el PP. Se crean dos monstruos que articulan España y se afianzan réplicas como CIU en Cataluña, que responden al mismo modelo y que también están en crisis. Estamos al final de un largo episodio. Recuerdo que, hace una veintena de años, en una cena en casa de André Glucksman, me hicieron una pregunta que yo sabía que era retórica, pero que incluso de esa forma resultaba significativa. Preguntaron algo así como que quizá, en ese momento, Francia nos estaba pareciendo un país atrasado, al lado de la avanzada España, ¿no? Pregunta retórica que suponía una negativa como respuesta. Contesté que sí y se produjo cierta perplejidad.

Josep Ramoneda

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– ¿Y creías que sí?

– Claro que no, difícilmente un afrancesado como yo va a pensar que España puede estar por delante de Francia en ninguna circunstancia; contesté que sí dialécticamente, digamos. Pero que formularan esa pregunta que un francés no quiere formular nunca ni en versión retórica indicaba un cambio notable.

– Que ya quedó muy atrás.

– Sí. En este momento, la única manera en que se puede hablar otra vez de España con algún respeto sería a través de la capacidad que tengamos de reinterpretar el modelo. Una capacidad escasa, por lo que se ve. Solo algunas señales, algunas manifestaciones, algunos movimientos discretos que intentan salir del miedo, del nihilismo. Una línea interesante, una de las pocas cosas positivas de este tiempo me parece la ruptura de la utopía de la invisibilidad. La cuestión se me disparó pensando en cómo los norteamericanos ocultaron por completo las imágenes de las víctimas del 11S. Que, en tiempos ya de Internet, hayan logrado esa invisibilidad de las víctimas requiere la voluntad colectiva de un país. No es algo banal, no es solo un gobierno que censura imágenes sino que la cultura de una sociedad decide que no se quiere mostrar eso. En un país que ha sufrido tanto el terrorismo como España, precisamente la imagen de la víctima, respetuosamente tratada, ayuda a generar empatía, a tener una cierta relación, ¿no?

La decisión compacta de invisibilidad me hizo pensar que había una utopía del modo de gobernabilidad neoliberal que se ha ido imponiendo desde los años ochenta y que consistía en hacer invisible lo que no gusta. Creo que durante la primera década de este siglo la invisibilidad de las víctimas ha sido constante, hasta el punto de que (lo escribí en un artículo) esta era una crisis sin íconos. Todos tenemos imágenes de las crisis del 29, o de la miseria en Alemania, pero…

– Hasta los desahucios.

– Exacto. Las imágenes tardaron en aparecer, y fueron justamente los movimientos sociales en su lucha contra los desahucios los que han logrado romper esa utopía de la invisibilidad de las víctimas.

FRASES RAMONEDA 1 B

– ¿Cómo intervienen los medios y las redes sociales en esa visibilización?

– Si vira a la banalización de lo privado, produce exactamente la contrapartida de un fenómeno positivo. Lo cierto es que aún se hace difícil ver cuál es la potencialidad creativa de la Red. Por ahora es un inmenso archivo y un inmenso ruido. En fin, es una fase tentativa y no se pueden sacar conclusiones precipitadas. La cuestión es que algo tan importante como el sistema de configuración de opinión en una sociedad democrática está colapsando los medios tradicionales y balbuceando en los mecanismos nuevos. Falla la comunicación entre una especie de casta económico-político-mediática y una realidad dispersa. Un déficit estructural de la democracia que la debilita más, como esa ridícula obsesión de que los diputados no pueden tener libertad de voto. Un diputado está representando la cultura de la libertad por encima de todo y votar algo contrario a lo que piensa por obligación, por el solo hecho de…

– Puede renunciar, denunciar.

– Sí, pero renunciar y denunciar no dejan de ser actos heroicos, que rompen la normalidad, y esa normalidad es errónea…

– Sería ejemplificador…

– Sin duda, pero a la vez no dejaría de confirmar que estamos en la anormalidad democrática.

– En tu libro La izquierda necesaria hablas de espacio público, espacio común, palabra pública y palabra privada y confusión entre ambas.

– El espacio público como símbolo de responsabilidad compartida, ¿no? Hoy, la idea de espacio público, vinculada al espacio público urbano, es insuficiente. Por eso es interesante la idea de espacio común. En el ser de mediación que es el hombre, lo público pasa por emisión de signos y señales que establecen la comunicación. Ante todo, la palabra. Y, como nos enseñó Kant, hay un uso privado de la palabra y un uso público: la palabra que tiene vocación de universalidad. Es la palabra política en las sociedades democráticas. Los medios de comunicación toman demasiadas veces la palabra pública en vano.

Sin embargo, la creación de espacios comunes de generación de opinión y de propagación de propuestas y proyectos debe ser una prioridad. La privatización masiva de los medios públicos ha dejado a la izquierda a la intemperie, a pesar de que se hizo con su lamentable complicidad. La promiscuidad entre dinero, información y política es total. Los partidos son financiados y chantajeados por el poder económico; las empresas de comunicación, endeudadas, dependen de los créditos de los bancos y de las ayudas de los gobiernos. Las redes sociales ofrecen una oportunidad, pero plantean muchas sombras, al convertirse en exhibición de la intimidad.

Josep Ramoneda

Josep Ramoneda

– ¿Cómo jugó el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) respecto de tu idea de la ciudad?

– El CCCB fue una pura casualidad. Jamás había pensado meterme en un asunto como ese. Confirma aquella idea, que a mí me gusta repetir, de que nunca debemos olvidar que todo podía haber sido de otra manera. En 1989, Manuel Royes me sondeó sobre la posibilidad de crear un centro cultural desde cero y sin apenas cahier de charges. Era una oportunidad única y dije que sí. Y me permitió crear un instrumento que fuera lugar de creación, de pensamiento y de acción cultural, desde un punto de vista abierto y cosmopolita. Pensé que lo mejor que sabe hacer Barcelona es “ciudad”, como demostró en los años ochenta. Y que la ciudad es el lugar de convivencia entre extraños y de aprendizaje de vivir en común gente diferente, y que en este terreno se jugará el futuro de nuestras sociedades.

Y así se hizo, con dos motores: la curiosidad como motor y la pasión por la cultura como actitud. Siempre he dicho que el CCCB era, por encima de todo, una manera de hacer, un estilo, una actitud. Ahora hay nubarrones sobre Barcelona, en manos de gente que cree poco en ella o que la ve subalterna en relación con Cataluña pero, más temprano que tarde, Barcelona volverá.

– Y volverás tú a escribir reportajes como “Al otro lado de la valla”…

– ¿Es una pregunta o un consejo? Solo te puedo decir que me encantaría trabajar más en el género reportaje, estoy demasiado encasillado en el articulismo.

Era una pregunta y una solicitud. “Al otro lado de la valla” aparece como epílogo en La izquierda necesaria. Se trata de la valla de Melilla, “un ignominioso monumento que Europa erige a sus propios miedos y, por tanto, una expresión de su vulnerabilidad”. El reportaje es un documento, la documentación de un trabajo indagatorio, y solo puede llegar a leerse como literatura si no ha tenido la intención de serlo. “Al otro lado de la valla” es un reportaje de doce páginas que no proviene del viejo y por lo demás magnífico Nuevo Periodismo norteamericano sino de una fuente (agua limpia, fluyente, canalizada, a la vez imparable y contenida) francesa. Ni adornos, ni glorificaciones, ni elucubraciones, ni quejas… El propio Ramoneda diría que deliro si le contara que, leyendo su reportaje, me acordé de Albert Camus. Como si aquellos cuerpos negros de sol de El verano - Bodas hubieran sido arrojados contra esta valla en la arena, en completa oscuridad.

Josep Ramoneda
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