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La felicidad de poder volver a tu país

Refugiados congoleños cruzan el río Oubangui

En Batalimo había cerca de 20.000 refugiados congoleños que habían huido del conflicto inter-étnico en su país. La operación de retorno a su país había sido pospuesta varias veces por razones de seguridad y logísticas pero el 10 de abril el primer convoy cruzó el río Oubangui. El último convoy llegó el 10 de mayo.

ACNUR ha organizado el transporte de los refugiados desde Batalimo hasta el pueblo de Zinga, junto al río, donde fletaron barcos para cruzar hasta Batanga o Libenge en la provincia de Equateur. En Batanga, los retornados fueron registrados y se les dio documentación así como ayuda económica para ayudar a que se reintegren. Y de allí fueron transportados a sus aldeas, donde se les seguirá haciendo seguimiento. La fotógrafa Leonora Baumann ha realizado con un grupo el viaje de vuelta de estos refugiados a República Democrática del Congo.

Fotos: ACNUR/L.Baumann

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Hijo de la guerra

Ashraf, de 3 años, nació el 15 de marzo de 2011, el día que estalló el conflicto sirio. Foto: ACNUR/ A. McConnell

Una semana después de su nacimiento, el conflicto llegó a su barrio. Durante los 18 meses siguientes su familia apenas salió y pasó la mayoría del tiempo en una habitación central de su casa, lejos de las ventanas. Algunos días el ruido de los bombardeos no cesaba y otras veces el silencio era inquietante. En esos días tranquilos la madre de Ashraf aprovechaba para correr al centro de salud para conseguir vacunas.

Los padres de Ashraf aseguran que nunca hubieran dejado su casa si hubieran tenido alguna otra opción. Cuando Ashraf tenía cerca de 18 meses, su tía, su tío y su primo fueron asesinados en su casa. Aterrorizados porque ellos podrían ser los siguientes, la familia escapó en un solo coche, llevándose sus certificados escolares y unos pocos objetos.

Dejaron atrás su casa, construida por el padre de Ashraf y por su tío. En pocos días la casa fue reducida a escombros, saqueada y quemada. A pesar de ello, su padre y su tío volvieron a construir otra casa, esta vez en el valle de Bekaa, en Líbano, cerca de un campo lleno de lodo. Una casa hecha de lonas plásticas, trozos de metal y otros materiales. El suelo está cubierto de mantas y colchones que la familia recibió como parte de la ayuda de emergencia de ACNUR. La familia ahora se enfrenta a la batalla diaria de mantener a los niños calientes y protegidos de las ratas.

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Los primeros días de Matiop como refugiado en Uganda

Matiop (con reloj) registra su familia con los voluntarios de la Cruz Roja de Uganda

En la frontera, la familia de Matiop fue llevada al centro de tránsito de Dzaipi, gestionado por ACNUR. Pero con miles de refugiados sursudaneses llegando a diario, las instalaciones pronto se llenaron. Para mediados de febrero, ACNUR había conseguido transferir a los refugiados a terrenos donde podrían instalarse y vivir hasta que sea seguro volver a sus casas. Uganda es uno de los pocos países que permite a los refugiados vivir como sus propios ciudadanos. Estas fotos siguen el proceso de registro de Matiop como refugiado en Uganda, una experiencia que comparte con más de 70.000 compatriotas.

Fotos: ACNUR/F.Noy

Matiop coloca una esterilla en el camión que les llevará lejos de la frontera con Sudán del Sur.

Matiop coloca una esterilla en el camión que les llevará lejos de la frontera con Sudán del Sur.

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Los españoles no se olvidan de los refugiados y desplazados sirios

Dos niños refugiados sirios se resguardan del frío con mantas de ACNUR.

Gracias a las generosas contribuciones de miles de personas, el Comité español de ACNUR ha recaudado 1.513.018€ para la emergencia en Siria durante el año 2013. Se ha enviado ayuda humanitaria por valor de 1.038.651,30€ a los programas y campos de refugiados en Jordania, Líbano, Turquía e Irak, y 474.366,94€ a los programas para desplazados internos dentro de Siria. El número de personas que se ha beneficiado de esta ayuda es de 678.150 personas, de las que más de la mitad son niños.

Actualmente hay ya 2,4 millones de refugiados que han huido de la violencia en Siria, de los que 1,2 millones son niños y niñas. Además 6,5 millones de personas se han visto desplazadas dentro del país.

A lo largo del 2013 el número de campos de refugiados ha pasado de 19 a 37, con 21 en Turquía, 12 en Irak y 3 en Jordania, donde se está instalando un cuarto con capacidad de acogida para 100.000 personas más. Líbano es el país que más refugiados sirios ha recibido en la región, con la capacidad de acogida de sus propias infraestructuras al límite del colapso (para su población de 4,4 millones de habitantes, acoger a cerca de un millón de refugiados es lo mismo que si un país de 47 millones de habitantes como España acogiera a 12 millones de personas).

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Continuar estudiando, a pesar de la guerra

Niños refugiados sirios estudian en el colegio de Kamed Al Louz, Líbano. Foto:ACNUR/S. Baldwin

Esta madre de 37 años no interrumpía esta rutina ni siquiera bajo la amenaza de bombardeos aéreos. Los niños iban a la escuela corriendo, a menudo descalzos, y el maestro los enviaba a casa cuando los bombardeos eran demasiado intensos, pero Rabia no dejaba de enviarlos nunca.

El pasado mes de noviembre, los miembros de la familia llegaron exhaustos a Líbano después de que una nueva ofensiva en la región siria de Qalamoun les obligara a cruzar las montañas hasta la ciudad de Arsal. La mañana siguiente, los dos niños localizaron el único autobús escolar que existe en esta ciudad situada en la ladera de la montaña; corrieron tras el autobús ladera abajo y, a pesar del cansancio, pidieron que les dejaran subir.

Muchos niños sirios faltan a la escuela debido a la guerra civil que ya dura casi tres años. Sin embargo, algunos faltan más que otros. Para las familias de refugiados como la de Rabia, ese ha sido el objetivo más importante. Más importante, según ella, que tener un lugar donde dormir protegido del frío, incluso más importante que la propia seguridad de sus hijos.

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Filipinas: vivir en un buque encallado con 190 personas

Rosita Pica y su familia preparan la cena junto a su refugio temporal en Tacloban. Foto: ACNUR/K.Bolisay

Junto con otras 38 familias, la de Rosita compartía un espacio reducido en el interior de este buque en el que también había muchos cadáveres. El hedor a descomposición, mezclado con el olor del petróleo crudo y otros productos era insoportable, incluso más de un mes después del tifón.

Las condiciones de vida eran terribles, pero esta madre de cinco hijos y de 34 años no tenía otra opción, al igual que otros 190 supervivientes, la mayoría niños. Sus casas habían sido destruidas y los escombros estaban esparcidos por todas partes. No tenían otro sitio donde refugiarse de la lluvia y los saqueadores que vagaban por la ciudad durante los primeros días de la emergencia.

“Tuvimos que soportarlo todo. No teníamos otro lugar adonde ir", explicaba Rosita.

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Niños que ya conocen la persecución y el exilio

Mahmoud, al igual que Khaled, huyó de Siria por la violencia y ahora trabaja en una fábrica de pescado. Lleva 3 años sin ir al colegio. Foto: ACNUR /S.Baldwin

Cuando le preguntan si echa de menos a su madre, Khaled se tapa con la gorra que lleva puesta y empieza a llorar. “Echo de menos mi casa y encontrarme con ella al llegar”, dice. “Echo de menos tenerla cerca, sentarme con ella y ver su cara”.

Sus padres se divorciaron cuando estalló la guerra en Siria. La escalada de violencia hizo que la madre de Khaled huyera a Idlib, mientras su padre se quedó en Daraa. Al poco tiempo, Khaled, su hermano y sus dos hermanas, junto a otros miembros de su familia escaparon a Jordania. Su padre se quedó en Siria.

Tras 5 meses en el campo de refugiados de Zaatari, Khaled y sus hermanos fueron abandonados por su familia lejana.

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Todos tenemos una herida abierta en Siria

Luis Tosar tiene una herida abierta en Siria

Las cifras de esta gran tragedia humana lo dicen todo: ya hay más de 2,2 millones de refugiados en países vecinos, la mitad de ellos niños. Y dentro del propio país, en Siria, más de 6,5 millones de personas son desplazadas internas. Y todos ellos necesitan ayuda; una ayuda que no llega a todos ya que tan sólo se han recibido el 62% de los fondos necesarios para esta emergencia.

Por ello, hemos contado con Luis Tosar, Anne Igartiburu y Melani Olivares para nuestra última campaña bajo el lema “Todos tenemos una herida abierta en Siria”.

Nuestro objetivo es recaudar 1 millón de euros para que:

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El campo de refugiados de Zaatari toma forma: ya tiene 10 equipos de fútbol

Calle principal del campo de Zaatari. Foto: ACNUR/J.Kohler

Killian Kleinschmidt, un alemán de 51 años que ejerce de coordinador de campo de ACNUR en Zaatari, está feliz por el progreso. Hace sólo unos meses, él y otros trabajadores eran sitiados por residentes de Zaatari casi a diario.

La situación llegó al límite cuando un incendio destruyó cuatro tiendas y mató a cuatro hermanos. En aquel momento, durante la ira y el dolor, la comunidad de residentes y los trabajadores de Naciones Unidas se unieron. “Teníamos que hablar” dice Kleinschmidt. “Las cosas no podían seguir así”.

Aunque las agencias de la ONU y las ONG estaban ofreciendo servicios imprescindibles como hospitales, agua y saneamiento, entre otros, estaba claro que se necesitaba una relación más cercana y un mejor gobierno. En respuesta, el campo se subdividió en 12 vecindarios para poder ofrecer espacios comunitarios y crear vínculos más estrechos. Muy pronto, cada vecindario estará gestionado por ocho comités encargados de atender todo, desde la matriculación en las escuelas hasta los temas de salud. Después de meses de arduas conversaciones, el campo empezó a florecer.

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Formando una comunidad en Zaatari (1)

Niños en el campo de Zaatari, Jordania. Foto: ACNUR/G.Beals

Mohammed cruzó a Jordania desde Dara’a, Siria, hace siete meses, todavía de luto por la muerte de su hermano mayor y por la pérdida del hogar familiar. A su llegada se encontró en el campamento una maraña de humanidad desesperada. Parecía que la gente sólo se preocupaba por sí misma.

Ahora los vecinos comparten el azúcar, el jabón y otros utensilios del hogar. En la boda se sirve té y pastas sirios junto con una modesta comida. Las tiendas y caravanas que pueblan este desierto van adquiriendo un sentido de comunidad.

“Aquí nos ayudamos unos a otros. Nos sentamos y trabajamos juntos”, dice Mohammed. “Cuando alguien necesita algo le ayudamos. Eso es lo que nos convierte en una comunidad”.

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