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Van a por nosotros

Begoña Huertas

Fotograma de la película Strangers on a train, de Alfred Hitchcock.

A principios de los noventa, Accidents polipoètics, el dúo formado por Rafael Metlikovez y Xavier Theros, convocaba a los amigos en bares, pequeños teatros o remotos clubs de la periferia de Barcelona para ofrecer sus peculiares recitales de poesía. En aquellos sótanos (si no eran sótanos, lo parecían) se mezclaban los versos con el teatro, el humor con la crítica, y entre cigarrillos y cerveza se desarrollaba un espectáculo en el que el público terminaba involucrado, tête à tête con aquellos subversivos. Yo tuve la suerte de estar allí, “conspirando” en los tugurios. Ahora Accidents polipoètics actúa en importantes salas y publica libros, el último lo sacó en noviembre la editorial Arrebato: Van a por nosotros. El título corresponde a uno de sus mayores hits, que en 1999 fue musicalizado para el proyecto Klub por Luis Auserón y Eduardo Sierra. Se trata de un grito de alerta ante la conspiración de la que somos objeto.

Las conspiraciones están por todas partes, y en todo tiempo. Qué otra cosa han sido las revoluciones si no conspiración. Los asesinatos de líderes políticos, Kennedy. Las teorías conspirativas sobre muertes sospechosas, Marilyn, Bruce Lee. Las conspiraciones para hacerse con el poder mundial, el Club Bilderberg, China. La conspiración de la banca, la “crisis”. Las conspiraciones terroristas y antiterroristas, la CIA. Las siempre fascinantes conspiraciones papales, con sus muertes dudosas y votaciones forzadas. La conspiración inshidiosha contra el PP ahora que empezábamos a salir de la crisis (perdón por la broma, no he podido evitarlo). Las conspiraciones entre políticos corruptos y hombres de negocios amorales, conspiraciones para hacerse con dinero público, la sanidad. La conspiración en el colegio, el acoso de un niño por los otros. La conspiración en un grupo de tres, o sea, los cuernos. La conspiración de uno contra sí mismo.

En la red también se conspira. Las grandes compañías conspiran a nuestras espaldas, se enriquecen traficando con nuestros datos. Google, Yahoo, Facebook y cientos de páginas populares están sacando dinero o provecho de la información que sin saber les proporcionamos. Nos espían, rastrean nuestras búsquedas, registran nuestros “me gusta” y nuestros retuits, también cada firma en los portales de movilización social. Después utilizan estos datos como información comercial, consiguiendo beneficios publicitarios mediante la personalización de anuncios. Si esto te preocupa y quieres hacer algo al respecto quizás te interese esta página: herramientas para proteger tu privacidad en internet.

Pero la conspiración también actúa en dirección contraria. No sólo es que a través de Twitter se organicen protestas o se difunda en tiempo real lo que sucede en estas convocatorias, actuando la plataforma como foro político y como altavoz, hay proyectos de más alcance. En internet existe una zona oscura de la red, Darknet, un rincón donde el anonimato está garantizado. El software Tor, por ejemplo, es una plataforma que ofrece a los internautas un canal por el que pueden comunicarse de forma anónima. La información es enviada a través de una compleja red de "relevos" o "puentes" que crean voluntarios en todo el mundo. Cuando una persona recibe información que ha tenido como ruta Tor, aparece que proviene de la última persona que hizo el relevo y no de su emisor original. Las direcciones de internet además son encriptadas para garantizar el anonimato de los usuarios.

Estamos rodeados de conspiraciones. Incluso el universo conspira, según el escritor de libros de autoayuda Paulo Coelho: "Cuando quieres realmente una cosa, todo el universo conspira para ayudarte a conseguirla”. El astrofísico Carl Sagan era menos complaciente: el universo no fue hecho a la medida del hombre, de manera que no le es ni propicio ni hostil, le es indiferente. Claro que por eso Coelho vende millones de libros.

El caso es que en medio de tanta conspiración, es duro aceptar que uno sea tan insignificante que nadie se dedique a conspirar contra él. Quizás por eso gritábamos el “Van a por nosotros” en aquellos sótanos con tanta furia.


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