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Llueve sobre el mar

lluvia

Una vez el padre de Borges le dijo a su hijo: “Mira, está lloviendo sobre el mar, qué absurdo, ¡como para ponerse a creer en Dios!”

Y Borges nunca se puso, al menos no muy en serio, me parece a mí.

La teología es una rama de la literatura fantástica, según dijo en alguna ocasión, y quizá por eso le interesaba tanto, aunque me parece que mucho más la inventio de los dioses que la dispositio y la elocutio de las religiones.

Borges siempre fue un tipo más de ocurrencias que de ideas, y por encima de todo se dedicó a jugar (menos con los vocablos que con los conceptos): ¿y si el verdadero héroe fuera el que se sacrifica y se resigna a ser traidor? El desparpajo de aquel ladrón crucificado, que pidió y obtuvo el paraíso, ¿no era el mismo desparpajo (o candor) que le llevó a robar y a la ignominia de la crucifixión? ¿No es un gran tipo Caín, ya que gracias a él Dios “sabe el sabor del fuego del infierno”?

Este tipo de cosas, invención de herejías, retruécanos, paradojas, la austera poesía de un diletante teológico conceptista.

Borges

Jorge Luis Borges

Hay, entre otros, dos poemas de Borges que detesto (ya decía Horacio que quandoque bonus dormitat Homerus, como quien dice, hasta el buen Homero duerme de vez en cuando, o al menos se echa un pigazín). Son los de Ajedrez. El segundo dice así:

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y este, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?


Como se ve, es un entretenimiento en torno a una de las cinco vías con que Santo Tomás pretendía nada menos que “probar” la existencia de Dios. Todo lo que se mueve es movido por otro, pero al final tiene que haber un motor inmóvil.

¿Qué le veo de torpe, casi de fastidioso, a este poema?

Que el alfil sea “sesgo”, vaya y vale, porque se mueve en diagonal. Pero ¿qué tiene el rey de “tenue”, por favor? La pobreza de imaginación que lleva hacia “torre directa” me indigna, igual que el “ladino” aplicado al peón, que no le ha hecho nada, que sepamos, salvo que pretende que rime con “camino”.

Cuánta razón tenía Quevedo al acusar a la rima de proxenetismo: puede convertir en puta a la casta Lucrecia, solo para que rime con la ruta que tomará dos versos más abajo.

Y, por cierto, ¿no hay caballos sobre el tablero o no hay sitio en el cuarteto para meterlos bien estabulados en once sílabas? ¿Y qué decir de las redundancias o al menos de lo farragoso de: “buscan y libran” y de “batalla armada”? Un cuarteto más bien escolar, para entregárselo al profe en una hoja de cuaderno, ilustrado con un dibujo a lápiz.

Además, ¿qué rayos es una mano “señalada”? ¿Acaso con cicatrices? ¿O de la señal solo tiene la culpa la “jornada” con la que rima más abajo? Pasemos por alto el chirriante “adamantino” y la insistencia en reduplicar de nuevo para ir llenando el verso: “su albedrío y su jornada”. Pasemos también piadosamente de puntillas por el tal Omar y por el razonamiento elemental: el jugador es una pieza en otro tablero mayor, y así hasta el infinito. ¡Ahí queda eso! ¡Toma mise en abyme!

¿Hasta el infinito, hasta el abismo? No, claro que no; como Santo Tomás, el poeta piensa que en algún momento llegará el comandante y mandara parar: el motor inmóvil.

Si al leer el último endecasílabo, a uno le viene a la cabeza algo parecido, pongamos de Góngora (en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada), salta a la vista hasta qué punto este soneto “necesita mejorar”.

En esta vena, retorciendo ocurrencias con más o menos acierto, pasó Borges una buena temporada, atraído sin remedio, por ejemplo, por lo que puedan dar de sí lugares comunes como: ¿acaso el carcelero no es también otro prisionero? Dios prisionero de su creación, por ejemplo, albricias, qué buena idea, como la araña también atrapada en la tela que ella misma teje para capturar a otros.

Con los años, sin embargo, hacia finales de los sesenta, Borges parece tropezarse con el inevitable ego sum qui sum, yo soy el que soy (Ex. 1, 14), y se entusiasma. Yo soy el que es, es decir, solo un hombre es, solo una persona hay, que es todas las personas a lo largo de tiempo.

Entonces es cuando se vuelve “metempsicópata” perdido, regresando por cierto (como veremos luego) a la más venerable tradición latinoamericana. Así comienza por ejemplo su ¿poema? “Tú”:

Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha
muerto en la tierra.
Afirmar lo contrario es mera estadística, es una
adición imposible.


Y sigue exprimiendo más la idea, como quien explica un chiste hasta que pierde toda la gracia:

Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide, el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios. El forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero Einar Tambarskelver, Luis de León, el librero que engendró a Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle, un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.


Vale, Borges, ya lo hemos pillado: pídete lo que quieras en la barra; tranquilo, muchacho, ya pasó todo.

El poema (o lo que sea) de Borges es pedante, frío, casi molesto en su prolijidad y con toda la apariencia de sermón de dómine provinciano para impresionar a las visitas de la capital.

En pocas palabras: le falta carne.

Rubén Darío

Rubén Darío

Veamos en cambio cómo resuelve una parecida tentación “metempsicótica” el gran Rubén Darío. Se trata de su estremecedor poema “Metempsicosis”:

Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo.

¡Oh mirada! ¡oh blancura! y ¡oh, aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
¡Oh, la rosa marmórea omnipotente!
Eso fue todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio.
(¡oh el lecho y la mirada y la blancura!)
Eso fue todo.

Yo, Rufo Galo, fui soldado y sangre
tuve de Galia, y la imperial becerra
me dio un minuto audaz de su capricho.
Eso fue todo.

¿Por qué en aquel espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce no apretaron
el cuello de la blanca reina en broma?
Eso fue todo.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui comido un día
por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.
Eso fue todo.


He aquí un poema. ¡Barástolis! Es como probar de pronto el jamón ibérico después de haber estado tanto rato masticando chopped.

Esto sí tiene carne y, por eso mismo, es religioso: et verbum caro factum est, y el verbo se hizo carne (Juan, 1, 14).

Siempre he creído que un poema no debe ofrecer una idea, sino una cosa, un cuerpo, algo real: hacerse carne.

Entre las ideas de Borges y sus listas de la compra cultural, por un lado, y el crujido de la espalda en un abrazo, por otro lado, solo lo segundo es poesía, a mi parecer.

La poesía quizá deba ser eucarística, tiene que convertir las ideas en cosas, transfigurar pan y vino en carne y sangre de verdad.

Y poesías buenas, quiero decirlo entre paréntesis, Borges escribió bastantes.

Pero, para mi gusto, no son precisamente estas, en las que tan satisfecho se muestra de las ingeniosidades que se le han ocurrido.

A mí me gustan, entre otros, sus dos poemas sobre Límites, muchos retratos, como el de Emerson, y sin ir más lejos, entre sus Quince monedas, esta:

UN POETA MENOR

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.

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