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De cómo Luis Bárcenas puede ganar el Planeta

Luis Bárcenas

Luis Bárcenas.

La semana pasada, debajo de un artículo firmado por mí, una lectora escribió un comentario en el cual se preguntaba si mi nota no sería más pertinente en un blog personal que en una sección cultural. La cuestión me parece oportuna porque pone de manifiesto los límites difusos de los relatos que circulan en la red, su sistema de transmisión y el canal abierto que permite, por ejemplo, a una lectora plantear una cuestión y al autor del texto que la provoca, responderla.

Hace un tiempo escribía en un blog compartido y en él se mezclaban piezas de todo tipo. Creo que quien mejor ha entendido esta cuestión es Paul Krugman, quien en su blog alojado en The New York Times alterna piezas de fondo que podrían ser editadas en las páginas de opinión, módulos técnicos que podrían convivir con el resto de la información en las páginas económicas y, por último, las intervenciones de los viernes, que suelen consistir en un simple post con un vídeo musical del agrado de Krugman; una suerte de snack digital. El blog no tiene reglas: es un cajón de sastre en el que convive todo el imaginario de sus autores. En el que yo participaba, por ejemplo, las entradas de una autora que allí escribía se limitaban a reproducir pequeños fragmentos de textos literarios que le apetecía compartir con los lectores.

Lassie —ese es el avatar de la anónima lectora que dejó el comentario en mi artículo— se interroga si es pertinente leer en un diario cultural una reflexión sobre el devenir de los relatos a través del tiempo y su ¿aparente? degradación hasta quedar reducidos a la fórmula mínima de los 140 caracteres de twitter, tal como afirma Ricardo Piglia. Lassie (nombre que me remite a Liz Taylor y no a su famosa mascota, ya que entre las habilidades de esta última no figuraba escribir) tal vez hubiera visto como algo más pertinente de este medio un desarrollo técnico del proceso y no una exposición subjetiva que lo emparentaba con las relaciones paterno filiales. Es atendible, claro está. Pero dejemos que esta cuestión la resuelva Lassie en el supuesto caso de que lo vea como actividad interesante, si, después de todo, ¿qué más da que lea esto en Diario Kafka o en un blog personal? En ningún caso paga por ello, con lo cual en un mundo donde el dinero es transversal e imanta cualquier actividad, aquí se tiene la posibilidad de navegar de un sitio a otro comparando, opinando, interviniendo. Y esta es otra de las cuestiones laterales que, curiosamente, desata su pregunta.

En el papel, en la versión de papel de la prensa, cada cosa está en su sitio, incluso los correos de los lectores. Se vende una cantidad de ejemplares y con eso se valora la fuerza del medio. Pere Rusiñol, que está al frente de la revista Mongolia y pronto, también, de un medio gráfico dedicado a la economía, es un gran defensor del papel y lo puede demostrar con el éxito de Mongolia, sin ir más lejos. El papel no ha muerto. Otra prueba de ello es que Jot Down, el portal cultural, saca puntualmente con un éxito arrasador, una revista-libro con más de trescientas páginas. Pero el papel se está convirtiendo —y parece ser la tendencia— en material de lectura de circulación selectiva. Ya lo es hoy la prensa: menos de 600.000 ejemplares de circulación diaria en un país con 50 millones de habitantes no es una cifra precisamente alentadora. The Guardian marca el camino. Su versión de papel se va convirtiendo en un soporte reducido con material de lectura de alta calidad, la información pasa a la red y el material del papel es accesible previo pago tanto en tabletas como ordenadores. Financial Times supera, por vez primera, las suscripciones digitales ante las de papel. Pero la web del FT es de pago y muy cara: el material serio, de calidad intelectual, se impone que sea de pago porque de otro modo es imposible sostenerlo. The New York Times permite la lectura gratis de diez artículos al mes: para acceder al resto, hay que pagar del mismo modo que se paga en el kiosco, por las mañanas, cualquier ejemplar de un periódico de papel. ¿Quiere esto decir que todas las webs serán de pago? No lo creo. El género del tabloide inglés, sensacionalista y zafio, acaparará las pantallas. El día con más visitas en este diario fue una edición del año pasado en la que en un titular apareció la palabra “coño”. Si este medio fuera un periódico sensacionalista se hubiera apropiado del campo semántico del cual proviene dicho sustantivo y los picos de audiencia habrían seguido aquella estela.

El negocio digital se articulará alrededor de islas de información con un coste por parte del lector y en mares llenos de material de muy baja calidad donde no falte un “coño”. ¿O acaso bajan los decibelios de obscenidad de todo tipo en Telecinco? Contará además, con una participación masiva del público que oculta su identidad y se siente libre para vociferar como si estuviera en el fondo sur del estadio. La gran conjura anónima de los necios. Porque esa es la conjura que hay en la red y no otra. No es el Gran Hermano observando urbi et orbi nuestros pasos ni el Mossad o la CIA leyendo nuestro correo. Son las hordas que desde el anonimato desestabilizan el sentido común. Un gran espectáculo, sin duda. Y del que seguramente las editoriales no estarán desvinculadas ya que del mismo modo que se hacen libros con Twitter o Facebook, no es descartable que se publiquen dietarios con cientos de comentarios similares. Y si a base de comentarios o de tweets se puede llegar a hacer un libro, ¿qué no darán de sí los papeles de Bárcenas? Como poco, un Planeta.



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